¿Qué ha sido de los huesos de los reyes de Mallorca?
La extraña historia de los cadáveres de los monarcas de las Islas, ahora que se buscan en Soria los restos de Jaime IV
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PalmaCon una excavación arqueológica se han buscado en Soria los restos de Jaime IV, rey titular de Mallorca. En principio parece desconcertante que los huesos de un soberano de las Islas, a pesar de que no llegara nunca a tomar posesión de la corona, se encuentren perdidos por el mundo. Pero este no es sino un caso más de las extrañas peripecias, después de muertos, de aquellos que en vida fueron monarcas del ‘reino en medio del mar’, entre los siglos XIII y XIV: traslados, desapariciones, una tumba con dos cabezas y otra con un extraño objeto dentro. Talmente como si fueran víctimas de una especie de maldición o, como mínimo, de una colosal mala suerte.
La historia comienza con Jaime I –todo comienza con Jaime I–, quien murió en Valencia, como se sabe, en 1275, hace ahora 750 años. Fue inhumado en el panteón de los monarcas de la Corona de Aragón, en el monasterio cisterciense de Poblet, cerca de Tarragona. Ahora bien, llegó la guerra de la Independencia, y el convento fue saqueado por los invasores. Aún continuaron los desastres con nuevos saqueos con la llegada al poder de los liberales, hasta que, en 1835, fue objeto de desamortización: expulsaron a los monjes y los saqueadores arrasaron con todo lo que encontraron de valor, hasta el punto de que los restos de Jaime I, y de otros monarcas, quedaron dispersos por lo que debía ser su lugar de reposo.
Un capellán recogió aquellos restos. Años más tarde, fueron objeto de reconocimiento, de una manera que horrorizaría a los forenses de nuestros días. Como las crónicas afirmaban que Jaime I era un hombre de gran estatura, se convino que el esqueleto más largo debía ser el suyo. Y como había recibido, en las batallas, una herida de flecha en la cabeza, se decidió que su cráneo era el que presentaba una señal de estas características. Para albergar lo que se suponía que era el cuerpo del Conquistador se dispuso un nuevo sepulcro, esta vez en la ciudad de Tarragona, diseñado por Lluís Domènech i Montaner, el arquitecto del Gran Hotel de Palma, el actual CaixaForum.
Cerca de un siglo más tarde, bajo la dictadura de Franco, se restauró el monasterio y se decidió que el cadáver de Jaime I volviera a Poblet. Entonces se llevó a cabo una nueva investigación y se determinó que aquel cráneo no podía ser el suyo. Había otro, también marcado, que por las características se correspondía más con la descripción de la herida. La solución fue salomónica y surrealista: meter ambas cabezas dentro de la misma tumba. En cuanto al sepulcro de Tarragona, ahora está en el patio del Ayuntamiento.
Jaime II, que tenía manía constructora –a costa del contribuyente, claro está– encargó dos panteones reales: uno en la Seu de Palma y otro en San Juan, en Perpiñán, que era la verdadera capital del reino, lugar de residencia habitual del monarca. También dispuso que, si moría en Perpiñán, fuera inhumado en esta ciudad y, si fallecía en Mallorca, lo cual no era probable, le enterraran en Ciudad, donde efectivamente dejó este mundo, en 1311. Menos mal que no decidió lo contrario, como el chiste: “Si me muero en villa de arriba que me entierren en villa de abajo, y si me muero en villa de abajo, que me entierren en villa de arriba. Por fastidiar”.
‘La Sopera’ de Jaime II
El cronicón Thalamus Parvus de Montpellier asegura que Jaime II de Mallorca, hijo y sucesor de Jaime I en este reino, fue enterrado en Poblet. Como si pudiéramos fiarnos de los cronistas. Lo cierto es que su cuerpo fue inhumado en la Seu de Mallorca. No en la capilla real, como era su deseo, porque aún no se había finalizado, sino ante el altar mayor. Los restos se depositaron en un ataúd de madera, cubierto con un tejido con el escudo real. Como recoge Bartomeu Bestard, fueron necesarias unas cuantas intervenciones: un ataúd nuevo, en 1389; un nuevo paño y una reja de hierro que rodeaban el sepulcro, en 1588; y un tercer ataúd, en 1620.
