Observatorio

Mahler, punto aparte

La Orquesta de Cámara de Mallorca presenta un viaje por el universo de Gustav Mahler en el castillo de Bellver

Bernat Quetglas en un concierto con la OCM en una imagen de archivo.
30/08/2026 - 16:28 h.
2 min

PalmaLa Orquesta de Cámara de Mallorca parece, desde hace tiempo, desde el día que nació, que crecer forma parte de su talante, de su ADN. La última prueba de fuego es, sin duda, el reto de encarar a Gustav Mahler en los monográficos que cada año dedican a un compositor, tras el Festival de Pollença y en el mismo enclave. Pero esta es otra historia de la que tendremos tiempo de hablar, pero que de alguna manera tiene que ver con el concierto con el que el castillo de Bellver redondeó la temporada estival. Despedida, por un lado, y tarjeta de presentación, por otro. Un gran preludio y un programa que tildar de exigente queda corto, muy corto.

Bernat Quetglas al frente de la formación continúa demostrando que no hay límites y que el horizonte de la formación hace tiempo que ha dejado de ser tan solo prometedor. La evidencia la pudimos disfrutar en este primer monumento mahleriano que interpretaron, el Adagio de la Sinfonía núm. 10 en fa sostenido menor. Otra composición con infinidad de leyendas que van más allá del pentagrama, mientras que la historia sentencia que la decena de Mahler fue el gran dinamizador del romanticismo. Punto aparte.

La Orquesta de Cámara de Mallorca, reforzada como nunca y como es necesario para poder enfrentarse a la cumbre Mahler, ya desde el sutil y solemne inicio de las violas, este gran experimento musical que es el Adagio, dejó claro que alcanzar el desafío no solo era muy posible sino más que probable. La intensidad de tan explícito movimiento fue cogiendo consistencia, discurso, grandiosidad, hasta llegar a la famosa cacofonía donde la orquesta deviene un solo instrumento, un inmenso y espectacular órgano de tubos. Veinte minutos majestuosos con el valor añadido de ser la última pieza, el único movimiento que dejó completamente rematado el compositor, que vivió siempre angustiado por el miedo a la muerte justo después de haber compuesto su Novena, como si no hubiera posibilidad de superar a Beethoven ni tan siquiera con el número de sinfonías.

Pero si la última composición de Mahler era una exquisita carrera de obstáculos que la OCM había salvado con nota, escalar la Sinfonía núm. 1 en re mayor no era poca cosa, sino al contrario, que por algo es conocida con el sobrenombre de Titán, aunque esta es marca de fábrica y homenaje a la novela del mismo título que firmó Jean Paul Richter. De cómo el alias fue y volvió podría ocupar otro artículo, pero lo que ha quedado como monumental es lo que pudimos escuchar con una orquesta que al entusiasmo que siempre le pone y Quetglas encomienda debemos añadir toda una serie de cualidades que muestran una evolución exponencial. Como es ahora con este Titán, que es infinito caleidoscopio de todo, desde un bucólico primer movimiento donde la orquesta destiló toda la descriptiva armonía que requiere hasta una marcha fúnebre, que incluso a estas alturas resulta sorprendente dentro del contexto de la pieza, pero no por ello menos sublime. Exultante sonó el “tempestuoso y agitado” movimiento final, que sirvió a la formación para encumbrar una velada tan laberíntica y profunda como impresionante.

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