"Hace 30 años me dieron por muerto dos veces y todavía estoy vivo"

Desde la creación en 1994, la asociación Siloé ha atendido a 235 personas con VIH en situación de extrema vulnerabilidad

Capi tiene 74 años y es el usuario más veterano de la asociación Siloé.
hace 23 min
7 min

PalmaCuando alguien llega por primera vez a la sede de la asociación Siloé, en Santa Eugenia, no entra solo a una casa de acogida, sino a un espacio donde el jardín articula la memoria del centro. Entre los árboles, solo los pinos —que ya estaban antes— quedan fuera de una norma muy precisa: los otros han sido escogidos por personas que han vivido allí y que han muerto de VIH durante su estancia en el hogar. Cada árbol corresponde a una decisión tomada en vida y a una manera de dejar huella después de la muerte. Es la traducción física de una biografía que se integra en el paisaje. Son los mismos usuarios del centro quienes cuidan de los árboles, regándolos y manteniéndolos en nombre de quien los escogió, convirtiendo el recuerdo en un gesto cotidiano.

Desde 1994, la asociación Siloé acompaña a personas en situación de vulnerabilidad con VIH en dos casas concertadas con el IMAS (Instituto Mallorquín de Asuntos Sociales): 10 plazas en Santa Eugenia y 5 en el barrio de El Jonquet, en Palma. El origen del proyecto está ligado a la prisión y a la muerte digna. “Se hizo porque el capellán de la prisión veía cómo la gente moría en condiciones inhumanas. Eran los años del sida, que afectaba a muchísima gente”, explica Marga Valero, gerente de la entidad. “Inicialmente, era un hogar para morir dignamente, pero 30 años después hemos ido más allá: no solo es un espacio de buen morir, sino también para vivir dignamente”.

Los usuarios que actualmente viven en la casa de acogida que Siloé tiene en Santa Eugenia.

Hasta ahora, el centro ha atendido a unas 235 personas en 32 años. El perfil ha cambiado. “Cuando yo empecé hace 21 años, la mayoría eran hombres. Hoy, hay el mismo número de hombres que de mujeres”, dice Valero. La media de edad se sitúa en torno a los 55 años y el VIH ya no es el elemento central de su situación, sino las consecuencias sociales, mentales y sanitarias de trayectorias vitales muy duras.

Atención integral

Las dos casas tienen funciones diferenciadas. Santa Eugenia acoge perfiles con un nivel más elevado de dependencia, mientras que El Jonquet concentra personas más autónomas. “En Palma se mira que puedan ir al médico de cabecera todos solos. Ahora bien, a muchos especialistas los acompañamos, porque la información no llega ni nos vuelve como es debido”, explica Marga Vidal, directora de las casas de acogida de Siloé. La atención es integral: disponen de cocina propia, lavandería, técnicos sociosanitarios 24 horas y actividades terapéuticas como taichí, movimiento corporal, escritura y talleres cognitivos. También hacen salidas, por ejemplo, para ir a nadar a la playa y a piscinas municipales. Ahora bien, a la de Santa Eugenia no van. No porque nadie se lo haya prohibido, sino porque en la entrada hay un cartel que indica que no se permite el acceso a personas con enfermedades infectocontagiosas. “Ni siquiera lo hemos pedido. Tenemos que cumplir la ley y vamos a nadar a otros lugares”, expone Valero.

A pesar de ello, la relación con el municipio es buena: “Cuando se hace cualquier cosa, nos avisan y durante la pandemia nos traían comida y la dejaban en la barrera”, explica la gerente. Pero no siempre ha sido así: cuando Siloé se estableció en la casa se hicieron manifestaciones contra su presencia. “Se ha de tener presente que en aquel momento teníamos mucha gente que venía de la cárcel, y ahora son la minoría”, añade.

La casa de acogida de la asociación Siloé en Santa Eugenia.

En las casas de Siloé los residentes participan en la vida cotidiana y en el mantenimiento del espacio. “Cada persona tiene asignadas tareas según sus capacidades”, explica Valero. Una usuaria en silla de ruedas se encarga de limpiar los cristales bajos; otra, los de las partes más altas, por ejemplo. El objetivo es mantener rutinas, autonomía y sentido de responsabilidad dentro de las posibilidades de cada uno.

El jardín es una pieza central de la vida en Siloé. No es solo un espacio exterior, sino un lugar de memoria y de continuidad. Cada persona, si lo desea, elige qué árbol quiere plantar: rosales, granados, azufaifos… “Hay de todo”, dice Valero. “Es un trabajo de cierre y de acompañamiento, su legado”. Una vez plantado, el vínculo continúa: “Cuando una persona entra aquí, también se encarga de regar y cuidar su planta”. El gesto se convierte así en una forma silenciosa de permanencia dentro de la casa.

