Pilar Aymerich y Paula Artés: dos fotógrafas comprometidas
El Centro Internacional de Fotografía Toni Catany acaba de inaugurar dos exposiciones que cuestionan la realidad desde dos generaciones diferentes
PalmaHay miradas que no solo documentan el mundo, sino que lo sacuden. Es lo que encontramos en el Centre Internacional de Fotografia Toni Catany de Llucmajor que este viernes, 27 de marzo, abrió dos exposiciones que se inscriben plenamente en esta tradición: La revolución insolente de los cuerpos, de Pilar Aymerich –comisariada por Laura Terré– y Palco de honor, de Paula Artés. Dos propuestas que forman parte del ciclo Fotógrafas comprometidas y que, desde tiempos, contextos y lenguajes diferentes, comparten la voluntad de hacer visible aquello que a menudo queda fuera de campo o se disuelve en la normalidad. Desde dos generaciones bien diferentes y también desde dos maneras diversas de expresarse a través de la fotografía, tanto Aymerich como Artés entienden la fotografía no como un gesto solitario, sino como una práctica atravesada por la relación con los otros y con el contexto que las rodea.
Testimonio y parte activa
En el caso de Pilar Aymerich (Barcelona, 1943), premio Nacional de fotografía 2021, la cámara se convierte en una herramienta de resistencia y, a la vez, de escucha. Su obra, forjada en los años convulsos del final del franquismo y la Transición, captura el momento en que los cuerpos comienzan a desobedecer las normas impuestas. No se trata solo de documentar acontecimientos históricos, sino de registrar una transformación profunda que se inscribe en los gestos cotidianos, en las miradas, en la manera de habitar el espacio público. “Las primeras manifestaciones feministas las fotografié por las calles de Barcelona. Aquellos días yo estaba presente con dos sombreros: el de fotógrafa y el de manifestante”, recuerda.
Su trayectoria, iniciada en el teatro y desarrollada en publicaciones como Serra d’Or, Triunfo y El País, está marcada por esta doble condición: testigo y parte activa. Colaboró con Vindicación Feminista y, junto con Montserrat Roig, contribuyó a construir una memoria visual y textual de la resistencia cultural. Tal como apunta Laura Terré, sus imágenes revelan “la revolución insolente de los cuerpos”, una insurrección que se manifiesta en los detalles: una postura, una ropa, una expresión. “La alegría es revolucionaria”, afirma Aymerich, y en esta alegría –llena de tensión y conciencia– se condensa el espíritu de una época en que todo parecía posible y urgente.
Pero si Aymerich pone el foco en el cuerpo que irrumpe y se hace visible, Paula Artés (Molins de Rei, 1996) dirige la mirada hacia los mecanismos que organizan lo visible y determinan qué queda oculto. En Palco de honor (2023-2025), la artista investiga el palco del estadio Santiago Bernabéu como espacio de representación del poder. Allí, en medio de la euforia deportiva y bajo la mirada de millones de espectadores, se concentra una red de relaciones políticas, económicas y empresariales que raramente se cuestiona.
Acceder a espacios restringidos
La práctica de Artés parte de una investigación exhaustiva y de una voluntad de acceder a espacios restringidos para ponerlos en crisis. Proyectos anteriores como Fuerzas y cuerpos y Energia submergida ya trazaban esta cartografía del poder difuso, pero en Palco de honor el gesto es especialmente revelador: no se trata de ir a un lugar oculto, sino de mirar con atención aquello que se muestra abiertamente. Tal como señala el crítico Carles Guerra, su trabajo “equivale a un corte transversal, continuo y en profundidad, para hacer visibles los estratos de un poder difuso”.
El díptico que estructura Palco de honor propone un juego de espejos entre la masa y la élite, entre la coreografía de las gradas y la quietud aparente del palco. Los rostros del poder, capturados a partir de retransmisiones televisivas y presentados pixelados, devienen imágenes inestables, casi abstractas, que apuntan a la naturaleza mutable del capital. La imagen del palco vacío no funciona como una ausencia, sino como una presencia latente: la de un sistema que se reproduce incluso cuando no se ve.
El de Aymerich y Artés es un diálogo entre dos generaciones de fotógrafas que se inscribe en un programa más amplio. El 16 y 17 de abril, la Fundació Toni Catany, en colaboración con el laboratorio CRIMIC de la Sorbonne Université de París, organiza el simposio internacional Fotógrafas comprometidas durante la Transición (1975-1982). El encuentro revisitará las trayectorias de Aymerich, Colita, Marta Sentís y Anna Turbau.
En conjunto, el proyecto traza un recorrido que va del cuerpo que se rebela al sistema que se autoescenifica, de la irrupción de una subjetividad colectiva a la persistencia de un poder que se reinventa constantemente. Las que acaban de inaugurarse son dos exposiciones que no solo invitan a mirar, sino a tomar posición.