Heriberto Quiñones, la incómoda pareja soviética de Aurora Picornell
El 2 de octubre de 1942 la dictadura franquista fusiló en Madrid al compañero de la ‘Pasionaria de Mallorca’, asesinada cinco años atrás. En septiembre de 1936 el misterioso agente de Stalin lideró el Partido Comunista en Menorca, donde participó en la represión contra el bando de los insurrectos
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Heriberto Quiñones, segundo por la izquierda vestido con americana, con soldados republicanos mallorquines en Barcelona hacia 1937.Arxiu
PalmaDurante la Segunda República, la Internacional Comunista, conocida como Komintern en ruso, envió a España a un personaje misterioso que tuvo un papel destacado en las Baleares. Su trayectoria se puede seguir en el libro del historiador David Ginard titulado Heriberto Quiñones y el movimiento comunista en España (1931-1942), publicado en 2000 por Documenta Balear. “De él –asegura–, Dolores Ibárruri, la dirigente del Partido Comunista de España (PCE), dijo que ‘todo, incluso el nombre, era falso’”.
El agente de Stalin podría haber nacido en Besarabia (Moldavia) a principios del siglo XX. En los años veinte trabajó en América Latina bajo las órdenes del secretario general del partido comunista argentino. Hacia 1931 fue expulsado de Francia y atravesó la frontera pirenaica con un pasaporte polaco que correspondía a la identidad de Yefin Granowdisky. En España, para pasar desapercibido, utilizaría otros. En 1931 apareció en Mallorca como Heriberto Quiñones González. El nombre se lo proporcionó un funcionario del Ayuntamiento de Gijón. Lo tomó de un difunto con fecha de nacimiento en enero de 1907 en la misma ciudad asturiana.
“Quiñones –apunta Ginard– era un personaje de aspecto estrafalario. Llegó a Mallorca hablando un castellano extraño con un marcado acento argentino. Más tarde aprendió el catalán de la isla. Se encontró con un PCE bastante residual”. El emisario soviético se instaló en el barrio del Molinar de Palma, en la casa del dirigente comunista Pere Canals. Era el barrio donde vivía la familia de Aurora Picornell. Desde 1930, a los 18 años, la joven palmesana, que trabajaba de modista desde los 14, era vocal de la Liga Laica de Mallorca, fundada por el librepensador comunista Ateu Martí. La proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931 la llevó a afiliarse al PCE y a enarbolar la lucha feminista de la mujer trabajadora.
Acusado de sectario
En 1932 Picornell comenzó a salir con Quiñones. “Gabriel, su padre –afirma el historiador–, también era militante comunista y chocaba con él por su carácter más autoritario”. En junio de aquel mismo año el enigmático extranjero fue detenido y expulsado de España –a causa de su condición de apátrida sin nombre sería detenido en más ocasiones. Poco tiempo después volvió a cruzar la frontera y se trasladó a Valencia en compañía de Picornell –ningún documento confirma que se casaran. Con todo, el verano de 1933 la pareja se volvió a instalar en el Molinar, donde en agosto nació su primera y única hija. La llamaron Octubrina Roja en recuerdo de una heroína de las Juventudes Comunistas de la URSS, protagonista de una película en 1924.
El busto de Aurora Picornell en el Molinar.Isaac Buj
En septiembre de 1933, un mes después de ser padre, Quiñones entró de nuevo en la prisión de Palma. Quedó en libertad al cabo de dos meses. A partir de 1934 se convertiría en el hombre fuerte del PCE en las Baleares. Publicó numerosos artículos en Nuestra Palabra, el diario del partido. “En aquellos años –afirma el historiador– sus compañeros le acusaron de sectario por su beligerancia contra las fuerzas de izquierdas de las Baleares”. A raíz de los Hechos de Octubre de 1934 (la rebelión contra el gobierno de centroderecha de Lerroux), el hombre de Stalin fue trasladado a Oviedo (Asturias), donde estuvo encarcelado hasta noviembre de 1935. De vuelta a Mallorca, retomó la actividad política, pero una tuberculosis contraída entre rejas se lo impidió. En mayo de 1936 ya ingresaba en el sanatorio madrileño de Humera. Fue aquí donde le sorprendió la insurrección militar del 18 de julio.
