06/02/2026
Dirección del semanario
2 min

PalmaHay decisiones políticas que parecen más pensadas para tranquilizar conciencias adultas que para transformar realidades. El anuncio de Pedro Sánchez de querer prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de dieciséis años tiene algo de eso: suena contundente, suena protector, suena responsable. Y, sin embargo, cuesta no ver también un gesto defensivo ante una angustia colectiva que hace tiempo que crece sin que nadie sepa cómo abordarla.

Porque el vértigo no proviene sólo del tiempo que los adolescentes –y los adultos– pasan enganchados a la pantalla, ni de los contenidos que circulan por ella, ni siquiera de la facilidad con la que cualquier prohibición puede ser burlada en minutos. El vértigo proviene, sobre todo, de saber que dentro de ese dispositivo habita algo mucho mayor y mucho menos gobernable que unas aplicaciones. Quien abre el móvil no entra sólo en una red, entra en un ecosistema opaco diseñado por adultos con poder, intereses y una moralidad inquietante.

Pero si ya sabíamos que estábamos expuestos, el goteo de noticias derivadas de la desclasificación de los papeles de Epstein lo acaba de hacer aterrador. La lista de nombres; las relaciones más que turbias entre poder político, económico y mediático; los relatos de abusos, violencias y extorsiones dibujan un mapa moralmente devastador. El de Epstein es mucho más que un caso criminal: es la ventana a un mundo subterráneo –nada subterráneo– que da miedo de verdad. Y la sensación es que lo que conocemos es sólo la punta del iceberg. Que detrás de los documentos, testimonios y juicios hay una red mucho más extensa, más podrida, cuyos hilos se manejan desde despachos de lujo y desde consejos de administración donde nunca pasa nada… hasta que ocurre. Si la cosa sigue así, de aquí nada quedarán pocos países sin salpicaduras y pocos mandatarios sin alguna fotografía incómoda o una amistad inconfesable.

Después nos preguntamos por qué se extiende el fascismo en todo el mundo. Por qué tanta gente compra discursos autoritarios, simples y salvajes. Ido quizás porque la confianza en las élites políticas, económicas y tecnológicas está hecha añicos. Cuando tienes la percepción de que el mundo está dirigido por gente profundamente perturbada, inmoral o directamente depredadora, el descrédito lo invade todo.

Y es aquí donde una medida como la de prohibir las redes a los menores puede parecer, sin quitarle parte de sentido, pequeña, pequeñísima, casi insignificante. Cómo poner una tirita en una hemorragia sistémica. Porque el problema no es sólo el acceso, sino quien gobierna estos espacios, quien escribe sus normas y con qué intereses.

Mientras tanto, ya podemos continuar con el lirio en la mano, promoviendo luchas solidarias, causas justas y resistencias necesarias. Porque de repente te das cuenta de que delante hay una apisonadora gigante conducida por tarados. Por eso, más que no preguntarnos si debemos quitar móviles a los menores, quizá deberíamos pedirnos cuando empezamos a exigir que las riendas del mundo las manejen otros.

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