En otras ocasiones he escrito aquí sobre la crisis de la democracia y su debilitamiento de la mano del capitalismo más salvaje y la cultura individualista y consumista que promueve. Hoy, no obstante, y muy especialmente después de las elecciones en Colombia del domingo 21 y otras cosas que pasan no tan lejos de casa nuestra, quiero expresar mis dudas personales y políticas sobre aquello que llamamos ‘democracia’. O, si queréis, sobre el significado que otorgamos a un instrumento que cada vez se parece más a una cáscara vacía.
Lo planteo no desde la radicalidad, sino desde la concepción liberal clásica de la democracia, donde para que la cosa funcione hace falta un cierto equilibrio entre los tres actores que articulan las sociedades de nuestro entorno: el estado, el mercado y la sociedad civil. De la sociedad civil, poco que decir: resta atomizada, y de vez en cuando saca la cabeza para mostrar su resistencia a retroceder en cosas que ha costado décadas o siglos conseguir. Pocas veces para plantear futuros utópicos, como si asumiéramos que no hay otro mundo posible que la distopía permanente en la que vivimos. Hemos dejado de hablar de revolución, y cuando nos dejan gobernar, nos entretenemos en la aceptación, la gestión y la comunicación.
Del Estado, solo hay que recordar que es cada vez más pequeño e insignificante, especialmente ante los retos que tenemos a escala global: sea para luchar contra el cambio climático (aunque Europa arda estos días), o contra las desigualdades.
El mercado, dirigido por tecnooligarcas como Elon Musk, que concentran más riqueza en muy pocas manos que más de la mitad de la humanidad y que muchos países juntos, es cada vez más fuerte y cada vez más despiadado. Que Musk sea el primer billonario de la historia debería ser algo más que una anécdota, sobre todo cuando buena parte de su fortuna proviene del uso inmoral y antidemocrático de la tecnología.
Mientras la nueva clase tecnocapitalista nos destroza, continuamos defendiendo la concepción de una democracia que ya no existe, porque no hay equilibrio entre estado, mercado y sociedad civil… la excusa perfecta para que todo continúe igual. Cuando digo que nos destroza, me refiero tanto al algoritmo que permite al especulador apropiarse de las casas que otros necesitan para vivir, como a las familias que tenemos que gestionar las adicciones y los problemas de salud mental que genera su negocio entre los más jóvenes. Me refiero a la reacción misógina que hace que mientras en las escuelas se trabaja la coeducación, en las redes se promueva el machismo más rancio y la violencia más salvaje contra las mujeres. Y a la nueva carrera armamentística, energética y extractivista que amenaza la vida del planeta y la de todos, cuando la ciencia hace tiempo que nos advierte que deberíamos ir en la dirección contraria.
Y en este contexto, elecciones que cada vez tienen menos de libre, porque si hasta hace unos años votar ya era casi un acto más de mercado (“vota la marca x o la marca y”), ahora ya con la manipulación de los medios, las redes, los bots, la IA y los algoritmos, esto ya no hay quien lo pare. Lo confieso: tengo serias dudas de que debamos llamar ‘democracia’ a todo esto, y que pensemos inocentemente que conseguiremos cambiar todo esto respetando unas reglas que ya no sirven, porque nos han cambiado el tablero de juego.
Esto es lo que ha pasado en Colombia con la victoria después del ascenso expreso del candidato fascista conocido como ‘El Tigre’, a pesar del crecimiento en millones de votos de la izquierda. Un candidato que ni siquiera tiene la nacionalidad colombiana, pero impulsado por la doctrina Trump, por el dopaje tecnocapitalista y la manipulación más burda de las elecciones de uno de los países más importantes de América Latina con el silencio cómplice de países que se consideran democráticos, incluido el Reino de España.
También este asalto violento al sistema democrático tiene sus particularidades españolas, y las estamos constatando estas semanas con el añadido de que aquí no solo aplica todo lo anterior, sino la particularidad de que un poder, el judicial, a quien no ha votado nadie, se cree por encima del demos, del pueblo.
La cuestión es: ¿puede haber democracias sin demos? ¿Se puede detener todo esto? La respuesta a las dos preguntas es que sí. Sí, ya tenemos democracias más procedimentales que reales. Y sí: se puede detener, pero tenemos que espabilar. Por eso, los discursos de la extrema derecha implican dividirnos todo lo que pueden (por ejemplo, los ‘de aquí’ versus los ‘de fuera’), en lugar de apuntar hacia quien se queda todo el pastel. Aquí ya tenemos un trabajo clave: unir el demos, hacer pueblo. Otra línea de acción implica decir las cosas por su nombre, y no defender una democracia procedimental que no resuelve los problemas reales: la gente no vive de cáscaras vacías, y todo el mundo necesita una casa y buenos alimentos. Dicho esto, una última advertencia: no penséis que toda esta violencia estructural y procedimental la combatiremos solo con buenas palabras.