En 1976, el primer año sin el dictador, se inició con una ola de movilizaciones nunca vista en Baleares. Los primeros en alzar la voz fueron los numerosos parados de la crisis del petróleo de 1973. Después sería el turno de los trabajadores de la hostelería, los transportes y la enseñanza, que reclamaron mejoras salariales
PalmaEl 20 de noviembre de 1975, el día que falleció Franco, en Baleares había unos 5.000 parados, que, desde la crisis internacional del petróleo de 1973, se sentían totalmente desamparados. Al cabo de tres semanas, el 13 de enero de 1976, una cincuentena decidió manifestar su malestar en el gobierno de Arias Navarro encerrándose en la iglesia de Sant Miquel de Palma. Lo hicieron con la complicidad del obispo de Mallorca Teodor Úbeda. Al día siguiente ya fueron desalojados a porrazo por la Policía, que seguía órdenes del gobernador civil Carlos de Meer.
Aquel cierre supondría un hito importante en el movimiento obrero en las Islas. Así lo asegura el historiador Pere Josep Garcia Munar, recién publicado Obreros y sindicatos, de la dictadura a la democracia. Mallorca, 1968-1981 (Ediciones Documenta Balear): "Aglutinó el apoyo de buena parte de la sociedad y de las organizaciones antifranquistas. Su principal consecuencia fue la destitución, diez días después, de De Mer, que había sido fuertemente criticado por el obispo Úbeda. Fue el inicio de una lucha que, en su primer año, estaría marcada por el épico. Para aquellas primeras víctimas del monocultivo turístico, en 1976 el cura obrero Jaume Santandreu inauguró en Palma el albergue de la Sapiencia. Dos años después, abriría el centro de acogida Can Gazà, en el Secar de la Real. En los años 60, en el Arenal, Santandreu ya se había implicado en la atención a peninsulares que vivían en condiciones de esclavitud en los hoteles. Lo hizo desde un proyecto pionero, favorecido por Cáritas, llamado Acogiments y que tendría el apoyo de otro cura obrero, Francesc Obrador.
'Salarios dignos, trabajo estable'
En 1976, a las puertas de la llamada Transición, los trabajadores que habían sobrevivido a la crisis de 1973 tenían muchas esperanzas depositadas en los nuevos convenios colectivos que se estaban negociando. El Sindicato Vertical, adscrito a la dictadura, sería cada vez más eclipsado por el sindicalismo clandestino liderado por USO, CCOO y ASUDTH (Alternativa por un Sindicato Unitario y Democrático de Trabajadores de Hostelería). "Ante la incertidumbre del momento –afirma García–, la Policía solía hacer la vista gorda con aquellos sindicatos. Los hubo que aprovecharan la ocasión para exigir también amnistía para los presos políticos, sindicatos libres y la restitución de la democracia".
Cargas policiales en el centro de Palma durante la huelga del 12 de noviembre de 1976.Arxiu CCOO
El 8 de abril, tres meses después de los sucesos de Sant Miquel, las calles de Palma vivieron una nueva movilización, que sería pionera en todo el Estado en el sector de la hostelería y la más masiva en Baleares desde la muerte de Franco. Cerca de 4.000 trabajadores participaron en una marcha de dos kilómetros desde el Molinar hasta la sede de Delegación de Trabajo. "La excusa –apunta el historiador– era protestar contra las campañas que hacían algunos hoteleros de ir a la Península a contratar personal. Los llevaban engañados, ya que les prometían buenos puestos de trabajo y bien remunerados. Con el paro existente, sin embargo, acababan teniendo unas condiciones laborales inferiores a las legales. comunitarias en los sótanos de los hoteles, en las conocidas 'llorigueres'. No fue en ningún caso una manifestación xenófoba, ya que entre los asistentes también había peninsulares". Los lemas de las pancartas reflejaban bien el carácter político de la convocatoria: 'Salarios dignos, trabajo estable', 'Los trabajadores no somos mercancía, control de la inmigración' o 'Abajo la explotación, arriba los salarios'. En un principio, los empresarios cedieron a acordar un pacto que después, sin embargo, no cumplieron. Fue con la amenaza de una huelga que finalmente dieron su brazo a torcer.
Los que también supieron jugar sus cartas fueron los conductores de buses privados. Era un sector importante porque se dedicaba al traslado de los turistas a los hoteles y llevarlos de excursión por toda la isla. Exigieron no hacer horas extras, aumento salarial y más días de vacaciones. "Ante la negativa de la patronal –afirma Garcia–, el 16 de julio iniciaron una huelga que provocó un auténtico caos en el aeropuerto. Las pérdidas llegaron a más de 100 millones de pesetas. A los cuatro días ya tenían el convenio colectivo con sus peticiones".
En 1976 fue igualmente un año caliente en la enseñanza. Del 14 al 21 de enero los Profesores No Numerarios (PNN) de Secundaria fueron a la huelga. "Aparte de las demandas políticas del momento –señala el investigador– reclamaron contratos indefinidos y no tener que realizar ninguna oposición, ya que habían demostrado que sabían trabajar". Luego sería el turno de los PNN de la Facultad de Filosofía y Letras y de los maestros de la escuela privada. El sector se movilizaría hasta 1977, cuando el Ministerio aceptó sus exigencias. Aquel sería el año de la legalización de los sindicatos y del nacimiento del Sindicato de Trabajadores de Enseñanza de las Islas (STEI).
