Jóvenes que no quieren ser fachas
Se quedó en silencio. Detrás de las gafas de pasta negra, el cineasta mexicano Guillermo del Toro dejaba caer las lágrimas con gesto contenido. “Me hace mucho daño ver que una, dos o tres generaciones han fallado completamente a esta generación. Es decir, dejamos a la generación que viene un mundo en ruinas, con el tejido moral, social y espiritual desintegrado”, en una afirmación que se elevaba como una disculpa generacional, como una súplica de perdón por no haber sabido, podido, querido hacer de correa de transmisión, como generación, de unos valores que han sostenido a las civilizaciones occidentales de los últimos tres cuartos de siglo.
No es vacua ni banal, la emoción de Del Toro. Nace de una profunda preocupación por los jóvenes de hoy y el mundo que les dejamos para reconstruir. Ni la generación boomer ni tampoco la X han sabido mantener la escala de valores en la que crecieron. El mundo está dividido, desorientado, y los jóvenes de ayer fijan su ira en los adultos de mañana que ellos mismos no han sabido encaminar.
La fijación por los jóvenes viene de atrás. ¿Quizás del Mayo del 68? ¿Quizás de las revueltas estudiantiles contra las postrimerías del régimen franquista? ¿Quizás de la ilusión por la democracia novel? Los viejos pretendían el sostenimiento de un statu quo y el respeto obligado por una moral severa con una represión directa e indisimulada sobre adolescentes y jóvenes, que se presentaban como los abanderados de la libertad: laboral, ideológica, moral y sexual.
Pero no todos, claro está. Recuerdo el escepticismo del añorado Tomeu Ferrer cuando le decían que los jóvenes eran quienes tenían que cambiarlo todo. “No confiéis en los jóvenes, porque no son más de izquierdas que el resto de la sociedad”, decía el viejo luchador manacorí. Y quizás tenía razón.
‘Fractura’, es hoy la palabra.
La rebeldía de la juventud de hace 60 años se enfrentaba a un sistema caduco, exhausto y represor, que, además, sustentaba su existencia en los privilegios de quienes siempre habían mandado. La juventud rebelde de hace 60 años era radicalmente de izquierdas, revolucionaria, si queréis.
Ahora, en cambio, rebelarse significa querer hacer caer un sistema que se ha construido como presunto garante de las libertades y los derechos fundamentales de las personas. Rebelarse, hoy, se ha convertido en un ideal facha. O ni siquiera eso. Pensemos en Francia. Pensemos en Barcelona, este pasado fin de semana. Jóvenes sin sesgo ideológico que tienen solo en común el hecho de sentirse expulsados por el sistema. Condenados al fracaso escolar y a vagar por un mercado laboral que les pondrá todas las trabas que pueda para frenar cualquier opción de progreso personal y económico. Esta es la fractura con el sistema que ahora se usa.
La semana pasada publicábamos en la revista Cent per Cent una entrevista con la portavoz en Mallorca de la organización juvenil Arran sobre la convocatoria de huelga general del próximo 11-N. Denunciaba, la portavoz, que hoy los jóvenes “no nos podemos emancipar, porque el mercado está controlado por las élites”. Al punto, comparecieron decenas de comentarios: que si no trabaja, que si es muy joven, que no sabe nada, que si no ha salido de su casa, que si es una ingenua… Como ahora se estila, algunos de los escritos eran de perfiles anónimos, pero la mayoría tenían un perfil claro: hombres granados. Fractura generacional y fractura de género. Hoy, que una mujer joven opine y que lo haga en las antípodas de la rebelión de moda se ha convertido en un ejercicio, para muchos, intolerable y un pecado irredimible: ser joven sin ser facha.
Pero hay lugar, dentro de la oleada reaccionaria, para la esperanza. Mamdami en Nueva York, Die Linke en Alemania, el milagro socialista del viejo Lula en Brasil, la Lista de estudiantes de Serbia, transversal y sin líderes…
Esta es la tercera fractura. Dentro de la misma generación, conviven los machitos que votarán a Abascal y Alvise en masa mientras idolatran a Vito Quiles, los lumpen desarraigados que se convocan por las redes para saquear las tiendas caras de las grandes ciudades y las hijas de clase media-alta que claman desesperadamente por una vivienda digna accesible para toda la juventud y para la población en general.
Unos y otros se parecen como un huevo a una castaña, pero los ha encendido una misma chispa: el derrumbe final y la posterior reconstrucción del mundo en ruinas que han heredado de nuestra parte. Y de estas revueltas disformes y desorientadas deberá nacer un nuevo modelo de civilización que nosotros, los viejos boomers del siglo XX, muy probablemente no podremos llegar a comprender. Nos vendrá justo, como a Guillermo del Toro, pedir disculpas por el desastre que dejamos.