01/07/2026
Poeta, traductora y música
3 min

Mientras la piel y el cerebro del albañil se asan al sol del mediodía, bajo el cual está cimentando el alcorque del que el ayuntamiento ha arrancado otro árbol más, la rentista toma un café a precio de oro en la terraza que ocupa la acera (intransitable y con sombras de parasol patrocinado). De repente, hace una mueca y, sin mover los ojos del móvil, se lamenta hiperbólicamente por los futbolistas que dentro de un par de horas, bajo el astro ardiente, tendrán que jugar un partido. Esta individua de la especie humana vive una existencia tan paralela, tan separada de la nuestra, que ni ve ni oye el pasacalles reivindicativo (a 49 grados sin sombra) de las asociaciones peregarauinas. Tampoco lo oye ni lo ve el exiliado del otro bar, que, con la mirada al portátil, el oído a los auriculares y las neurones en la nube de pago, habita todavía otro universo.

El obrero no está solo, y los peregarauinos son una pandilla; sin embargo, da la impresión de que hemos perdido la posibilidad de comunicarnos: como si hubiéramos desaprendido o no hubiéramos adaptado suficientemente orgánicamente los códigos sonoros humanos –como si ya no los compartiéramos. Mientras tanto, convivimos con unos vecinos cegados y ensordecidos por su propio bienestar y unos gobernantes firmemente decididos a ignorarnos y menospreciar las lógicas demandas: o bien pasan de largo de nuestra presencia y ruido, o nos interpretan como una amenaza a su estatus y nos silencian. Pero nuestra contrapropuesta tiene sentido y consenso, hay espejos y ecos en todas las Baleares... y más allá. En un barrio residencial berlinés, el consistorio también ha decidido talar los árboles que refrescaban los bloques de pisos, para que los residentes de las casitas con jardín tengan espacio para sus dos coches. Nos lo explica la artista sonora Kirsten Reese, profesora de composición electroacústica en la Universidad de las Artes de Berlín (ciudad que ella describe como “la hormigonera”), con quien hemos ido a los Vosgos (una cordillera de Alsacia) para escuchar y grabar no los ecos yermos del cemento, sino la vibración colectiva de los formícidos.

Las hormigas no se comunican ‘hablando’ como nosotros, quiero decir que no tienen órganos equivalentes a nuestras cuerdas vocales ni tímpanos que les permitan enviar y recibir sonidos por el aire. En lugar de eso, son capaces de estridular (fregar partes del cuerpo entre ellas) y percutir las mandíbulas contra diversas superficies, para transmitir todo tipo de mensajes en códigos rítmicos que los individuos de su especie (y muy posiblemente de otras especies) perciben en forma de una vibración que es conducida por las hojas de la vegetación, a través de los túneles subterráneos que construyen o por el suelo, por ejemplo. Cuesta imaginar, pues, que puedan llegar a decirse algo entre tanto asfalto, cemento y hormigón. Enric Casasses, como otros poetas, las escuchó a oído desnudo, cuando entraban (por el tendedero sin ropa tendida) en una casa deshabitada del Empordà: “Ni de día ni de noche hacen ruido / pero se hablan todas. / Tienen unos cuantos lenguajes: / el de los signos de las manos, / el de las muecas, / el de escupitajos, eructos, suspiros y pedos, / el de decírselo bailando / y el de frotarse mejilla con mejilla, que es un lenguaje / de muy rico vocabulario”. 

Mientras en Mallorca continuamos velando por la protección del Trenc y las hormigas polinizadoras del limonium, también el GOB Menorca ha elegido este insecto como símbolo de una nueva campaña contra el modus vivendi actual. Su coordinador argumenta por qué nos inspira a una transformación ni destructiva ni rejerarquizante: no hay que destrozarlo todo encabezados por un líder, sino poner en marcha los cambios (todos los pequeños y poderosos cambios) que alivien las problemáticas de hoy (saturación, vivienda, agua...), de inmediato y sin esperar la creación de marcos legales que los autoricen, ni el gobierno de un partido político que los valide.

A los pies de un hormiguero gigante, en un claro que debería haber estado húmedo, los cuatro sapiens inmóviles (a pesar de los mosquitos) callábamos y escuchábamos. La tecnología nos ayudaba a amplificar el sonido, y sentimos (muy comprensible y misteriosa a la vez) la lengua de estos insectos. Constatamos que, si se les molesta (tapando una entrada del nido con el micrófono), su estridulaciónes traducible a la inquietud reverberante de nuestro grito. Pero, con el paisaje engrandecido, además rugía el eco de un sufrimiento atemporal, hermanado con quienes se atrincheraron en aquellos bosques durante la primera y Segunda Guerra Mundial, y lo sentimos: tan claro como la tercera guerra, que no se lucha en un universo paralelo, y tan claro como las consecuencias (humanas y naturales, planetarias). No hemos quedado mudos, ni estamos solos – solo hemos confundido el grito. En vez del del humano ensimismado e impotente, deberíamos resonar el grito de las hormigas: el que, por una red de susurros, convoca a tumbar pararrayos y replantar árboles juntos.

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