Mallorca enseguida estuvo controlada por golpistas. Aurora Picornell, de 24 años, fue una de las primeras personas detenidas. En noviembre sería trasladada a la prisión de mujeres de Can Sales de Palma. La gravedad de la situación hizo que Quiñones abandonara el sanatorio de Madrid y se desplazara hasta Barcelona, donde, en agosto, participó en la organización del desembarco del capitán Bayo en Portocristo para liberar a la isla del yugo fascista –él no llegó a enrolarse. Fracasada aquella operación, en septiembre se estableció en Menorca, la única de las Baleares que se mantenía fiel a la República. Se puso al frente de un PCE igual de débil que en Mallorca.
Armado y con escolta en Menorca
En Menorca, los días 18 y 19 de noviembre de 1936 tuvo lugar la mayor matanza que perpetraron los milicianos republicanos a las órdenes del comandante Pere Marquès. 75 prisioneros encerrados en el vapor Atlante, entre ellos 37 capellanes, fueron ejecutados en Cala Figuera y en el cementerio del Castillo. Los verdugos actuaron movidos por un deseo de venganza después de que un ataque de la aviación italiana procedente de Mallorca dejara siete muertos en la base naval de Mahón. Aquel estado de terror terminó con la destitución en septiembre de Marquès, que fue sustituido por José Brandaris, llegado de Cartagena.
En sus crónicas, el periodista y dirigente socialista Deseado Mercadal (1911-2000) denunció que Quiñones siempre iba armado y con escolta y aspiraba a “destruir y anular a todos los enemigos de la República que conspiraban contra ella en la retaguardia”. El 4 de noviembre de 1936 el agente soviético insistía en que había que “limpiar completamente toda Menorca de facciosos que todavía gozan de todas las libertades, libres y sin castigo”. “También –dice Ginard– hay familiares de víctimas que le mencionan. Su espíritu de venganza respondía a la represión que habían ejercido los fascistas en Mallorca y que había llevado a su compañera a la cárcel”.
Mientras tanto, desde Menorca el internacionalista moldavo hizo gestiones para sacar de la cárcel a Aurora Picornell. Fue en vano. El 5 de enero de 1937, la noche de Reyes, la ‘Pasionaria de Mallorca’ era fusilada en el cementerio de Manacor junto con las ‘Rojas del Molinar’ (Catalina Flaquer Pascual y sus hijas Antonia y María) y una joven de Palencia llamada Belarmina González Rodríguez. Los fascistas también asesinarían al padre de la dirigente comunista, Gabriel, y a sus hermanos Gabriel e Ignacio. En junio, al cabo de seis meses, Quiñones se vio obligado a trasladarse a Valencia debido a las tensiones que mantenía con la UGT y la CNT.
Al acabar la guerra, Quiñones se negó a abandonar España. Entonces fue confinado en el campo de concentración de Albatera (Alicante). Huyó de él al cabo de pocos días. El verano de 1939 fue detenido y torturado otra vez, en esta ocasión por oficiales nazis de la Gestapo –en agosto, una semana antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin firmarían un tratado de no agresión. Inconsciente por las descargas eléctricas que le aplicaron, lo llevaron a la cárcel de Valencia. En octubre de 1940 ya estuvo totalmente recuperado para escaparse después de haber sobornado a un sacerdote.
‘Héroe luchador por la libertad’
En la primavera de 1941 el incombustible agente soviético llegó a Madrid para tomar las riendas de la Comisión Reorganizadora Central del PCE. El 30 de diciembre era capturado de nuevo con su secretario de organización Ángel Cardín. “Fue –dice Ginard– brutalmente torturado. Cuando ingresó en la prisión madrileña de Porlier, tenía la columna vertebral rota. Entonces la organización del partido le informó de que él y Sendín habían sido expulsados por ‘traidores’ por haber revelado nombres de camaradas. En la celda, recibió alguna carta de su hija Octubrina, de ocho años, que, en Mallorca, estaba bajo la tutela de una hermana de Aurora”.
El 26 de septiembre de 1942 llegó el consejo de guerra contra 22 sospechosos de ser de izquierdas. Quiñones, Sendín y un tercero, Ángel Fermín, fueron condenados a muerte; otro fue sentenciado a 30 años de reclusión y el resto de los 18 procesados, a penas de entre 12 y 6 años de prisión. La madrugada del 2 de octubre se ejecutó la orden de fusilamiento ante las paredes del cementerio del Este de Madrid, conocido popularmente como de la Almudena. “A Quiñones –apunta el historiador– lo tuvieron que atar a una silla, ya que no se aguantaba de pie. Dicen que en el último momento gritó ‘Viva la Internacional Comunista’”. Los tres serían enterrados en una fosa común del mismo cementerio.