En 1770, Carlos III, el monarca que se supone que hizo de todo, ordenó al artista a sueldo de la Corte Francesco Sabatini, arquitecto de la puerta de Alcalá madrileña, que diseñara un nuevo sepulcro donde albergar los restos del monarca, que se instaló entre el altar mayor y el coro, entonces situado en el centro de la Catedral. Aquella nueva sepultura, conocida como ‘la Sopera’, convirtió el cuerpo del monarca en una especie de atracción de feria. Usando una trampilla, era posible sacar el cadáver hacia fuera, para que los visitantes lo contemplasen.
El cuerpo de Jaime II permaneció incorrupto, lo cual –por supuesto– hizo que fuera venerado como una especie de santo, aunque, como se sabe, se trata de un fenómeno natural que se produce en determinadas circunstancias. Los visitantes le arrebataban dientes y pequeños trozos del cuerpo y de los vestidos. Pero, como observan Antoni J. Quintana y Rosa M. Calafat, es probable que a Jaime II se le confundiera con Jaime I, también con fama de santidad, a pesar de su trayectoria no muy ejemplar.
‘La Sopera’ fue a parar al actual Museo de Arte Sacro con la codiciada reforma de Gaudí, hacia 1900. Y el cuerpo de Jaime II se depositó en un cuarto ataúd de madera. Se sucedieron, según Bestard, proyectos frustrados para un nuevo sarcófago del mismo Gaudí, de Faust Morell y de Guillem Forteza. Hasta los años cuarenta, momento en que Frederic Marès esculpió los nuevos sepulcros de Jaime II, su hijo Sancho I y su nieto Jaime III.
El rey Sancho, fallecido en 1324, habría sido inhumado en el otro panteón real dispuesto por su padre, San Juan el Viejo, en Perpiñán, junto con su madre y esposa de Jaime II, Esclaramunda de Foix. Por suscripción popular de 80.000 pesetas –mucho dinero entonces–, los mallorquines pagaron el sarcófago para Sancho I, instalado en la catedral de San Juan –el Nuevo. Los restos del monarca y su madre presumiblemente deben continuar en algún lugar de San Juan el Viejo, que está al lado.
Los tres entierros de Jaime III
La historia llega a Jaime III, quien, como se sabe, murió en 1349 en la batalla de Lluchmayor, intentando, en vano, recuperar el reino que le había arrebatado su cuñado Pedro el Ceremonioso de Aragón. En un primer momento, los restos del monarca derrotado se depositaron en la misma iglesia lluchmayorera. Pero el Ceremonioso temía que, a pesar de que los mallorquines no le habían mostrado mucha adhesión, con el tiempo se generase una especie de culto hacia el monarca. Así que hizo trasladar sus restos muy lejos –para la época–: a la catedral de Valencia.
Con el paso del tiempo se perdió la pista del monarca, hasta que un canónigo, Roque Chabás, reencontró sus huesos. Entonces se decidió, en 1905, devolverlos a Mallorca, donde fueron objeto, con toda solemnidad, de una ceremonia de velatorio en la Lonja de Palma hasta que los inhumaron en la Catedral. La Almudaina recogía cómo, en su exhumación en Valencia, se habían encontrado “tres cúbitos”, no dos, como en cualquier cuerpo humano, y “un objeto de forma extraña”.
