Elgar & Strauss

Soltani y la Sinfónica se complementaron a la perfección con una partitura que pide la conjunción absoluta que lograron

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Kian Soltani interpretando a Elgar.

El Auditorium de Palma abrió de nuevo las puertas a la Orquesta Sinfónica Islas Baleares con el aforado renovado, cómodo y elegante, armonioso con su historia, con un protagonista, joven, conocido y reconocido, como es Kian Soltani. Reconocido, porque así lo muestra su currículum, y recorrido, por buena parte de los mejores escenarios del mundo. Conocido porque ya es la tercera vez que nos visita. Primero en el Trui, con Dvořák, después en el castillo de Bellver, con Schumann y esta última vez con el Concierto para violonchelo en mi menor op. 85, de Edward Elgar. Una obra de madurez, aunque quizás no haya ninguna obra de Elgar que no lo parezca. De lo que no hay duda es que cuando la escribió su estado de ánimo era de una aflicción y desconsuelo infinitos, quizás por esta circunstancia, la elección del violonchelo no podía ser más adecuada. Aun así, la composición, con la que el autor se despidió de la música sinfónica, tuvo que esperar para encontrar el lugar que ocupa en la actualidad. Un lugar donde habitan las piezas más canónicas del instrumento. Kian Soltani lo puso de manifiesto con el recitativo con el que se inicia la composición –tenue, ligero, sutil. Continúa, en el segundo movimiento, con toda una serie de repeticiones entre el solista y la orquesta, como un exquisito combate, como dos maneras de expresar lo mismo. En el Adagio, tercero de los cuatro movimientos que conforman la pieza, el protagonismo recae en el solista, que propició una inmensa exhibición de talento y delicadeza por parte de Soltani, que rubricó con la sección inicial. También el cuarto movimiento, Finale, requiere la magnificencia del protagonista, para intentar remontar el desconsuelo, que finalmente vuelve allí donde ha alentado a lo largo del lamento musical. Soltani y la Sinfónica se complementaron a la perfección con una partitura que pide la conjunción absoluta que lograron. Bis de rigor y de nuevo una pequeña composición que reivindica sus orígenes persas.

Desconozco qué relación pueda haber entre el concierto de Elgar y el poliédrico poema sinfónico Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, pero, en cualquier caso, ambas son siempre bienvenidas. La introducción, estratosférica, quizá por eso Stanley Kubrick la convirtió en emblemática cuando la utilizó hace casi sesenta años en su monumental y babilónica 2001: una odisea del espacio. Tampoco era sencillo su origen, la filípica de un Nietzsche poderoso. El hecho es que una y otra han seguido caminos diferentes e incluso divergentes. Toda una serie de fugas, contrapuntos y modulaciones establecen un corolario inmenso, relleno de contrastes donde encontramos desde un vals hasta un delicado solo de violonchelo, o una demostración de la importancia que pueden llegar a tener los timbales. Todo ello, un catedralicio mosaico, con una introducción y ocho diversos epígrafes, sin altibajos. Una muy buena primera entrega.

P.D.- Eso de Garci y Arias es un desastre.

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