La historia del eclipse solar de 1905 en Mallorca: científicos, turistas y una isla convertida en observatorio mundial

Hace 121 años, seis colectivos científicos y 300 turistas italianos se trasladaron a Mallorca para contemplar un eclipse total de Sol

Dos mujeres mallorquinas con la expedición suiza del eclipse de 1905. ‘El eclipse total de Sol en la Mallorca de 1905’.
07/08/2026 - 17:37 h.
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Palma¿Expectación? ¿Gente que viene del exterior para contemplar un fenómeno muy poco frecuente? Nada nuevo. Otro mes de agosto, pero este de hace 121 años, Mallorca se convirtió en foco de atracción internacional por un eclipse total de Sol, con la presencia de seis colectivos científicos de cuatro países y de trescientos turistas italianos que se desplazaron expresamente a la isla para asistir a este fenómeno excepcional. Fue el 30 de agosto de 1905, a mediodía.

Las Islas Baleares quedaban dentro de la zona terráquea dentro de la cual sería posible la contemplación del eclipse: desde Canadá hasta el mar Rojo, pasando por el Atlántico, la península Ibérica y el norte de África. En el Archipiélago, la franja de visibilidad se situaba entre Mallorca y Eivissa. Y fue Mallorca el escenario elegido por los científicos extranjeros para estudiar sobre el terreno aquella maravilla del universo, cosa que no hizo ninguna gracia a las autoridades eivissencas. Una oportunidad perdida de promocionar la isla como destino turístico, cuando esto del turismo era prácticamente inexistente.

Según Josep Batlló, el gobierno del Estado transmitió a los gobernadores provinciales la instrucción de dar las máximas facilidades a aquellos extranjeros que llegaban movidos por la curiosidad científica. Pudieron pasar por la aduana sus aparatos de observación sin pagar ningún recargo. El alcalde de Palma, Jaume Font i Monteros, pidió a las fábricas que redujeran la emisión de humos aquella jornada, para no entorpecer el visionado a los expedicionarios. El propietario de una fábrica ubicada en la ciudad vieja –sí, entonces había fábricas por donde ahora pasean los turistas– dejó la chimenea sin funcionar todo el día.

El Reino Unido se llevó la palma, porque, según recoge Joan March Noguera, envió hacia Mallorca no una, sino tres expediciones científicas. Una de ellas la encabezaba el físico y astrónomo Joseph Norman Lockyer, el fundador de la prestigiosa revista Nature, y la integraban, entre otros, su mujer y su hijo. Llegaron a bordo del buque de la armada británica Venus, proporcionado amablemente por el gobierno de Londres, y tuvieron la colaboración de Bartomeu Bosch, vicecónsul británico en Mallorca, y de otras personalidades isleñas. Se instalaron en el Gran Hotel de Palma, el actual CaixaFòrum, inaugurado solo dos años antes y considerado entonces el súmmum de los avances modernos para comodidad de los huéspedes.

Una filmación perdida

El campamento de observación de Lockyer y compañía se ubicó en el barrio de Son Espanyolet, en Palma, en un velódromo que entonces no se utilizaba, en unos terrenos propiedad del aristócrata Ferran Truyols. Han llegado imágenes de aquella estancia y talmente parece un safari en Memorias de África, solo que, en lugar de armas de caza, tienen sofisticados instrumentos científicos.

La British Astronomical Association (Asociación Astronómica Británica) montó su propia expedición. No acababan de ponerse de acuerdo sobre cuál era el lugar del mundo más adecuado para observar el eclipse, entre los posibles, hasta que se decidieron por Mallorca. También se alojaron en el Gran Hotel y en la misma terraza del establecimiento decidieron hacer las observaciones: ¿para qué irse a la periferia, si allí se encontraban a gusto? Con dos excepciones: Catherine Stevens y K. L. Hart Davis, curiosamente, dos de las tres únicas mujeres del grupo, decidieron trasladarse a Cas Català para observar el eclipse.

Dos imágenes del campamento de Son Espanyolet, en el libro ‘El eclipse total de Sol en la Mallorca de 1905’.

Dentro de este grupo llegó también a Mallorca Robert Baden-Powell, militar, aficionado a la astronomía. Probablemente no debió llamar mucho la atención, entonces, un caballero británico más. Pero él se haría mundialmente famoso: solo unos años más tarde, creó el movimiento scout –los boy scouts–, extendido por todo el mundo, también en las Islas. Volvería a Mallorca muchos años más tarde, en 1929, para visitar a los jóvenes que se habían apuntado a su propuesta.

Un tercer colectivo de la misma procedencia, este conocido como ‘los escoceses’, lo integraban astrónomos aficionados, con material prestado por el Observatorio Real de Edimburgo. Eligieron un lugar de observación excepcional: las torres del castillo de Bellver, que pudieron usar gracias a los buenos oficios del exalcalde de Palma Enric Sureda.

En este caso, se procedió, también, a filmar aquel fenómeno excepcional, tarea que corrió a cargo de Josep Truyol, pionero del cine, que hacía poco había abierto una de las primeras salas de exhibición en Mallorca, en lo que ahora es el Hort del Rei. Aquello habría quedado inmortalizado para siempre, si no fuera porque Truyol, cuando fracasó su negocio, decepcionado, quemó sus películas en el jardín de su casa, entre las cuales debía estar la del eclipse.

Una cuarta expedición, según March, fue enviada a Mallorca desde Suiza, con la colaboración de personal isleño: el profesor de Bellas Artes y también aficionado a la astronomía Jordi Anckerman y los docentes del Institut Balear –el actual Ramon Llull– Joaquim Boitia y Sebastià Font, además del catalán Eduard Fontserè. El padre de Anckerman, el pintor Ricard de este linaje, dibujaría una acuarela del eclipse. Instalaron su observatorio en la posesión de Santa Ponça, también propiedad de Ferran Truyols, y que debió parecerse a su aspecto actual como un huevo a una castaña.

