Joan Ridao: “El plurilingüismo en España es más una concesión que una convicción real del Estado”
Jurista y experto en derechos lingüísticos
PalmaJuan Ridao Martín (Rubí, Barcelona, 27 de julio de 1967) es jurista y académico. Actualmente, es profesor agregado de Derecho Constitucional en la Universidad de Barcelona y letrado del Parlamento de Cataluña –a lo largo de su carrera política y jurídica ha recibido varios premios y reconocimientos. Miembro de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), ha sido secretario general del partido (2008-2011), diputado del Congreso y diputado del Parlament de Catalunya (1995-2008). Ridao estará en Palma este jueves en el marco de las jornadas sobre derechos lingüísticos organizadas por la UIB y la Obra Cultural Balear, las cuales tendrán lugar en el Colegio de Abogados.
Sus padres nacieron en Valladolid y Almería. En tu casa, ¿qué lengua hablaba? ¿Qué recuerdo tiene del primer contacto con el catalán?
— El caso de mis padres es curioso, porque aprendieron rápidamente el catalán a través del trabajo y lo integraron como lengua propia. Cuando ellos se conocieron ya hablaban en catalán. Entonces, yo nací en una familia plenamente catalanohablante. Pero, ciertamente, no es lo habitual, otros familiares que también migraron aprendieron catalán, pero eran bilingües y conservaron el castellano, sobre todo en el ámbito familiar. Mis padres no.
¿A qué se dedicaban sus padres?
— Mi madre hacía tareas domésticas en una casa y mi padre era profesor mercantil.
¿Entonces usted nació como Juan?
— Sí, siempre estuve Juan en casa, pero por la época en la que nací me tuvieron que registrar como Juan. No fue hasta la reforma que impulsó a Suárez que pude cambiarme el nombre. A sólo 10 años fui con mi padre al registro civil a cambiármelo.
¿Cuándo crees que tomaste conciencia política?
— Generacionalmente formo parte de la escuela en español. Pero mi despertar en política es anterior a mi militancia, a 24 años fui concejal en el Ayuntamiento de mi pueblo.
¿Cómo recuerda su defensa de la lengua en su paso por la política institucional, primero como diputado del Parlamento de Cataluña y, posteriormente, como portavoz en el Congreso de los Diputados?
— Siempre he tenido especial interés tanto por el ámbito político como por el jurídico. Cuando estaba en el Congreso (2008-2011) siempre intentábamos hacer uso del catalán en nuestras intervenciones para denunciar, precisamente, que entonces no se podía. De hecho, existe un gag del Polonia que recuerda el día que José Bono me hizo cambiar al castellano. También recuerdo que Rubalcaba me advirtió del uso del auricular para traducir simultáneamente. "Joan, el pinganillo nunca", me dijo. Eran otros tiempos, intentaremos impulsar una reforma del reglamento para poder hacer uso de todas las lenguas cooficiales del Estado, objetivo que no se logró hasta hace tres años. El ámbito jurídico también me ha interesado siempre, en parte, por lo que aprendí de mis profesores, Antoni Milian y Jaume Vernet, de los que me considero, en parte, discípulo. Hace años que publico artículos sobre el tema, me invitan a dar conferencias y profesionalmente estoy especializado en ello.
¿En qué momento diría que se encuentran hoy en día los derechos lingüísticos dentro del ordenamiento constitucional español? ¿Existen avances o estancamiento?
— El modelo lingüístico de la Constitución de 1978 parte de una asimetría muy clara. Como recoge el artículo 3 del texto constitucional, el castellano es oficial en todo el Estado y, además, existe el deber constitucional de conocerlo. El resto de lenguas son oficiales sólo en sus territorios y no tienen un deber equivalente. Esto sitúa el principio plurilingüe en una posición débil desde su origen.
¿Cómo valora la jurisprudencia del Constitucional en este sentido?
— Hubo una primera etapa, sobre todo en los 80 y 90, con una jurisprudencia relativamente favorable a la normalización de las lenguas propias. Pero a partir de la sentencia sobre el Estatut de Catalunya de 2010, se consolida el dogma delequilibrio inexcusable entre lenguas oficiales, que ha limitado la capacidad de desplegar políticas lingüísticas ambiciosas. Por tanto, hay pequeños avances sectoriales —como el uso de las lenguas en el Congreso y algunas reformas en el ámbito judicial— pero el marco estructural es todavía deficitario. Existe un proceso que podría calificarse de desoficialización práctica o de reducción de los efectos jurídicos de la lengua propia.
¿A qué se debe ese cambio?
— Al cambio de una mayoría más o menos progresista a una claramente conservadora.
Hablamos a menudo de lenguas cooficiales, pero ¿hay una situación real de igualdad con el castellano jurídicamente?