Y así llegamos a Jaime IV, hijo de Jaime III y frustrado heredero a la corona al haberla perdido a manos de Pedro el Ceremonioso, e igualmente personaje que parece no muy admirable, ya que llegó a maltratar públicamente a su esposa, Juana de Nápoles, quizás traumatizado por el largo cautiverio que tuvo que sufrir de joven. Tras un intento frustrado de recuperar la corona, murió en Soria, en 1375, y lo enterraron en el convento de San Francisco: en 1618 lo devoraron en su práctica totalidad las llamas de un incendio. Queda un solar, donde desde 2008 se han buscado sus restos.
Queda, todavía, una última soberana de las Islas: su hermana, Isabel, a la que designó como heredera –¡uep! ¡Una mujer!– y la cual, a pesar de no llegar tampoco a recuperar los dominios familiares, se tituló ‘Regina Maioricarum’; si bien vendió sus derechos a un príncipe francés, Luis de Anjou, por el equivalente a unos 113 millones de euros al cambio actual. Debió morir hacia 1408 y, según Gabriel Alomar Esteve, la enterraron en el monasterio de Santa Catalina, en París, que... Sí, los lectores ya se lo debían imaginar: fue derribado en 1767, para construir en el solar un mercado con este mismo nombre, de Santa Catalina.
¿Qué se debería hacer? ¿Otra expedición arqueológica para tratar de localizar los huesos de Isabel de Mallorca en aquel rincón de la capital de Francia, igual que se ha hecho con su hermano en la ciudad castellana? O, tal vez, lo mejor es dejar descansar en paz, nunca mejor dicho, los huesos cansados de aquellos que fueron soberanos de los isleños.
Si los restos de los reyes de Mallorca han corrido todo tipo de peripecias, imagínense la suerte del resto de miembros de la dinastía. De un hijo de Jaime II, Fernando –padre de Jaime III–, consta que lo enterraron en Santo Domingo de Perpiñán, la capital, mucho más que Ciudad, del reino de Mallorca. Ahora bien, con la Revolución francesa, los dominicos fueron expulsados de su convento y su rastro se perdió. De su hermano Felipe, regente de Mallorca, no se sabe ni dónde fue enterrado.
Parecido fue el caso de Isabel de Sabran, princesa de Morea y Acaya, en Grecia, y madre de Jaime III. A pesar del célebre vínculo de la dinastía mallorquina con los franciscanos, también ella fue enterrada en un convento de dominicos: el de Palma. Con el proceso desamortizador, la confiscación y venta de bienes eclesiásticos, Santo Domingo fue derribado. En el solar se levantó el Círculo Mallorquín, lo que ahora es el Parlamento.
Un caso curioso es el de fray Jaime de Mallorca, hijo mayor y frustrado heredero de Jaime II, el cual renunció a la corona para hacerse franciscano. Se supone que su estatua yacente procede del convento de esta orden, en Perpiñán, la cual actualmente se exhibe en el Museo Hyacinthe Rigaud de esta ciudad.
Lo que es desconcertante es que este príncipe que prefirió la fe de Cristo, si es él, aparece vestido como un caballero, con espada incluida, y no como un religioso. Pero esto no era tan extraño como puede parecer. Pasaba a menudo que aquellos que habían sido príncipes, pero que habían decidido acabar sus días en un convento, fueran representados en sus dos facetas. Si se trata realmente de la estatua yacente de Fray Jaime, sería, como ha comentado Maurice Durliat, el único monumento funerario del pasado de la casa real de Mallorca, ya que los de los reyes Jaime II, Sancho y Jaime III datan de los años cuarenta del siglo pasado.
Información elaborada a partir de textos de Maria Barceló Crespí, Bartomeu Bestard, Román Piña Homs, Antoni J. Quintana y Rosa M. Calafat, Ireneu Castillo, Justo García Añón, Eusèbia Rayó Ferrer, Gabriel Alomar Esteve, Carlos Garrido, Antonio Ortega, Gaston Vuillier, Maurice Durliat, Josep-David Garrido i Valls y J. Ernest Martínez Ferrando y Diario de Mallorca y Última Hora.