El eclipse en Ibiza y en Menorca

En cambio, los italianos y, curiosamente, los alemanes, vinieron cada uno un poco por su cuenta. Los primeros llegaron al puerto de Palma desde Génova, acompañados por trescientos turistas –un montón de gente, para la época– con ganas de vivir también aquella experiencia. Dos de los científicos de esta nacionalidad, Francesco Faccin y Giuseppe Lais, hicieron la observación desde el campanario de la iglesia de Sant Felip Neri, en Ciutat.

Los alemanes habían sopesado unos cuantos puntos del Estado como posibles escenarios. Ya había observaciones programadas en Burgos, Daroca y Tortosa, así que se decantaron por Mallorca. Tampoco se complicaron mucho la vida: eligieron como espacio de observación el consulado de su país, ubicado en Can Formiguera, en la actual calle de la Portella de Palma. Se alojaron también en el Gran Hotel, donde tuvieron la agradable sorpresa de que el propietario les dio la bienvenida en su idioma –verdaderamente, un avanzado a su tiempo.

El seminario conciliar, en Palma, sirvió de sede a una comisión de jesuitas, de los cuales es bien conocido el interés por la ciencia, solicitada por el entonces obispo, Pere Campins, teniendo la colaboración de un grupo de curas mallorquines. El eclipse de 1860 ya se había podido observar desde Mallorca y Eivissa, pero en ningún caso había generado una avalancha de sabios del exterior como esta vez. Obviamente, las comunicaciones habían mejorado de manera notable.

Joseph Norman Lockyer en 1909, poco después de viajar a Mallorca.

La prensa de las Islas, igual que ahora, hizo un amplio despliegue para explicar aquel fenómeno con toda clase de detalles, con gráficos detallados para que los ciudadanos entendieran bien en qué consistía. La Almudaina publicó un número extraordinario, con tan buena acogida que, de los 4.250 ejemplares que integraban la impresión, al día siguiente no quedaban ni medio centenar.

Una cuestión que preocupaba mucho a todos estos científicos era si las condiciones meteorológicas serían adecuadas para la observación del eclipse. Había hecho unos cuantos días soleados, pero el 29 de agosto –el día anterior– se presentó nublado, e incluso cayeron algunas gotas en las primeras horas del día 30. Por suerte, al mediodía se aclaró el tiempo.

En Inca, según informaba La Almudaina, la práctica totalidad de los vecinos se situaron en lugares elevados, como campanarios y tejados, para asistir al espectáculo. En Muro, los que se habían pasado el día anterior “ennegreciendo cristales” para mirar el Sol con precauciones se lamentaban por la presencia de las nubes: “No veréis nada”. Pero sí que lo pudieron ver.

El físico alemán Hans Geitel relata cómo la multitud que esperaba el eclipse quedó en silencio: “La oscuridad aumentó rápidamente. Todavía era visible una línea brillante de luz en la cara oriental de la Luna cuando ya apareció su disco oscuro rodeado por la aureola de la corona”. La oscuridad no fue completa: en el horizonte, todavía quedaba una cierta claridad. Al reaparecer el Sol, “la tensión del pueblo, sin aliento, se deshizo en fuertes gritos y aplausos”.

La Última Hora siguió aquel espectáculo de la naturaleza en el campamento británico, en Son Espanyolet: _“[Los asistentes] están en el más profundo silencio. Poco a poco avanza la mordedura, solo resta un débil hilo de oro. Al volver a mostrarse el Sol, la luz hiere nuestra vista y de todas las bocas se escapa una exclamación. El momento solemne había acabado”, relataba.

En Ibiza, según cuenta Ana Colomar, el eclipse generó en el campo un buen susto y los campesinos se quedaron en casa, para no perder la vista, e incluso un jovencito creyó que aquello era la muerte. En cambio, en Vila se pudo seguir sin incidentes. Hizo buen tiempo, sin nubes. En Menorca, el eclipse no fue total, pero casi: de un 99,1%, según El Iris: un pequeño porcentaje de diferencia que hizo que no resultase tan espectacular.

Al día siguiente del eclipse, las autoridades locales invitaron a comer a los expedicionarios venidos del extranjero, como forma de agradecerles que hubieran elegido Mallorca en aquella ocasión, ciertamente histórica. Algunos se quedaron algún día más, para visitar la isla. ¡Después, adiós! ¡Y hasta dentro de 121 años!

Las gallinas que se fueron a dormir y los murciélagos que se despabilaron

Aquel mediodía del 30 de agosto de 1905, en las Baleares, las gallinas se fueron a dormir, creyendo que se había hecho de noche. En cambio, los murciélagos hicieron todo lo contrario: Hans Geitel registra cómo dos salieron de unas palmeras cercanas a su lugar de observación, “engañadas por la oscuridad y la caída de la temperatura”.El informe de la expedición Lockyer recogió los efectos del eclipse en un rebaño de cabras. Justo antes del fenómeno, estaban “estiradas bajo una pared”. Al llegar la oscuridad de repente, “todas se levantaron aparentemente asustadas, y quedaron perfectamente quietas en aquella posición” hasta que la luz volvió. En Muro, según La Almudaina, un perro buscó refugio sobre las piernas de su amo, y “saludó con alegres ladridos la vuelta de la luz”.

Información elaborada a partir de textos de Joan March Noguera, Guillem X. Pons y Antoni Amengual, Anna Colomar, Josep Balló Ortiz, Julius Elster y Hans Geitel, Catalina Aguiló y las publicaciones La Última Hora, La Almudaina y El Iris y la colaboración de Antoni Janer Torrens.

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