PalmaLa interlocutoria de José Luis Calama contra el expresidente Zapatero es lo suficientemente contundente como para que, al menos, el mensaje de los suyos sea solo el que dicta la propia Justicia: esperar que la investigación pueda probar los hechos que se le imputan. Que se es inocente hasta que se demuestre lo contrario. La defensa pública de Patxi López y Mercedes Milá es una confianza ciega y poner la mano en el fuego por una figura que lo es todo entre los socialistas. La caída de un tótem, brújula moral y todas esas expresiones cursis y grandilocuentes, por otro lado, ciertas.
Pedro Sánchez está deshecho (ya no por acumulación, que también), sino porque ZP en el punto de mira es mucho más que José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García juntos. Un símbolo. Es el hombre que, obviando los desastres de la segunda legislatura e invocando los avances vigentes de la primera, salió al rescate de Sánchez en las últimas elecciones y movilizó al votante de izquierdas. Ante la posibilidad de que sea condenado por corrupción, ni siquiera nos sirve la pregunta más recurrente para cualquier incredulidad de estos tiempos: ¿será IA? No, no es inteligencia artificial, pero, incluso aunque no hubiera delitos penales en eso de Zapatero, nos obliga a replantearnos los límites éticos de la actividad de los expresidentes del Gobierno. Debería regularse por ley, porque el poder, como la energía, una vez ejercido, no desaparece, se transforma.
El valor institucional circula en un mercado donde la reputación se cotiza, se contrata y se paga en intervenciones por las cuales empresas y conglomerados multimillonarios con intereses e influencia pagan miles de euros. Una conferencia, una charla, sentarte a explicar lo que ya sabes, y dinero en el bolsillo. Un paseo, si has bregado con el devenir de un país entero.
El mercado global de las ideas (qué burbuja por explotar) se rentabiliza también en consejos de administración y en foros internacionales, un negocio de puertas giratorias del que nadie se abstiene. No sé si es codicia, ego o un trastorno psicológico que les impide volver a sentirse ciudadanos rasos, pero olvidan que se lucran gracias a un cargo emergido de la democracia. El sueldo vitalicio debería ser suficiente pago para ellos. Por pura ética, estética y decencia, deberían quedarse en casa como 'jarrones chinos', como acuñó Felipe González. Cuando lo dijo, quizás nadie sabía qué hacer con un expresidente, pero ellos han encontrado la pista. La del dinero.