De beatas, fariseos y herejes
La laicidad es una de las conquistas más importantes de las democracias occidentales. Separar el estado y las leyes de las creencias religiosas es un avance fundamental para garantizar las libertades ciudadanas (también la libertad de culto) y garantizar la cohesión interna y el carácter plural y convivencial de las sociedades democráticas. La gobernanza mezclada con la religión tiende a generar políticas autoritarias o directamente totalitarias, lo que equivale a gobiernos criminales. Un estado teocrático como Irán masacrando a la población bajo las órdenes directas de sus clérigos, que no dudan en señalar a los ciudadanos como terroristas que merecen ser ejecutados. Una democracia como Israel, comandada por dirigentes ultrarreligiosos y de extrema derecha, se convierte en una máquina de poder corrompido, capaz de perpetrar los incontables crímenes del genocidio de Gaza (que, por cierto, sigue su curso, aunque los medios de comunicación hayan alejado sus focos). El actual aspirante a dictador global, el delirante Trump, y sus oscuros lugartenientes (Rubio, Vance, Sedgeth) invocan a menudo a Dios y se declaran llamados por la divinidad a una misión trascendente, para justificar lo que no son más que los abusos de poder cometidos por una banda de ladrones que por desgracia tienen acceso. Una de sus primeras víctimas, otro dictador, Maduro, actuaba igual, pero a nivel doméstico venezolano.
El estado español se incorporó a la laicidad en la actual etapa democrática, con una Constitución que consagra a España como un estado laico y aconfesional (a pesar de mantener el famoso concordado por el que Hacienda da un trato preferente a la Iglesia, una rémora poco presentable en una democracia que). Antes de esto hubo cuarenta años de nacionalcatolicismo y de dictadura militar, impuestos a sangre y fuego en una Guerra Civil causada por el levantamiento ilegal del 36 contra la República, una guerra en la que los curas bendecían las armas y la munición de las guerrillas de fusilamiento fascistas. La laicidad, por cierto, es la que hace que las fiestas del calendario cristiano –como Navidad, San Antonio o San Sebastián– se conviertan en celebraciones que no sólo son válidas para todos los ciudadanos con independencia de la religión que profesen, o que no profesen ninguna, sino que sirven como instrumentos para consolidar la mencionada (y tan amenaza cuelga) cohesión social.
Viene todo esto a cuento ante una noticia como que el Gobierno de Baleares, vía Conselleria de Educación, impulsa y valida un curso de formación afectivosexual para docentes que coordina un diácono y que lleva un título tan rutilante como El rol de la Religión en la educación sexual y afectiva. La religión, en un estado laico, pertenece a la intimidad de cada persona y su rol en la "educación sexual y afectiva" es fácil de describir: no tiene, ni debe tener, ninguna.
Gestos como éste, o el tufo de sionismo patatero que de vez en cuando exhala el actual Ejecutivo, contravienen las leyes educativas vigentes y el espíritu y la letra tanto del Estatut como de la Constitución. Son maneras, ya vemos, de intentar hacer algo de trumpismo de tercera regional, ahora que está de moda. Pero las Islas Baleares son, y deben seguir siendo, democráticas, laicas y aconfesionales. Que San Antonio y San Sebastián nos libren de beatas, fariseos y herejes que se permitan gobernar ungidos, benditos o en nombre de Dios, de Alá o de Yahvé.