Hace 60 años, la Iglesia de las Islas vivió una controversia sobre la 'lengua vernácula' en la que debía realizarse la misa, de acuerdo con las instrucciones del Vaticano II
Palma¿Habla Dios en catalán? Sin duda, para los creyentes, puesto que es omnipotente. Ahora bien, a lo largo de siglos, la Iglesia católica se expresó, en su ceremonial, en latín –la lengua del imperio romano, que lanzaba a los primeros cristianos a las fieras del circo: paradojas de la vida. No fue hasta los años sesenta del siglo pasado que el Concilio Vaticano II estableció que las misas se harían en 'lengua vernácula': hace seis decenios, la Iglesia de las Islas vivía una encendida controversia sobre cuál debía ser aquella lengua.
Que la vernácula era el catalán lo había tenido clarísimo el catolicismo isleño prácticamente desde la conquista medieval. Ni siquiera el creciente centralismo del Estado le hizo cambiar de posición. El muy liberal obispo de Mallorca Bernat Nadal hizo publicar en 1801 el catecismo en catalán. El obispo Pere Joan Campins creó en el seminario una cátedra de Lengua y literatura mallorquinas. El obispo Josep Miralles, pese a su apoyo al golpe de estado del 36, ya había puesto pie en pared con las ansias castellanizadoras de Primo de Rivera y, en el primer franquismo, defendió la predicación en catalán y publicó una última edición del catecismo en la misma lengua, en 1937. ~BK_S_ veinticinco años de dictadura franquista –de paz, como proclamaba el régimen; sí, la de los cementerios– y una parte de la Iglesia de las Islas, y también una parte de la sociedad, entendían el castellano como la lengua de prestigio y cultura. No toda, claro: en Lluc, como si fuera la aldea de Astérix, el religioso Pere Riutort promovía libros de texto en catalán normativo, llevó ejemplares de la revista Caballo Fuerte desde Barcelona y, al trasladarse al País Valenciano, continuaría su labor en favor de la presencia del catalán en el ámbito eclesiástico.
Pedro Joan Llabrés.Gran Enciclopèdia de MallorcaEl obispo Rafael Álvarez Lara.Jmcas61 / Viquipèdia
En 1961 era obispo de Mallorca el vasco Jesús Enciso. Persona que, por tanto, tenía una cierta idea de qué era lo de una lengua autóctona. Dio instrucciones de traducir al catalán el catecismo común para todo el Estado y que se enseñaran las oraciones a los niños en la misma lengua. Pero se encontró con la oposición de los propios catequistas, que siguieron utilizando el castellano. Sobre todo, las monjas, "los peores enemigos del mallorquín", según confesó Enciso al lingüista Francisco de Borja Moll.
El día de la ignominia
El detonante para que todo aquello se agitara vino desde Roma, hasta entonces inamovible y buena aliada de Franco. Con esa expresión suya de "abrir las ventanas", el papa Juan XXIII convocó un concilio, el Vaticano II, que, de 1962 a 1965, representó un giro copernicano en las posiciones de la Iglesia. También en cuestión idiomática: un documento conciliar de 1963 introducía "la lengua vernácula tanto en la misa como en la administración de los sacramentos". Se estableció en marzo de 1965 como fecha para la puesta en marcha de esta novedad.
Ahora bien, ¿cuál era, la 'lengua vernácula' que debía utilizarse, de este momento en adelante, en las iglesias de las Islas? La respuesta parecía evidente: el catalán, el que se hablaba de hacía más de siete siglos. No era tan sencillo. A raíz del boom turístico, el Archipiélago disponía ya de una comunidad más que significativa de hispanohablantes. El castellano era el idioma del régimen, de la escuela, de la administración, de los medios de comunicación. Hablar catalán a los recién llegados parecía de mala educación –sí, hasta nuestros días. El castellano, éste era el argumento irrefutable, lo entendía todo el mundo.
Para poder hacer la liturgia en catalán, lo que se necesitaba eran los textos correspondientes, traducidos a la lengua propia ya las variedades isleñas. La recién creada Obra Cultural Balear en 1962 se ofreció a pagar los gastos que aquellas ediciones pudieran suponer. El obispo Enciso encargó al vicario general, Francesc Payeras, que se formara una comisión con ese objetivo.
Mientras se acercaba la fecha prevista para la introducción del 'vernáculo', Jesús Enciso dejó este mundo, en septiembre de 1964. Y, muy en consonancia con la lentitud característica mallorquina, ese trabajo supuestamente encargado no parecía avanzar demasiado. El cura Pere Joan Llabrés, hombre comprometido con la lengua, se dirigió incluso a Roma; donde le respondieron, lógicamente, que estaba al obispo de cada diócesis a quien correspondía aprobar los textos correspondientes. El problema era que en Mallorca no había obispo, porque no se había designado uno nuevo para cubrir la vacante de Enciso.
Lo que llegaba de la administración de la diócesis, en aquel interregno, no resultaba nada tranquilizador. El técnico de liturgia declaró al diario Baleares que, dadas las "grandes dificultades" para disponer de los textos en catalán, se utilizaría el castellano. Francesc de Borja Moll –heredero de la labor de otro cura, Antoni Maria Alcover, este inequívocamente comprometido con el catalán– expresó su protesta al vicario general. Y éste le reprochó instigar el alud de cartas de desacuerdo que llegaron al palacio del obispo –lo que, además, no era cierto.
Semejante situación se produjo en Menorca. Destacaba a Josep Salord, cura, además de historiador y lingüista, por la defensa de la liturgia en catalán en sus artículos. Esto debía valerle un buen estirón de orejas por parte del obispo Bartolomé Pascual.
