11/08/2026 - 07:52 h.
Científico
2 min

En 2025, un equipo de la Universidad de Calgary metió cuatro ratones anestesiados en una cámara oscura y los enfocó con una cámara hipersensible. Captó lo que el ojo no ve: una luz muy tenue que salía de la piel de los animales. Cuando murieron, la luz desapareció.

Este resplandor tiene nombre: biofotones, o emisiones ultrafrecuentes de luz. De hecho, todas las células vivas producen. Es un subproducto del metabolismo aeróbico que ocurre mayoritariamente en las mitocondrias. La intensidad queda justo por debajo del umbral de la visión humana, y abarca desde el ultravioleta hasta el infrarrojo cercano. Nada que ver con la bioluminiscencia de las luciérnagas ni con la radiación térmica que emite cualquier superficie.

Ahora, el interés por los biofotones se centra en sus posibles aplicaciones en el diagnóstico. Dado que el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y las neurodegenerativas se asocian a un aumento del estrés oxidativo, los patrones de emisión difieren entre células sanas y enfermas. Algunos equipos ya exploran si el recuento de fotones permite distinguir una peca benigna de un melanoma sin necesidad de biopsia, o vigilar la viabilidad de un órgano antes de trasplantarlo.

Tengamos cuidado, sin embargo, porque el campo de los biofotones arrastra algunas décadas de mala reputación: en los años setenta, el biofísico Fritz-Albert Popp vinculó los biofotones con la homeopatía y la acupuntura. No hay evidencia de esta supuesta "coherencia cuántica", y algunos expertos dudan que una señal tan tenue llegue nunca a la clínica. La hipótesis más atrevida, que las células se comuniquen entre sí con luz, sigue siendo la más controvertida y abierta.

Esta última idea no es nueva. En los años veinte, el biólogo ruso Alexander Gurwitsch observó que la punta de una raíz de cebolla parecía estimular la división celular de una raíz vecina, y que el efecto atravesaba el cuarzo, pero no el vidrio ordinario, como si las células se comunicaran con luz ultravioleta. Fue imposible de replicar y se guardó en el cajón de la pseudociencia. Ahora, en experimentos aún sin publicar, los de Calgary han visto que, al cortar una hoja, un chorro de fotones se enciende alrededor de la herida y se esparce en forma de anillo. En otro estudio, mitocondrias aisladas en recipientes de cuarzo sellados parecen influenciarse, y el efecto se detiene con una lámina de aluminio de por medio.

De la misma manera que la luz de los ratones de Calgary solo es observable (con instrumentos) dentro de la oscuridad de la cámara, la corona solar (la atmósfera exterior del Sol, millones de veces más tenue que el disco) solo es observable durante un eclipse total.

Como saben, el eclipse solar del día 12 se podrá disfrutar desde muy pocos lugares habitados del planeta, y España es el tramo más poblado de toda la trayectoria. Aquí no veíamos un eclipse total desde hace más de un siglo y la ‘franja de totalidad’ atravesará la Península del noroeste hacia el sureste y acabará al atardecer sobre las Islas Baleares. Pero no será el último próximo fenómeno astronómico: después de un eclipse parcial en 2027, en enero de 2028 un eclipse anular cruzará de nuevo el Mediterráneo y dibujará un anillo de fuego sobre Ibiza, Formentera y Mallorca. Disfruten del primero.

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