Por qué decimos "Mmm" cuando hablamos?
Cuando hablamos, no solo cuentan las palabras: la velocidad, las vacilaciones y los silencios también forman parte de nuestra manera de hablar. Ahora bien, ¿hasta qué punto estos detalles nos pueden distinguir de los demás?
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¿Os ha pasado alguna vez que, mientras contáis una anécdota, no os sale la palabra que buscáis? ¿O que empezáis una frase con toda la seguridad del mundo y, a mitad de camino, necesitáis un ‘mmm’ para ganar tiempo? Quizás sois de los que habláis casi sin parar, pero también puede ser que necesitéis hacer alguna pausa para ordenar las ideas antes de continuar. Si tuvierais que describir vuestra manera de hablar, ¿qué diríais? Y ¿creéis que hay algo en vuestro ritmo que os distingue del resto?
Cuando hablamos, solemos estar pendientes del mensaje: de encontrar las palabras adecuadas, hacernos entender y no perder el hilo de la conversación. Mientras tanto, sin embargo, también dejamos otro tipo de rastro: alargamos sonidos, interrumpimos frases, repetimos palabras y dejamos silencios. Son detalles en los que no nos fijamos mucho, pero que pueden resultar interesantes cuando, en lugar de prestar atención solo a qué dice una persona, nos fijamos en cómo lo dice.
Ritmo del habla
Hace un tiempo, hablábamos de las pistas que puede dejar el lenguaje en una investigación criminal. Esta vez, nos fijaremos en un aspecto más concreto: el ritmo del habla. ¿Podríamos distinguir a dos personas por la manera en que se detienen mientras hablan? Y, si tuviéramos que comparar dos grabaciones, ¿nos sería más útil saber a qué velocidad habla alguien u observar las pausas que hace?
De entrada, cuando pensamos en una persona que habla rápido, solemos imaginar a alguien que enlaza las palabras casi sin respirar. Con todo, la velocidad que percibimos no siempre coincide con la que podemos medir. En lingüística, de hecho, se distingue entre la velocidad de habla y la velocidad de articulación.
La primera calcula cuántas sílabas producimos por unidad de tiempo, incluyendo las pausas. La segunda mide la velocidad con la que articulamos las sílabas sin contar los silencios. La diferencia es importante: una persona puede pronunciar las palabras muy deprisa y, sin embargo, detenerse a menudo; otra puede articular con más calma, pero hablar de manera casi continua.
Para entenderlo mejor, imaginemos a dos personas que explican qué hicieron el fin de semana. Una habla tranquilamente y casi no se detiene, mientras que la otra pronuncia las palabras con rapidez, pero hace pausas para recordar detalles, ordenar las ideas o buscar una expresión precisa. Si contamos el tiempo que dura cada intervención, la primera podría parecer más lenta. Si descontamos los silencios, sin embargo, el resultado podría ser diferente.
Además, no hablamos igual en todas las situaciones. Cuando leemos, las palabras ya están ante nosotros; cuando improvisamos una respuesta, tenemos que encontrarlas mientras hablamos, y, cuando resumimos una historia, debemos seleccionar la información y explicarla con nuestras propias palabras. Por eso, la lectura tiende a ser más rápida que la conversación espontánea y el resumen oral.
Esta diferencia nos conduce a hacernos la siguiente pregunta: si una misma persona puede modificar el ritmo según lo que hace, ¿hasta qué punto la velocidad nos permite distinguirla de otra? Las medidas de velocidad, por sí solas, no siempre ofrecen diferencias lo suficientemente claras entre hablantes. Quizás, pues, hay que fijarse en otro aspecto del ritmo que a menudo nos pasa desapercibido: las pausas.
Pensad en la última vez que explicasteis alguna cosa a alguien. Quizás las palabras os salieron todas seguidas, pero también es posible que hicierais una pausa antes de recordar un nombre o que alargarais el final de una palabra mientras buscabais cómo continuar. Seguramente, ni siquiera os disteis cuenta, porque estas interrupciones son habituales cuando hablamos espontáneamente y pueden aparecer por motivos muy diversos.
A menudo aparecen, simplemente, porque necesitamos tiempo para pensar qué diremos; en otras ocasiones, una pausa nos ayuda a separar dos ideas, remarcar una información o dar paso al interlocutor. También están los ‘mmm’ y los ‘eee’, que se llaman ‘pausas llenas’ y que nos permiten mantener el turno de palabra mientras buscamos las palabras adecuadas. No todos los silencios, pues, son iguales, ni todas las vacilaciones tienen el mismo origen.
Para estudiar el ritmo del habla, por tanto, no basta con contar las sílabas ni calcular cuánto dura una intervención. También podemos observar cuántas pausas hacemos y cuánto tiempo duran. Con programas de análisis acústico como Praat, es posible identificar los silencios y las vacilaciones sonoras y estudiar sus características.
Si hacemos esto, podremos comprobar que, cuando se comparan diferentes hablantes, la frecuencia con la que se detienen puede mostrar diferencias que no se observan con la misma claridad en las medidas de velocidad. La duración de las pausas, en cambio, parece más condicionada por la situación comunicativa (en general, son más largas cuando hablamos espontáneamente que cuando leemos).
Esto no quiere decir que cada persona tenga un número fijo de pausas que la delate en cualquier conversación, porque, como la mayoría de rasgos lingüísticos o del habla, las pausas no son ninguna huella digital de la voz. Así, una conversación sobre un tema conocido puede tener un ritmo muy diferente al de una intervención improvisada, y los nervios, el cansancio y la complejidad de lo que queremos explicar también pueden modificar la manera en que hablamos.
Frecuencia de las pausas
Con todo, la frecuencia de las pausas podría aportar información complementaria cuando comparamos voces, siempre que, a la vez, valoremos el contexto en el que se ha producido el discurso y también tengamos en cuenta otras características del habla, nunca como una prueba definitiva por sí sola.
Cuando hablamos, pues, no solo importa qué decimos. También importa cómo distribuimos las palabras en el tiempo: cuándo nos detenemos, cuánto tiempo necesitamos para continuar y cuántas veces interrumpimos el hilo del discurso. Son detalles pequeños, a menudo involuntarios, que pueden pasar desapercibidos en una conversación, pero que son bien interesantes cuando nos proponemos estudiar cómo hablamos.