Molestias en los derechos
No diré nada nuevo: cuando la extrema derecha (y cada vez más la derecha) habla de libertad, lo hace desde unos parámetros muy poco libres. No es una libertad para todos ni para cualquier cosa. Es la que los fascistas consideran adecuada y para quien la merece. Defienden la libertad de ir a misa, pero no de ir a la mezquita. Comen pan de cordero por Pascua, pero se escandalizan cuando los musulmanes celebran la fiesta del cordero. Hacen que sus hijos practiquen una religión sin consultarles, pero si en la escuela hacen educación sexual es adoctrinamiento. Hablan del derecho a pensar como se quiera, pero quieren prohibir partidos políticos con una ideología diferente. Piensan que el Estado no debe interferir en nuestras existencias, pero señalan a las personas que no viven según sus preceptos.
A la extrema derecha solo le gustan sus libertades y sus derechos. Le da urticaria solo pensar que los homosexuales pueden casarse, que los transexuales tienen derechos, que las mujeres pueden abortar. La libertad de expresión solo es para ellos, no sea que alguien diga algo que no cuadre con su idea de mundo, tan estrecha, intransigente e intolerante que uno siente asfixia solo de pensarlo.
A estas alturas de la vida produce tristeza tener que recordar que los derechos de los demás no nos obligan a vivir y pensar como ellos. De lo que se trata es de poder estar todos juntos de la manera más feliz posible: casándonos, divorciándonos, haciendo la marcha del orgullo, vistiéndonos como nos dé la gana, hablando sin censura, respetándonos, ayudándonos y compartiendo (nos).
Vivimos unos tiempos que, si no queremos una vida gris, si queremos un mundo de colores, no basta con decirlo. Tenemos que actuar. Y eso no es fácil ni cómodo. Actuar implica regalar una de nuestras posesiones más valiosas: el tiempo. Tenemos que movernos, levantarnos y ponernos a caminar. El sofá no se irá, y podrá recibirnos después de jornadas provechosas.
También tenemos que compartir. No se trata de hacer las cosas a nuestra manera, sino de ir cogidos de la mano con los demás, con todo el abanico de diferencias a cuestas. Claro está, un requisito para ello es entender, no solo que no tenemos la verdad, sino que las realidades humanas, a veces, no encajan con nada objetivo y medible. Diferentes ojos perciben colores diferentes. Si no nos mantenemos firmes, tal vez pasaremos de la grisura a la oscuridad total.