"Lloseta era como Las Vegas": 60 años de cemento y lucha ambiental

Hace 60 años, en plena vorágine constructora del ‘boom’ turístico, se inauguró en Lloseta una monumental cementera. En 2005, un grupo de vecinos impuso, por la vía judicial, medidas medioambientales a la empresa, que ahora se ha especializado en la generación de energías renovables

Vista aérea de la cementera de Lloseta el año 1968.
29/08/2026 - 18:39 h.
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Desde hace 60 años la gigantesca torre de una fábrica de cemento preside el corazón del Raiguer, a los pies de la sierra de Tramuntana. El emblemático complejo industrial de Lloseta recuerda la humeante central nuclear de Springfield, donde trabaja el personaje de Homer de la mítica serie de dibujos animados Los Simpson. La inauguración de la infraestructura en agosto de 1966 se celebró como un gran hito del progreso. Lo mismo había pasado en 1958 con la puesta en funcionamiento de la central térmica de Alcanada (Alcúdia), con la que Gesa llevó electricidad a buena parte de Mallorca –en 1981 le tomaría el relevo la del Murterar, situada a unos 10 kilómetros de distancia, cerca de la Albufera.

La cementera de Lloseta permitió a la dictadura ser más autosuficiente. En los años 50, con el estallido del boom turístico, Franco no dudó en sacrificar su anticomunismo furibundo para poder alimentar las hormigoneras de hoteles y urbanizaciones. Lo explica el investigador inquero Joan Buades, autor del libro Donde brilla el sol (2004): “El grueso de los materiales de construcción salió curiosamente de estados comunistas, los enemigos a muerte del fascismo español. Ormein-Cemento, por ejemplo, podía llevar a Palma en el vapor Anthas, de un solo viaje, 10.000 toneladas de cemento de la Rumanía de Ceausescu”.

Inicialmente, la primera cementera de Mallorca se iba a levantar en Biniamar (Selva). En 1958, la empresa Cementos Portland colocó la primera piedra. Aquel emplazamiento, sin embargo, se acabaría descartando a favor de unos terrenos en las afueras de Lloseta con un pozo de vena importante. El municipio, a medio camino entre Palma y Alcúdia, también disponía de minas y canteras, de donde se extraería la materia prima de la fábrica. Desde finales de los 50, no muy lejos de la ubicación elegida, estaba el Foro de Mallorca, que dio el pistoletazo de salida a la sociedad de consumo en la isla.

La fábrica Portland

En 1971, cinco años después de haberse inaugurado, la ya bautizada fábrica Portland se amplió con un segundo horno. Supervisando las obras estaba Antonio Robles Rubio, natural de un pueblecito de Jaén. “De joven –recuerda hoy a 78 años–, yo había estudiado hidrometalurgia en Sevilla y enseguida me fui a trabajar a Bilbao, que era el epicentro industrial de España. De allí me enviaron a Lloseta”.

Al acabar la construcción del segundo horno, el andaluz regresó a Bilbao. Al poco tiempo, sin embargo, decidió establecerse en Lloseta. “Vi que aquí podría tener un buen futuro trabajando en Portland. El pueblo era pequeño, pero con una actividad industrial envidiable. Había una industria del calzado muy potente, con una treintena de fábricas, y una minería sostenida principalmente con gente de la Península llegada en los años 60 después de que cerraran las minas de sus pueblos. La mayoría eran de Puertollano (Ciudad Real) y Antequera (Málaga). Muchos mineros acabaron trabajando en la cementera”.

Portland llegó a tener cerca de 200 trabajadores en plantilla. “La mayoría eran vecinos de Lloseta. Teníamos que ser especialistas en mecánica –dice Robles. Nuestro sueldo doblaba el de un picapedrero, un camarero o un empleado de una fábrica de zapatos. El complejo industrial también daba trabajo a empresas externas. Aquella actividad, junto con la del calzado, generó mucha prosperidad. Lloseta era como Las Vegas, con una veintena de bares, que cerraban a las tres de la madrugada. En las calles había un gran ambiente y circulaba mucho dinero. Hubo gente que pudo hacerse una segunda residencia en la costa. Yo me acabé casando con una llosetina, con quien he tenido dos hijos”.

‘Ni polvo, ni ruido...’