El funcionamiento del centro no se puede entender sin el vínculo con el sistema penitenciario y la vulnerabilidad social. Las plazas son concertadas con el IMAS y también llegan personas derivadas de prisiones. El acceso se hace a través de listas de espera y de una valoración social. “Si no fuera por esto, no podríamos asumir el coste que tiene gestionar las dos casas durante un año”, dice Vidal. Algunos usuarios cumplen penas en régimen abierto, con seguimiento judicial y control de normas. Cuando no se respetan, se aplican medidas que pueden llegar a la expulsión temporal o definitiva.

Con los años, el perfil de los usuarios ha cambiado de manera notable. “El VIH hoy no tiene tanta importancia”, resume Valero. La mayoría son personas con cargas sociales y sanitarias complejas, pero con el virus controlado e indetectable. Lo que persiste es otro tipo de herida: la falta de red. Muchos no tienen familia o la tienen muy debilitada después de años de consumo de drogas, la prisión o la calle. “Hay familias quemadas, sobre todo hermanos. No es un contacto de cada semana”, explica Vidal. En algunos casos, el vínculo se ha roto del todo; de otros, se reconstruye lentamente. “Una usuaria reencontró a sus hijos después de 30 años. Otro usuario volvió a ver a su madre después de 40 años sin contacto”, añade la directora.

32 años de supervivencia

Una historia que explica la complejidad del proyecto es la de Capi. Tiene 74 años y forma parte de Siloé desde los inicios. Era policía municipal, pero se corrompió: ponía multas, las cobraba él mismo y después, según relata, gastaba el dinero en el bingo. Con el tiempo, la trayectoria delictiva se fue ensombreciendo y derivó en faltas más graves. “Robé dos millones de pesetas de una iglesia”, explica sin dramatismo. Después encadenó una etapa de huida, excesos y desorden vital que le llevó a infectarse de VIH.

Su recorrido acabó en la prisión, donde la salud se fue deteriorando hasta un punto crítico, muy diferente del punto en que se encuentra ahora. “Estoy de puta madre. Me dieron por muerto dos veces y me sacaron de la prisión en 1994 porque me moría. Ya tengo 74 años y aún estoy vivo. ¡Y llegaré a los 100!”, dice entre risas. Llegó a Siloé cuando prácticamente ya no tenía alternativas, después de perder la casa y quedar sin recursos, y aún vive allí. "Vivía en un segundo piso en la torre del Fortí y lo que más pena me da es que no me dejaron recuperar ni dos libros que me encantaban", lamenta.

Un usuario de Siloé participa en una actividad basada en la filosofía Tao.

Hoy, más de tres décadas después, habla del centro como el único lugar posible donde estar en paz. “Me gusta mucho estar aquí, porque esto es mi casa”, dice. Su historia se mueve entre la ironía y una memoria fragmentada. “Yo iré al infierno, pero aún no”, añade riendo. Entre bromas y recuerdos dispersos aparecen también compañeros de residencia y amistades que ya no están, como también una vida marcada por los excesos, pero también por una supervivencia que él mismo no acaba de explicar del todo.

Enrique, de 65 años, representa otra trayectoria dentro del mismo espacio. Ha pasado por la calle y por otros centros antes de volver a Siloé hace cinco meses. “Yo ya había estado tres años en Siloé… me fui, pero volví en noviembre. Siempre he estado aquí, en la casa Santa Eugenia”, explica. Su vida actual se basa en la rutina y la convivencia. “Aquí estoy muy bien, porque yo he estado en la calle un par de años y es muy, muy duro”, dice.

Acompañamiento hasta el final

El día a día en Siloé combina estructura y flexibilidad. Hay horarios de talleres, visitas médicas, actividades externas y salidas con voluntarios. Algunos fines de semana salen a tomar una tapa o a pasear. Pero la libertad no es igual para todos: depende del estado físico, mental o judicial de cada uno. El centro también acoge a gente que cumple penas en régimen abierto. “Si no cumplen las normas, vuelven a prisión”, explica Vidal. El seguimiento es constante y se hacen informes periódicos.

Paralelamente, hay una dimensión que atraviesa toda la vida del centro: el final de la vida. Siloé dispone de dos habitaciones específicas para personas en situación de mayor fragilidad o en proceso terminal. Cuando esto sucede, el centro se transforma. “Cuando llega el momento de la muerte, es increíble: en el día a día los residentes son muy exigentes, pero cuando alguien entra en proceso, todo el centro se transforma. Todo el mundo se vuelca”, dice Valero. El ritmo deja de ser institucional y vuelve completamente humano. “Lo marca quien se está muriendo”, añade. Se alteran horarios, silencios y presencias. La gran parte de residentes eligen morir en la casa, rodeados de las personas con las que han compartido años de convivencia.

El jardín es lo primero que ve alguien cuando llega a la casa y lo último que ve al marcharse. No es un espacio ornamental, sino un registro de vidas. Un lugar donde el recuerdo no es abstracto, sino visible. Cada árbol continúa creciendo como rastro de una historia ya concluida, pero que aún forma parte del lugar y del corazón de las personas que viven allí.

stats