En 2020 la periodista madrileña Carmen Ordónez accedió a la causa judicial contra el antiguo líder comunista en las Baleares, de supuestamente 35 años, según los documentos. Le impresionó tanto que decidió novelar su vida en el libro Heriberto Quiñones y ventiún más (La linterna, 2023). “Su carácter difícil –dice– hizo que se ganara muchos enemigos. Es un personaje de película. Fue más un intelectual que un guerrillero. Respondía al perfil clásico de la gente de la Komintern de la primera época. No tenía, por tanto, nada que ver con los oficiales del NKVD, la policía secreta soviética, que en 1937 Stalin envió a España para torturar y asesinar al tarraconense Andreu Nin, el dirigente del POUM [era un estrecho colaborador de Lev Trotski, el hombre más odiado del ‘zar rojo’]”.
Después de su muerte, Quiñones fue criticado por sus compañeros, entre ellos Santiago Carrillo, que en 1960 se convirtió en el secretario general del PCE en sustitución de Dolores Ibárruri. Entre otras cosas, le acusaron injustamente de ser un delator y un agente británico. No fue hasta abril de 1986 que el partido rehabilitó oficialmente a la incómoda pareja de Aurora Picornell como uno de los ‘héroes luchadores por la libertad’.
“Nefasto personaje”
En 1994 el músico y periodista mahonés Deseado Mercadal (1911-2000) publicó La Guerra Civil en Menorca 1936-1939: relato histórico de un testigo (1994). En julio de 1936, al producirse el levantamiento militar, Mercadal ejercía de secretario general de la Federación Obrera de Menorca. El 9 de febrero de 1939, habiendo capitulado la isla, fue uno de los 77 menorquines que subió a bordo del motovelero Carmen Picó con rumbo a Argel. Acabaría encerrado en dos campos de concentración, al sur de Francia y en los confines del Sáhara argelino. En 1965 el franquismo le dio vía libre para volver a vivir en Menorca sin sufrir ningún tipo de represalia.
En sus memorias, Mercadal habla sobre la “hecatombe moral y material” que significó la Guerra Civil en Menorca, una guerra que fue fruto de un golpe de Estado contra el gobierno legítimo de la Segunda República. Documentó que en Menorca los republicanos asesinaron a 251 personas. A partir de febrero de 1939, los fascistas habrían provocado 377 muertes, una cifra que incluye a algunos menorquines que murieron en combate fuera de la isla y 150 ajusticiados tras la derrota. “El año 1936 –dice– tenía que producirse fatalmente el enfrentamiento a sangre y fuego entre dos clases de españoles: la de los poderosos que durante siglos impusieron un militarismo altivo y clasista y de una Iglesia retrógrada que no supo estar a la altura de su misión, y la constituida por un pueblo que reclamaba una vida digna en la que los derechos del hombre, la libertad y la democracia, no fueran palabras vanas”.
El mahonés conoció en persona a Heriberto Quiñones, que entre septiembre de 1936 y junio de 1937 estuvo al frente del Partido Comunista de Menorca. Lo define como un “nefasto personaje” y “un elemento agitador que no cesaba de causar problemas”. Mercadal explica el caldo de cultivo de tanta violencia: “En aquella lucha a muerte entre los que lo tenían todo y los que no tenían nada, se dieron las ocasiones propicias para que individuos rancorosos y viles, que los hubo en ambos bandos, hicieran justicia por su cuenta [...]. Afloraron deseos de venganza quién sabe cuánto tiempo contenidos, ya fuera por enfrentamientos de tipo laboral, intolerancia religiosa, discrepancias sobre herencias, deudas no satisfechas, pasiones amorosas frustradas [...]. Mal que le pese a quien le pese, hace falta que quede muy claro que los crímenes a los que se entregaron los que ganaron la guerra [...] resultan más execrables”.
El autor de La Guerra Civil en Menorca 1936-1939 no se priva de criticar la presencia de las tropas republicanas catalanas del capitán Bayo, que a principios de agosto de 1936 se instalaron en Menorca para preparar el frustrado desembarco en el Levante de Mallorca. “La llegada de los milicianos [...] resultó fatal, ya que, durante los doce o trece días que permanecieron en nuestra ciudad, se dedicaron al saqueo de templos, mansiones y residencias de veraneo como si se tratara de un país conquistado, con la excusa de que ‘aquí no se había hecho todavía la revolución ni castigado a los enemigos de los pueblos, los curas y los ricos’”.