Cómo era Mateu Matas 'Xurí', según su hermano mayor: “Todo el día iba con cortes y agujeros por la cara y el cuerpo”

Joan Matas, hermano mayor del glosador, nos explica los secretos mejor guardados de su infancia

El glosador, Mateu Matas 'Xurí', de pequeño.
13/09/2026 - 17:04 h.
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PalmaEn Santa Margalida hay una calle que se llama Sa Placeta porque son tres esquinas y hace un poco de plaza. En los años ochenta, entre las casas de aquel entorno vivían bastantes niños, alrededor de diecisiete o dieciocho. No eran de la misma edad, pero solo había una franja de cinco años de diferencia entre ellos. El tiempo pasó, cada uno hizo su vida, pero cada verano cortan la calle y hacen una cena para reencontrarse. Entre parejas e hijos, se juntan unas 60 personas. Uno de los invitados es el glosador Mateu Matas Ordinas Xurí (Santa Margalida, 1982). Nos lo cuenta el hermano mayor, Joan, que le saca cinco años.

Lo primero que dice es que la infancia que vivieron no tiene nada que ver con la que tienen ahora los niños. “Hacíamos excursiones en bicicleta hasta el campo de fútbol, jugábamos con carritos de cajas de bolas, nos tirábamos cuesta abajo sobre el capó de un coche, íbamos por los descampados, a sacudir almendras, una cosa que ya ha pasado a la historia… Hacíamos más desastres que ahora. No había videojuegos. Nos lo pasábamos muy bien”, apunta. “Aunque Mateu era más pequeño, siempre quería ir con los mayores. Supongo que ya pasa, esto, con los hermanos”. El pequeño Mateu paseaba contento con los niños grandes, amigos de su hermano, por el pueblo. Y si bien se defendía bastante, el hermano dice que “era un poco alocado” y que “todo el día iba con cortes y rasguños por la cara y el cuerpo”.

“Él, una vez al mes, tenía que dar un susto. Tiene una marca en la cara que se hizo cuando era joven por un estallido con bicicleta. Bajaba una cuesta y un coche abrió la puerta y le pegó de lleno en la cara. ¡Eso era el pan de cada fin de semana!”, cuenta Joan, que recuerda otro, de estallido grande: “El padrino nos había hecho un columpio con una espuerta. Jugábamos y, cuando lo empujé, lo hice volcar y se pegó con la cabeza en un comedero de barro de los que usábamos para dar de comer a los cerdos. Se hizo un agujero en medio de la frente. No sé si el glosar le viene de haberse pegado tantos golpes en la cabeza”, cuenta el hermano, medio riendo, como quien no quiere la cosa.

En realidad, sin embargo, eso de la glosa Joan piensa que le viene de su padre y de la abuela paterna. “A Mateu le gustaba mucho escuchar las glosas que cantaban en las hogueras de San Antonio. Tenía alrededor de 10 años. Mi padre y sus amigos hacían una rueda y cantaban canciones típicas, no improvisaban. Pero él quedaba hechizado”. Además, Mateu tenía un vínculo muy fuerte con la abuela paterna, Francisca, que también sabía muchas canciones. Él la escuchaba siempre con admiración: “Si pasaba alguna cosa, la abuela tenía una canción para contarlo”, recuerda. A improvisar empezó pasada la adolescencia, y empezó a formar parte de su día a día: “Él dice que improvisar es entrenamiento. Yo digo que es un don, pero él mantiene que cualquier persona lo puede hacer. Tengo mis dudas”.

Mateu, según el hermano, “era un chico alegre y simpático, que caía con gracia. Era muy afectuoso… y travieso”. Y en la escuela no era de los más trabajadores: “En nuestra casa siempre hemos dicho lo mismo: ‘Es vago a matar’. Pero, como es inteligente, sacaba los cursos con mucha dignidad”. Y cuando empezó la época de salir de noche, de repente le cogió el gusto.

Joan también recuerda los trayectos que hacían en coche con su padre –ahora tiene setenta y cinco años– escuchando los casetes de Manolo Escobar, El Fary y Antonio Molina. Y aunque no fueran chicos de estar mirando la televisión, a veces miraban David el Gnomo. El motivo es sencillo: “En verano no nos dejaban salir a la calle hasta que no daban las cinco de la tarde. Desde las dos hasta las cinco estaba prohibido salir de casa, porque todo el mundo hacía la siesta”.

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