Un hombre desnudo salta al vacío
Si la semana pasada elogié un ensayo que invita a volar (Los alados de Elisabet Riera en la Editorial Males Herbes), hoy celebraré una recopilación poética que invita a adentrarse en la exultación del azul. Se trata deEl zambullidor de Ricard Martínez Pinyol publicado en LaBreu Edicions, un volumen en el que cada composición es un artefacto sonoro, pieza de ingenio verbal donde la palabra no sólo significa sino que resuena, reverbera y se enlaza con las demás como si tejiera una red orgánica. El poeta escribe con una conciencia casi escultórica del lenguaje, trabajando el equilibrio entre ritmo y emoción, entre el latido interno del verso y la idea que lo atraviesa. La página se convierte en un espacio vivo, pequeño ecosistema donde la tinta no gotea inútilmente sino que fluye, y donde la música interna del texto sostiene una arquitectura precisa pero no rígida. Esta voluntad de crear una experiencia sonora y física sitúa al lector en el escenario acuático de los versos no como espectador, sino como cuerpo que se propulsa en un capfico, que escucha sus corrientes y percibe, grecolatinamente, su presión, sensual y peligrosa.
Esta obra que nos ocupa también es una indagación, una exploración del prodigioso abanico que se extiende entre la nada y el milagro de la creación. Con un estilo sintético, despojado de ornamentos innecesarios, Ricard Martínez Pinyol investiga el momento exacto en el que el silencio se transforma en palabra, y la tiniebla en un brillo mínimo pero persistente. Esta economía expresiva no empobrece a los poemas, los concentra, y cada verso se convierte en inmersión controlada dentro de una profundidad esencial. El zambullidor avanza así entre el vacío y la revelación, asumiendo el riesgo de saltar al vacío de la oscuridad que brilla, oscuridad fecunda donde todo puede empezar de nuevo. Escribir aquí es un acto de fe y de vértigo, una apuesta por la aparición repentina del sentido entre los abismos.
Finalmente, el último poemario de Ricard Martínez Pinyol se lee como un homenaje claro e intenso al agua ya la vida marina, pero también a lo que crece en silencio dentro de los seres que se atreven a ir más allá de la superficie y se adentran en las profundidades, allí donde hay oscuridad pero también diamantes. El coral, imagen central y persistente, simboliza esta lenta y vital construcción del alma, hecha de capas, de tiempo y de resistencia. El zambullidor es un libro solar y salado, atravesado por recuerdos de niñez y sueños, en el que el juego y la memoria conviven con una mirada madura y honda. Los versos practican funambulismo: caminan por el trapecio del espíritu con una belleza frágil y valiente, manteniendo la balanza entre la caída y el vuelo. El zambullidor nos invita, en último término, a aceptar la inmersión, a perder pie por encontrarnos, ya descubrir que en cada inmensidad hay formas íntimas, y particulares, de luz.