05/02/2026
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Al amanecer las primeras sombras llegan a la plazoleta del Tren. Tienen frío y sueño, lo dicen sus caras, su andar es lento. Buscan un pedrisco para sentarse o de derecho en derecho, esperan. A la izquierda, los amaziges del Rift, ya la derecha, la gente de Senegal. Todos esperan encontrar un jornal en Marjal o en un jardín en la bahía. Trabajar por unas monedas que estrecharán con las manos erosionadas por el desierto. A cuanto hora? se escucha más allá. Para ahorrar peleas por un mendrugo de pan, se repartieron el espacio. Casi siempre los que vienen a la plazoleta son los más novatos, los que acaban de llegar. No hablan, no entienden; dicen que sí a casi todo, no se quejan. Tienen un brillo en la mirada, el corazón late a su futuro incierto, mientras en silencio piensan en su gente, aquella que han dejado en la casa de sus padres.

"Para cosechar aceitunas prefiero a los senegaleses", dice el hombre que busca. No fuman, no beben y no charlan. "No todos son iguales", dice otra voz. "Los de Dakar fuman y beben, los demás no". ¿Quiénes son los 'otros'?

Saliou llegó a Sa Pobla a principios de 2011. Entonces era un joven alto y delgado, soltero y senegalés, pero por encima de todo era sufí. Este hecho de ser sufí me sorprendió, y mucho. Desconocía que la mística del Islam, "aquellos que buscan el mejor camino de vuelta", había descendido y arraigado hasta el corazón del África Subsahariana. Como podían convivir, la tierra seca y áspera africana con los que saben que estamos en el mundo sólo por estar en 'prueba'. Conocí a Saliou por las mañanas frías en la plazoleta del Tren, cuando venía a repartir té caliente y galletas a los suyos, para hacer más llevadera la espera y sacar el hielo del cuerpo. Con él supe y aprendió que el sufismo había llegado a sa Pobla. Con los años, una pequeña comunidad sufí, los de la ciudad sagrada de Touba, se ha ido consolidando de manera modélica y convive con los demás musulmanes y seguidores del profeta Muhammad, aquellos que acusan en voz baja a los sufíes de apartarse de la verdad del Islam, y de seguir caminos demasiado ascéticos que de todas formas el Corán. De repente, en sa Pobla tuvimos dos mezquitas y dos imanes. Cada una con sensibilidades y matices bien diferenciados. Con la llegada de Saliou, del sufismo en sa Pobla, empezaron las plegarias de los domingos atardecer en el desván de la calle del Lledoner. Desde entonces, ningún senegalés se quedó sin un plato de caliente o una manta para dormir a cobro. Por las noches ya no corrió por las calles el alcohol o la marihuana. El trabajo se convirtió en una práctica espiritual. La práctica de la no violencia les daba una autoridad moral indiscutible.

Teníamos enfrente a los seguidores del maestro y jeque Ahmadou Bamba (1853-1927), el fundador de la tarifa Muridiyya, el padre de la ciudad de Touba. Bamba reinterpretó el sufismo, la espiritualidad africana dentro de un contexto wolofo y de lucha colonial. Consiguió conectar a las sociedades agrícolas con la resistencia no violenta y les ayudó a encontrar la fuerza de su espíritu mediante el Khidma y los lazos filiales. Con un lenguaje sencillo y sencillo –Bamba– les habló directamente al cuerpo, a la memoria, al ritmo. No separaba lo sagrado de la vida cotidiana y hizo hincapié en la experiencia, no en la abstracción. Sin embargo, los wolof ya entendían a la comunidad como una extensión del yo y que la sabiduría vivida era más valorada que el discurso. Esa gente, la nuestra de ahora, no viven el sufismo como un extraño, sino como una lengua nueva para decir cosas ya intuidas.

Los sufíes Muridis de Touba vinieron a Mallorca ya Sa Pobla en particular, cuando la Unión Europea, 'los de Bruselas', los hombres grises sin rostro, decidieron no comprar más tomates ni cacahuetes en Senegal, que eran precisamente los productos estrella de sus exportaciones. A partir del año 2000, los burócratas de corbata negra dieron un trato preferente a los tomates y cacahuetes de Marruecos. Este cambio comercial empujó a miles de jóvenes a embarcarse en cayucos y buscar las costas de Canarias. Muchos no lograrían llegar a la orilla y perdieron la vida en el mar. Los campesinos no entienden de políticas agrarias, tan sólo saben que deben alimentar a sus hijos ya su familia. Superaron, y todavía lo hacen, las ondas inmensas del océano para no morir de hambre en su tierra.

Saliou dice que el camino interior hacia Alá, hacia Dios, no es fácil, y que para encontrarlo necesitamos mucho amor, cariño y constancia. Hablar de estos temas me hace reflexionar sobre las similitudes de los sufíes con nuestro Ramon Llull y sus enseñanzas de cómo llegar a Amat. Probablemente, Llull conoció las obras escritas del maestro sufí Ibn el Arabí, nacido en Murcia y otros sufíes coetáneos. En su época, el sufismo estaba vivo y corría de boca en boca. Quizás me equivoque, pero pienso que tanto en el sufismo como en el pensamiento de Llull, a Dios no se llega por el miedo ni por las inmediaciones, sino cruzando un camino largo, con disciplina y constancia. Lo que se aprende no queda sólo en la cabeza: se ve en cómo se vive, en cómo se trabaja, en cómo se aguanta. Ramon Llull habló de un Amigo que buscaba a Amat sin acabar de llegar nunca; los sufíes lo han dicho de otras formas.

Con el tiempo, Saliou se casó y después tuvo tres hijos; también encontró un trabajo en un hotel de la bahía. Las reuniones de la pequeña comunidad sufí de Sa Pobla son más difíciles hoy en día. Eso sí, cada año nos invitan a la fiesta de Magdal, la que recuerda al maestro Bamba. También hemos dejado de hablar de Dios, Saliou dice que ahora toca hacer bien el trabajo y ser discreto. Y es que "hay tantos caminos que conducen hacia Dios como hijos de Adán".

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