Una práctica usual en ciertas cadenas de supermercados ha sido ofrecer, al principio, productos de toda clase, para al final descubrir qué quiere verdaderamente el cliente. Una vez hecho este ‘descubrimiento’, sin embargo, se dejan de vender estos productos para empezar a vender productos iguales o similares pero solo de la marca del mismo supermercado. Allí donde había un producto ‘de marca’ ahora hay uno genérico o de ‘marca blanca’, quizás más barato y de calidad más o menos idéntica. Así, hay supermercados (y grandes vendedores online) que casi solo han acabado vendiendo productos de su mismo sello, incluso de cosas tan básicas como el agua o los huevos. Hay librerías que básicamente venden libros –los tienen más visibles o bien colocados– de las editoriales que pertenecen al mismo conglomerado de empresas a quien pertenece la librería: todo queda en casa. Y una cosa muy similar ha pasado con las llamadas redes sociales. Al principio, uno se apuntaba para ver a los amigos y conocidos, o a la gente de su sector de actividad, o a aquellos referentes de lo que más interesaba: periodistas deportivos, críticos de cine, gente cuyo contacto nos convenía por un motivo u otro. En la película sobre el nacimiento de Facebook (La Red Social, ganadora del Oscar) veíamos que el éxito del invento venía de la capacidad de unir personas y crear vínculos, facilitar conocimientos, ligar, etc. Que esto viniera de la mano de una persona insociable y a través del relato de los juicios que le habían puesto los amigos no era más que otra de las grandes ironías de la historia. Pero entonces se habló de solidaridad e incluso de democracia de las comunicaciones en una nueva era que internet acababa de empezar. Pero ahora las ‘redes’ no son eso, ni mucho menos, porque han hecho como los supermercados: se han convertido en depósitos de aquello que al amo más le interesa vender, y que no son precisamente los productos de los otros sino los suyos. Contenidos que ya no son los que venden nuestros amigos, sino los que crean una serie de personajes muy conocidos, a los cuales sigue todo el mundo pasivamente y sin interacción verdadera. Es curioso cómo se han transformado en lo que eran las televisiones, pero personificadas después del estudio que el algoritmo hace de cada uno de sus usuarios. Ya no son debate y sorpresa a raíz de los intereses de cada uno, sino entretenimiento y captación de la atención para su reventa con intenciones comerciales e ideológicas. Es decir: el invento primario de la cultura de masas. Y todo porque ha sido la manera de hacer rentable un invento que era gratuito, pero que en el fondo pagábamos con nuestra atención, nuestro tiempo y nuestros datos. Todo esto no es obviamente nuevo. Pero a menudo hay que pararse a reflexionar sobre cómo nos venden una moto para después transformarla en otra cosa, cuando ya nos han dado demasiadas vueltas encima. No me sorprendería en absoluto que lo mismo acabara pasando con la IA, porque repite el mismo patrón que los otros inventos digitales que nos han llegado en las últimas décadas.