Este es un verano de desproporciones, y lo es no solo por un eclipse que, al paso que vamos, tendremos que ver desde la tele de nuestra casa, porque solo quien haya pagado por venir a Mallorca tendrá derecho a contemplarlo... También es desproporcionado el calor insufrible, la más elevada desde que hay registros, el año 1961, con una persistencia que pone de manifiesto una de nuestras principales vulnerabilidades: por mucho que la industria turística y Aena hagan ver que se pueden batir récords de turistas y vuelos año tras año, los recursos naturales, pero también el sistema y las infraestructuras, tienen límites, aunque ningún político se atreva a definirlos de manera clara.
Límites de verdad, no como aquellos que se anuncian y no llegan nunca, como ahora la limitación de coches pensada para calmar los ánimos de unos residentes que hace unas semanas salieron a la calle en Palma y vuelven a salir estos días en Sóller, donde la vida ha sido alterada hasta tal punto que ya no es consuelo tener el ‘privilegio’ de residir en uno de los municipios más bellos del país.
Desproporcionada fue también la intervención de los antidisturbios en la manifestación del 26 de julio, con niveles de violencia innecesaria que esperamos que no se repitan, pero no hay ninguna garantía de que esto no pase, porque, como defendí en mi anterior artículo, la estrategia del poder implica señalar injustamente el eslabón más débil de la cadena, las personas migrantes, y para reforzar los mecanismos de represión del Estado.
Desproporción es también lo que sienten los residentes que tienen que trabajar el mes de agosto (la mayoría, por cierto), cuando más gente pasa por los aeropuertos de Baleares, y tienen que coger un transporte público mermado. Desproporción es querer crecer, en cantidad o en calidad, y no hacerse cargo del crecimiento demográfico y del uso de servicios e infraestructuras de todo el mundo que vive en Mallorca, sin contar turistas. Desproporción es renunciar, solo el año pasado, a más de 500 millones de euros en impuestos para reforzar estos servicios y estas infraestructuras, porque los que ya tienen un buen patrimonio lo continúen engordando mientras la mayoría, por no tener, no tiene ni tan solo el derecho de evitar que cualquier arrendador sin escrúpulos le expropie el salario completo y parte del de la pareja. Desproporción es que una camarera de pisos tenga que limpiar más de veinte habitaciones al día por un sueldo que no le paga el alquiler, mientras las cadenas hoteleras anuncian, un año más, beneficios récord.
Desproporción es el silencio social e institucional por la veintena de muertos que intentaban llegar en patera hace unos días a las Islas, y por el centenar largo de muertos en Ceuta: ni minutos de silencio, ni banderas a media asta, ni palabras mínimas de humanidad. Si hubieran sido turistas, se habrían celebrado funerales de Estado. Si hubiera sido un hotelero, habrían inaugurado un paseo marítimo con su nombre.
Desproporción es inventar escándalos día sí y día también para derribar el gobierno de España, mientras la presidenta de la comunidad de Madrid y líder máxima del PP por incomparecencia de Feijóo prevarica, ya sea yendo de viaje a México, ya sea gastando millones de euros públicos en áticos de lujo de finalidad aún no aclarada. Desproporcionada es la diligencia de jueces y fiscales en unos casos, y el silencio conveniente en los otros.
Desproporcionado es pedir quince años de residencia para acceder a una vivienda de protección oficial, como si los años de residencia te hicieran ciudadano o ciudadana, o justificaran que eres quien más lo necesita. Porque quienes deciden estas cosas las deciden pensando sobre todo en quien no necesita una vivienda, como quien cree que, con más de la mitad de la población con salarios inferiores a los 18.000 euros anuales, cualquier banco te dará la hipoteca para una vivienda de ‘precio limitado’. Desproporción extrema es si comparamos la cifra de nuevas plazas turísticas creadas en este cuarto de siglo con el número de viviendas de protección oficial. También que ya haya más de un tercio de municipios con más plazas turísticas que residenciales.
Así como la desproporción es, independientemente de la propia condición, objetivable (un multimillonario no tiene por qué ser sensible a la desigualdad, pero no puede negarla), aunque no siempre visible; la proporción es del todo subjetiva, porque nos remite a la idea de que cada uno tenga un cierto nivel de equilibrio: hay ultras –e incluso pseudoperiodistas– que consideran que las cargas policiales de la manifestación convocada por Menos Turismo, Más Vida fueron proporcionadas. Como los hay que consideran que esto de Ceuta es una invasión, y que la respuesta proporcional de los machos patrios ha de consistir en cazar magrebíes.
Solo una democracia efectiva puede reducir las enormes desproporciones que experimentamos estos días, y que van camino de hacernos demasiado dura –y a muchos, imposible– la existencia. Una democracia que no establezca límites claros a todo y de todo, empezando por poner freno a la depredación social, medioambiental y convivencial del modelo económico, no es democracia. Empecemos por decir las cosas por su nombre.