— No. La igualdad formal existe en los respectivos territorios, pero no hay igualdad estructural. El castellano goza de una posición reforzada: es oficial en todo el Estado y se presume su conocimiento. En cambio, el conocimiento del catalán, el gallego y el euskera no es exigible en términos generales, ni siquiera a los funcionarios estatales destinados en territorios con lengua propia, salvo que una norma lo establezca y supere el control constitucional. Esto implica que el derecho de opción lingüística es sobre todo un derecho del ciudadano, pero no se corresponde con un deber simétrico de los poderes públicos de garantizar el uso normal de la lengua propia.
¿Cómo garantizar el derecho del ciudadano a ser atendido en la lengua propia sin vulnerar derechos laborales?
— La clave está en entender que el conocimiento de la lengua propia en determinados puestos de trabajo públicos no es un privilegio, sino una exigencia funcional vinculada al derecho de los ciudadanos. Otros estados plurilingües establecen requisitos lingüísticos claros para acceder a la función pública. Si se definen bien los perfiles lingüísticos y se aplican de forma proporcional y gradual, no existe ninguna vulneración de derechos laborales, sino una garantía de derechos fundamentales de terceros.
¿Por qué el uso de las lenguas propias sigue siendo residual en los juzgados? En Baleares también lo es.
— En buena parte, por la carencia de un requisito generalizado de conocimiento de la lengua propia para jueces, fiscales y letrados de la Administración de Justicia. El Tribunal Constitucional ha vinculado el derecho a no sufrir indefensión en el deber de conocer el castellano, lo que no sucede con las demás lenguas. Esto hace que, en la práctica, muchos procedimientos se desarrollen en español aunque la lengua social sea otra.
¿Qué reformas serían necesarias para garantizar que un ciudadano pueda litigar con normalidad en catalán, gallego y vasco?
— Habría que reformar la Ley orgánica del poder judicial para establecer el requisito de conocimiento suficiente de la lengua oficial del territorio para ocupar determinadas plazas. También debería garantizarse validez plena de los documentos judiciales sin necesidad de traducción dentro del territorio donde la lengua es oficial.
¿La administración electrónica garantiza plenamente los derechos lingüísticos?
— Aún no. Muchas plataformas estatales no permiten tramitar procedimientos en todas las lenguas oficiales. Los informes del Consejo de Europa sobre la Carta Europea de las Lenguas Regionales y Minoritarias han insistido en ese déficit. La administración digital debería ser una oportunidad para normalizar el plurilingüismo, no para invisibilizarlo.
En las Islas, muchas discriminaciones lingüísticas se producen en el sector privado. ¿La Administración podría actuar?
— Es más complicado, porque intervienen muchos factores, pero sí, sobre todo, a través de la legislación de consumo, la contratación pública y los servicios de atención al cliente. Ya existen iniciativas estatales que obligan a las grandes empresas a garantizar la atención en la lengua oficial del territorio. La Administración puede desarrollar normativas de ámbito sectorial, así como incorporar cláusulas lingüísticas a los contratos, reforzar la inspección y la sensibilización.
¿Estamos ante una regresión de los derechos lingüísticos?
— En algunos ámbitos, sí. Tras la STC 31/2010 se han producido reformas y decisiones judiciales regresivas, especialmente en educación y función pública, en determinadas comunidades autónomas. Pese a algunos "brotes verdes", como el uso de todas las lenguas oficiales en el Congreso de los Diputados y determinadas reformas sectoriales recientes, el Estado todavía no asume plenamente la defensa activa de la diversidad lingüística.
¿Qué impacto tendría la oficialidad plena del catalán en la Unión Europea?
— Tendría un valor simbólico y práctico muy importante: permitiría utilizar el catalán con plena validez en las instituciones europeas y reforzaría su prestigio internacional. También consolidaría la idea de que la diversidad lingüística es un valor europeo, no sólo una cuestión interna.
¿Existen modelos comparables en Europa que puedan servir como referencia?
— Sí, países como Bélgica y Suiza han desarrollado sistemas en los que las lenguas oficiales tienen un reconocimiento efectivo en los ámbitos estatales. Son realidades distintas, pero muestran que es posible articular un robusto plurilingüismo si hay voluntad política.
¿Qué recomendaría a los poderes públicos de las Islas Baleares para reforzar los derechos lingüísticos?
— Habría que reforzar el requisito lingüístico en la función pública y, como mínimo, restituir la capacitación lingüística en el ámbito sanitario, ya que es un ámbito especialmente afectado en lo que se refiere a los derechos lingüísticos de los catalanohablantes, en una cuestión tan delicada como la sanidad. En cuanto al consumo, también podría estudiarse la elaboración de normas sectoriales que garantizaran este derecho en el ámbito privado.