El actor Boris Karloff, caracterizado como el monstruo de Frankenstein en la película 'La novia de Frankenstein' de 1935, de James Whale.
20/09/2026 - 08:02 h.
Subdirectora
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Explica la filósofa Marina Garcés que ya no estamos en la condición posmoderna, sino en la condición póstuma (por favor, leed Nueva ilustración radical si todavía no lo habéis hecho). Y habla “de un tiempo de prórroga que nos damos cuando ya hemos concebido y en parte aceptado la posibilidad real de nuestro propio final”. De esta manera, (mal)vivimos preguntándonos cuándo acabará todo, porque se ha impuesto el relato de “la destrucción irreversible de nuestras condiciones de vida”.

Contemplar el mundo desde esta perspectiva es como mirar a los niños jugar en el patio de una escuela justo antes de que les impacte una bomba nuclear. Eso es lo que parecemos, en medio de la cuenta atrás hacia la autodestrucción. No nos morimos, sino que nos matamos, y en este camino optamos por el autoritarismo, las ‘retrotopías’ (Garcés recuerda el concepto de Zygmunt Bauman: utopías que se proyectan hacia un pasado idealizado), las identidades defensivas y ofensivas y el desprestigio de la sabiduría que nos hace más humanos. De hecho, hemos externalizado nuestros conocimientos y hemos llegado a un punto en que ahora tenemos miedo de nuestro Frankenstein. El terror a que nuestras criaturas se vuelvan en contra de nosotros es atávico, no viene de ahora.

Creemos lo que nos dicen porque es más fácil que no hacerlo. Combatir la credulidad requiere un gran esfuerzo, no son buenos tiempos para el pensamiento crítico. Pero ¿qué será de nosotros si no lo hacemos? A estas alturas no tenemos más futuro que la cuenta atrás en la que estamos inmersos. ¿Quién no querría cambiar este escenario?

Hay que combatir a las supuestas autoridades (políticas, intelectuales, culturales, sociales) con las herramientas del pensamiento. Y en este punto me quedo con la idea de Svetlana Aleksiévich que propone Garcés: la potencia de un no saber sabio (Sócrates lo tenía claro). No dar por hecho nada de aquello que se nos presenta como establecido. Cuestionarlo todo y poner fin a los monopolios de las ideas.

Ahora bien, es complicado tener la esperanza de que esto pueda pasar a gran escala. Es complicado tener esperanza en general, por mucho que la victoria de la desesperanza sea una tragedia.

Mientras tanto, el ruido de los mensajes continúa, no se detiene ni un segundo. Para pensar bien, a fondo, hace falta silencio, y el silencio se ha convertido en un elemento tan lujoso, que no hay dinero que lo pueda pagar. En este punto, dejar de sentir por inercia se ha convertido en un acto revolucionario.

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