El ritmo de trabajo de Portland era frenético. “La fábrica nunca cerraba. Estaba abierta los siete días de la semana –dice el veterano trabajador, jubilado desde hace 20 años. Hacíamos turnos de día y de noche. En la década de los 70, algunos años se podían producir 700.000 toneladas de cemento. Se construía a lo loco. Los camiones no paraban de entrar y salir del recinto, cargados de cemento. Los constructores iban desbocados para hacer dinero”. En otoño de 1977 la mastodóntica infraestructura sería blanco de críticas del incipiente movimiento ecologista. La voz cantante la llevó la entidad Terra i Llibertat, que en julio de ese mismo año ya había ocupado el islote andritxol de la Dragonera para evitar su urbanización. Uno de sus integrantes fue Miquel Fiol, arquitecto de formación. “Durante unos cuantos días –recuerda hoy a sus 82 años– una cincuentena de personas, entre ellas gente también de Unió de Pagesos, nos concentramos delante de Portland con el lema ‘Ni polvo, ni ruido, ni agujeros en las montañas’. No estábamos en contra de aquella industria. Solo exigíamos que la fábrica se redimensionara para reducir las molestias a los vecinos y las emisiones de CO2”.

Aquellos ‘guerreros verdes’ no dudaron en manifestarse por las calles de Lloseta. “Había vecinos –apunta Fiol– que nos daban apoyo. Las mujeres se quejaban de que no podían tender la ropa por culpa del polvo y de que las persianas siempre estaban sucias. Era un polvo muy corrosivo que provocaba también la muerte de muchos árboles de las fincas cercanas. Aunque nuestras reivindicaciones fueron ignoradas, al menos fuimos los primeros que, en plena vorágine constructora, pedimos que las cosas se hicieran de otra manera”. Uno de los interlocutores de Terra i Llibertat fue el mismo Robles, que entonces era presidente del comité de empresa de Portland. “Yo –dice– los entendía. En las reuniones, sin embargo, siempre les decía que aceptábamos su propuesta de redimensionar la fábrica siempre que nos pudieran garantizar trabajos en otros sectores igual de bien remunerados, lo cual era difícil”.

David contra Goliat

En el año 2000, la lucha de Terra i Llibertat fue continuada por una nueva entidad, GADMA (Grupo de Amigos en Defensa del Medio Ambiente). 23 años después, una ochentena de vecinos de Lloseta, Binissalem y alguno de Inca rescataron del olvido el lema 'Ni polvo, ni ruido, ni agujeros en las montañas'. El portavoz de la agrupación es el binissalemer Bernat Fiol, de 68 años: “Nosotros también exigimos a la multinacional Cemex, la nueva propietaria de la cementera de Lloseta, que adoptara medidas medioambientales. Estábamos cansados del polvo, que, por culpa del viento, afectaba más la zona de Binissalem. Aquella infraestructura era legal. Lo que no era legal era la contaminación atmosférica, acústica y lumínica y la suciedad que generaba a los vecinos”. Aquellos activistas tuvieron que cargarse de paciencia. “Hubo gente que nos decía que sin cemento no tendríamos dónde vivir. No se trataba, sin embargo, de ir contra ninguna industria. Solo queríamos que imperara la salud pública y la de la naturaleza”.

En 1996, cuatro años antes de aquella nueva lucha medioambiental, Greenpeace ya se había movilizado contra la inauguración de la incineradora de Son Reus de Palma. La entidad ecologista, dirigida entonces por el mallorquín Xavier Pastor, consiguió arrancar un compromiso importante al conseller insular de Medio Ambiente de aquella época, el socialista Francesc Antich. Para no contaminar tanto, Tirme, la empresa concesionaria de las instalaciones, reduciría la emisión de dioxinas y a la vez apostaría por una campaña potente de reciclaje.

Con el éxito parcial de Greenpeace, GADMA se sintió con ánimo de llevar a Cemex a los tribunales. “Lo hicimos por la vía civil –asegura el líder–, porque debía prevalecer el derecho de poder vivir sin molestias. Por la vía penal las posibilidades de éxito eran mínimas. Mientras tanto, iniciamos una campaña de información a la ciudadanía con asambleas y entrevistas en los medios de comunicación”. Finalmente, en 2005 una sentencia confirmó los daños que causaba la cementera y obligó a la empresa a pagar indemnizaciones a los afectados y a aplicar medidas correctoras.