Mientras tanto, llegó la fecha señalada y el clero isleño dio por bueno algo tan surrealista como que la lengua 'vernácula' era el castellano. El domingo 7 de marzo de 1965, en lo que el cura Miquel Julià calificó de día de "ignominia", la práctica totalidad de las parroquias mallorquinas oficiaron la misa en la "lengua del Imperio".
Francisco de Borja Moll.Nova Editorial MollEl obispo de Mallorca Jesús Enciso.Gran Enciclopèdia de Mallorca
La declaración de los obispos de 1975
Aquel mismo marzo de 1965 llegó un nuevo obispo, el andaluz Rafael Álvarez Lara, quien se encontró con aquella controversia que, muy probablemente, no debió de entender en absoluto: "Un santo hombre al que la mitra le venía mayor", en palabras de Moll. Ya antes de tomar posesión, la Obra Cultural le había hecho llegar su solicitud de que la liturgia fuera en catalán. Él ya había anunciado que su intención era aprender la lengua propia. Pero el sector inmovilista le aseguraba que no había ningún problema en cuestión idiomática.
Empezaba en 1966 –ahora de eso hace sesenta años– cuando Miquel Julià pidió, un pico más, qué se había hecho de aquella famosa comisión que, supuestamente, debía redactar los textos para la liturgia en catalán. Sólo hacía unos meses que el propio Moll había participado en un congreso litúrgico en Montserrat, donde había propuesto unos criterios para la adaptación de los textos de Cataluña a las modalidades isleñas.
Aquello podía ser un comienzo y, en efecto, el palacio episcopal de Palma acogió una reunión en la que participaron tanto Moll como Pere Joan Llabrés y el prestigioso lingüista Antoni Badia Margarit, quien ya había colaborado en Cataluña en los nuevos textos litúrgicos. Aquel 1966 se designó una nueva comisión, de la que formaban parte Llabrés y Moll, además de menorquines y ibicencos que se añadieron. Esta vez sí que fueron al trabajo: en diciembre siguiente se publicaba el ordinario de la misa, es decir, las oraciones que la integran, en la lengua propia de las Islas.
La posición de la Iglesia del Archipiélago quedaría expresada de manera meridianamente nítida con la declaración de junio de 1975 –con Franco todavía vivo– de Teodor Úbeda, nuevo obispo de Mallorca y administrador de la diócesis de Ibiza, y de Miquel Moncadas, como la de todo un pueblo" y afirmaban que "apreciar, promover y difundir el uso de nuestra lengua" era responsabilidad de todos los cristianos de las Islas. Ahora quedaba claro que sí: que Dios habla catalán.
La batalla por la revista 'Lluc'
La batalla por el catalán en el ámbito eclesiástico, en aquellos años sesenta, vivió otro episodio, este en torno a la revista Lluc . La habían fundado los Misioneros de los Sagrados Corazones en 1921, en principio para promover la devoción a la Virgen del santuario mallorquín de ese nombre. Originariamente se llamaba Lluch , castellanizando el topónimo, y se publicaba en castellano, que " hace más bonito ", como comentaba irónicamente Francesc de Borja Moll.
Hacia 1962 se empezó a publicar en catalán, al tiempo que orientaba los contenidos de acuerdo con los nuevos vientos que soplaban desde Roma: el Concilio arrancó ese mismo año. Pero pasarse a la lengua propia no fue del agrado de todos. Hubo suscriptores que se dieron de baja, como protesta, y que se quejaron al obispo. Éste, Jesús Enciso, con esa cosa de tener que hacer equilibrios, dictó una disposición supuestamente salomónica: los contenidos en catalán no serían más del cincuenta por ciento.
Lluc regresó al catalán lleno en 1968, con un nuevo equipo con miembros tan destacados como el poeta Miquel Gayà; el estudioso del mallorquinismo y futuro senador Gori Mir; el editor Francesc Moll (hijo), y el escritor Josep Maria Llompart. Era entonces la única revista que se publicaba en la lengua propia en Mallorca.
Todo se complicó cuando desde la izquierda –ilegal, por supuesto– pensó que sería una buena idea participar en esa publicación, ahora renovada. No hay que olvidar que cualquier instrumento vinculado al ámbito religioso representaba, entonces, algo así como un paraguas para aquellos que se guareceban. La dictadura se lo pensaba dos veces antes de chocar con la Iglesia. De ahí que tantas reuniones de opositores se llevaran a cabo, justamente, en espacios eclesiásticos.
El escritor y militante clandestino Antoni Serra, pese a su escepticismo inicial, fue uno de los participantes en esa iniciativa. Tras una serie de reuniones, se constituyó un comité de redacción en el que habría destacados activistas contra el franquismo, como Jaume Adrover, Aina Montaner y los propios Llompart y Serra. Ahora bien, el religioso Cristóbal Veny les aclaró, en nombre de los propietarios –los Misioneros de los Sagrados Corazones–, que ellos se reservaban el derecho de nombrar a algún miembro más.
Aquello les pareció una intromisión –"un golpe de estado clerical", en expresión de Serra– a los miembros del comité, que dimitieron en bloque. No fue hasta tres años más tarde que, en 1971, se empezó a superar aquella situación, con un nuevo equipo del que formaba parte el destacado defensor del catalán en la Iglesia Pere Joan Llabrés.
Información elaborada a partir de textos de Miquel Julià, Pedro Joan Llabrés, Antonio Janer Torrens, José Amengual y Pedro Fullana, Antonio I. Alomar, Gabriel Seguí i Trobat y Climent Garau, las memorias de Francisco de Borja Moll y Antoni Serra y el volumen colectivo El mallorquinismo político (1936-202).