Quién hace más ruido en las redes: ¿quién grita o quién dice mentiras?
En lingüística, el ruido es cualquier interferencia, barrera o perturbación que distorsiona, altera o impide la correcta transmisión y recepción del mensaje entre emisor y receptor. De alguna manera, podemos decir que el ruido es una alteración del canal de comunicación, de modo que el mensaje no puede llegar correctamente del emisor al receptor. Una puerta en medio de dos habitaciones es ruido. La falta de cobertura telefónica cuando estamos en Son Macià es ruido. Una conversación paralela a una mesa de gente que cena y que suena más fuerte que la propia es ruido. Unas cataratas en los ojos que nos dificultan leer un mensaje en una pantalla incluso podrían ser consideradas ruido.
Hoy, sin embargo, venimos a hablar de una casta de ruido. La mayoría de debates que se articulan en la actualidad ya no se dan en foros, seminarios, coloquios y mesas redondas, ni siquiera en las mesas más informales de los cafés. Los humanos hemos entrado desde hace una temporada larga en una quinta dimensión que trasciende incluso los espacios euclidianos y hemos decidido discutir nuestras manías, y nuestras miserias, con la cara tapada y con la bilis y el vómito saliéndonos de los orificios nasales dentro del entorno virtual. Con las redes sociales pasa un poco como con los coches. De 'flastomadors' de coche, los hay a montones. Insultan, gesticulan, 'flastomen', protegidos por la carrocería del auto. Más o menos lo que hacen los 'flastomadors' de redes. Exageran, injurian y dicen mentiras, al amparo de la carrocería invisible de este mundo tóxico y despersonalizado de las pantallas.
En este caso, el ruido afecta al aspecto pragmático de la comunicación. Cómo se articula el mensaje y cómo se interpreta. La violencia verbal en las redes sociales, especialmente en Facebook, es tan alarmante como desesperanzadora. Centenares de perfiles anónimos o falsos predican, critican y practican un haterismo que amplifica el ruido de la discusión de una manera hasta ahora desconocida.
La culpa siempre es de tal político o de tal otro. Da igual dónde resida la verdad. La ideología pone siempre por delante la mentira. La demagogia es un deporte de masas. Y las faltas de respeto se combinan a la perfección con el odio visceral.
Todos, del más indocumentado al más ignorante, se atreven hoy a opinar y decir tonterías sobre cualquier cuestión, y muy a menudo sin pensar en nada más que el objeto del odio particular de cada uno. Que si la consejería tal o cual retrasa aquella obra que tenía proyectada, ¡eh!, echamos la culpa al alcalde, si no es de nuestro partido. Que si el Consejo aprueba una subvención que no nos gusta, ¡eh!, echamos la culpa al alcalde, si no es amigo nuestro.
Pero aquello que tiene más predicamento en las redes, sin duda, es el racismo y la xenofobia más descarnados, y también el secesionismo lingüístico. Hay perfiles (no podemos decir personas) que comentan absolutamente todo aquello que ven en clave racista. Para ellos, todo tiene una explicación vinculada a la inmigración o a las personas que son diferentes del estándar supremacista que creen representar ellos mismos. Todo esto, además, con el apoyo explícito y generoso de determinados medios de comunicación que de forma voluntaria e intencionada vinculan delincuencia e inmigración cada vez que tienen ocasión.
Capítulo aparte merece el infinito rosario de desbarates lingüísticos que conocíamos desde hacía tanto tiempo, que si el mallorquín milenario ya estaba en La Roqueta antes de la llegada de los árabes, y quién sabe si antes que la de los romanos; que si la gramática es de tal año o de tal otra… Los defensores del mallorquín, como siempre ha pasado, escriben en español, y si escriben en su amada lengua mallorquina sacan a desfilar un ejército de acentos graves y circunflejos que colocan a partir de una ruleta rusa indescifrable. Suelen ser, también, bilingüistas insobornables que solo emplean una de las dos lenguas que dicen defender.
Un conocido hater manacorense en las redes llegó a decir un día que bloquearía a todos los que le insultaran o le faltaran al respeto como persona. Él, sin embargo, decía que a los políticos sí que les podía decir lo que encontrase: “Retrasado” (sic), “tonto”, “corto”, “inútil” y otros adjetivos son los que publica día sí y día también en sus cuentas de Facebook cuando no le va bien una determinada decisión o una determinada actitud.
La desgracia de todo lo anterior, sin embargo, es que todo este ruido ensordecedor que nos distorsiona los relatos comienza a desvirtualizarse. “Son unos dictadores y unos faranduleros”, dijo Esteban Sureda al equipo de gobierno el pasado lunes en el pleno, minutos antes de que una señora entrañable nos recordara de viva voz y mirando a los ojos que “el mallorquín se escribió en 1935”, como si fuera esta la carta de nacimiento de la lengua de los foneros mallorquines del siglo XXI.
Ante todo esto, es necesario que vivamos de cara a la utopía. Del contacto entre las personas, necesariamente, florece el respeto mutuo. En el caso que hoy tratamos, el ideal por el cual deberíamos luchar, por más que supiéramos que es imposible llegar a él, es el retorno a las calles, a las mesas y a las conversaciones de tú a tú y cara a cara. No es lo mismo insultar escondido detrás de un perfil falso, que oír y mirar a los ojos de tu 'enemigo' o 'adversario' político y tener que discutir. La empatía existe, todavía.