Hecha aquella inversión, en 2018, con la resaca de la crisis de la burbuja inmobiliaria, Cemex anunció un expediente de regulación de empleo (ERE) con la intención de empezar a trasladar la producción de cemento de Lloseta a una sucursal de Tarragona. En 2022 se acogió a un plan de generación de energías renovables y se especializó en hidrógeno verde. En 2024 se cerraron definitivamente los hornos de la infraestructura y la empresa se comprometió con el Gobierno a desmantelar antes de 2031 las dos torres de ciclones.

Ahora, en Mallorca todo el cemento se importa. Solo está la fábrica Sa Cimentera de Campos, fundada en 1985, que produce de manera artesanal. “El cierre de Portland –concluye Fiol– fue la victoria de David contra Goliat. Demuestra que la ciudadanía tiene más fuerza de la que pensamos. Hay que persistir y no dejarse llevar por el desánimo ante cosas que parecen imposibles”. Ahora la lucha de GADMA continúa en otros frentes: hace educación ambiental en las escuelas, organiza tareas de limpieza de bosques, playas, torrentes y otros espacios naturales, lleva a cabo restauraciones del patrimonio cultural y trabaja en la recuperación de caminos públicos que, por culpa de algunos particulares, no son de acceso libre.

Manifestación de GADMA ante las puertas de Portland el año 2000.
Redimensionar las canteras

Los hornos de la cementera de Lloseta se alimentaron en buena parte de los áridos extraídos de las canteras cercanas, como la de Can Negret (Alaró). Actualmente, en el registro minero de las Baleares constan 220 canteras. Solo una cuarta parte (59) del conjunto están activas, y 47 más, en proceso de restauración, es decir, en proceso de recuperar parte del paisaje arrasado con la explotación. De las restantes, 60 han caducado, 29 están inactivas y 25 se encuentran paralizadas. Mallorca es la isla con más canteras registradas (164), seguida de Menorca (31) y Eivissa (21). En Formentera hay 4.De las canteras que están en funcionamiento, la más antigua es la de Son Amat (Porreres), con más de un siglo de actividad. Junto con la de Serra Llonga (Felanitx y Manacor) y Can Negret, es la más grande de Mallorca. Según un estudio de la Sociedad de Historia Natural de las Baleares de 2020, entre 1984 y 2018 las tres devoraron 135 hectáreas. La última cantera que se ha puesto en marcha es la de Can Vicens (Llucmajor), hace ahora tres años.A raíz de la Ley balear de ordenación minera aprobada en 2014, todas las canteras han tenido que pasar por un proceso de regulación. En nuestro Archipiélago, los áridos que se extraen de las montañas desmochadas no se exportan. Van a parar a la construcción de viviendas y carreteras, pero también a la elaboración de otros productos como el vidrio y el yeso. Joan Estrany, catedrático de Geografía Física de la UIB, hace el siguiente diagnóstico de la situación actual de canteras en las Islas: “Tener canteras hace que no tengamos que exportar materia prima para construir. El número se puede redimensionar de acuerdo con nuestro desarrollo urbanístico, lo que no necesariamente tiene que pasar por construir más, sino por restaurar la vivienda existente. Los escombros de estas viviendas se pueden reciclar como nuevos materiales de construcción, lo que reduciría nuestra dependencia de las canteras”.Estrany asegura que el impacto de las canteras no es solo visual, sino también ecosistémico. “A medida que se vayan cerrando, es muy importante que se hagan bien los procesos de restauración. A menudo las montañas perforadas se llenan de escombros que han pasado los controles medioambientales pertinentes para evitar, entre otras cosas, la contaminación de los acuíferos, que ya han sufrido daños con la extracción de áridos. Se trabaja para conseguir un nuevo suelo que favorezca la regeneración de la vegetación que había antes, ya fuera una garriga o una encinar”. Una antigua cantera que ahora está en proceso de restauración es la de los Campassos, en Biniamar (Selva). Inactiva desde 2003, comprende un espacio degradado de más de ocho hectáreas. En 2023 se recuperó la de Son Bernadí de Felanitx, que se reconvirtió en una explotación agraria.

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