Violencia policial en la plaza de Espanya
El 3 de marzo de 1976 tuvo lugar en Vitoria (País Vasco) una de las mayores masacres de la 'Transición'. La Policía mató a disparos a cinco trabajadores e hirió a 150 en el transcurso de una huelga en la que los manifestantes fueron desalojados del interior de una iglesia con gases lacrimógenos. El entonces ministro de Gobernación, Manuel Fraga, y su mano derecha, Rodolfo Martín Villa, defendieron la actuación, que, con el aval del rey Juan Carlos digitado por Franco, debía servir para detener los pies a un movimiento obrero ansioso de libertades. Los hechos inspirarían a Lluís Llach la emotiva canción Campanadas a muerte. Ante la tensión creciente, el 1 de julio Arias Navarro presentó su dimisión como presidente del gobierno. Fue sustituido por Adolfo Suárez, antiguo falangista.
El recuerdo de la conocida como 'la matanza del 3 de marzo' estuvo muy presente a los ocho meses, el 12 de noviembre, en la primera huelga de ámbito estatal sin el dictador. Fue convocada por la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (COS). Entre las reivindicaciones estaba la no modificación del artículo 35 de la Ley de relaciones laborales, que suponía el despido libre, previa indemnización. "Fue –dice el historiador– el último intento de romper con el régimen a través de una gran contestación social. La excusa, como siempre, era laboral, pero el motivo era mejor político".
Manifestación en Calvià contra el paro estacional (en la cabecera, de izquierda a derecha, Pep Vílchez, Manuel Cámara, Francisco Obrador, Bartolomé Pericás y José Antonio Pérez).Arxiu Edicions documenta balear
Según los sindicatos, en Baleares la huelga fue secundada por cerca de 35.000 trabajadores. En Palma, la Policía no escatimó esfuerzos por disolver una concentración de unas 5.000 personas en la plaza de Espanya. "Aquella movilización –indica Garcia– sería la primera en Baleares en la que unos manifestantes se encararan abiertamente a las fuerzas del orden. La jornada fue de las más represivas de todo el Estado. Desembocó en una auténtica batalla campal con sillas y piedras volando, botes de humo y gases lacrimógenos. Una cuarentena de treinta y siete". Uno de los detenidos fue Manolo Cámara, de CCOO. Le multaron con la mayor sanción jamás impuesta a un sindicalista: medio millón de pesetas. La pudo pagar gracias a una colecta de donativos impulsada por sus compañeros.
El 13 de octubre, un mes antes de aquella huelga, el movimiento obrero de Mallorca ya había protagonizado otra acción del todo mediática. Un grupo de 22 parados organizó una marcha a pie hasta Madrid, que después sumaría un segundo grupo con otros 18 integrantes. La intención era entrevistarse con el ministro de Trabajo para mostrarle la indignación porque más de 300 personas que habían agotado el paro llevaban ya más de año y medio sin encontrar trabajo. A los nueve días, a la altura de Huesca, la Guardia Civil obligó al primer grupo a volver a la isla. El segundo grupo, en cambio, acabó llegando a Madrid en tren, pero no consiguieron que el ministro les atendiera.
La gran decepción
El sindicalismo isleño también se implicó en la campaña contra el Referéndum sobre la Ley de reforma política previsto para el 15 de diciembre de 1976. Lo hizo pidiendo la abstención o el no a una norma que debía permitir el retorno de la democracia, manteniendo, sin embargo, la monarquía impuesta por Franco y sin la posibilidad de recuperar la República. Aquella campaña, sin embargo, no sirvió de nada. Con una participación del 77,8%, el proyecto se aprobó con el apoyo del 94,17% de los votantes, que se entusiasmaron con canciones como Habla, pueblo, habla o Libertad sin ira. "Los resultados –dice Garcia– fueron una gran decepción para los sindicalistas más politizados, que consideraban imprescindible una ruptura total con el régimen anterior para que hubiera reformas laborales de mayor importancia. Desde entonces las movilizaciones sociales fueron a menos".
El 15 de junio de 1977 la UCD de Suárez ganó las primeras elecciones democráticas. El 6 de diciembre de 1978 se aprobó por referendo la Constitución española, que significaría un antes y un después en el movimiento sindical. "La Carta Magna –apunta Garcia– reafirmó la institucionalización de los sindicatos, lo que propició el abandono del asamblearismo y la caída de la afiliación en beneficio de los delegados elegidos. Hoy impera el individualismo. Ya no existe la conciencia de clase de antes. Los sindicatos han perdido el componente socio-político de los primeros conflictos laborales individuales".
El año de la esperanza
Un protagonista activo de las históricas movilizaciones sociales de 1976 es Josep Vílchez Carreras, un mahonés que, siendo un niño, se trasladó a vivir a Palma. Entonces era un joven de 23 años, afiliado de CCOO, que trabajaba en el economato de un hotel de Illetes. "Ese año –dice– la Policía me detuvo cuatro veces, una de ellas el 12 de noviembre, durante la famosa primera huelga de ámbito estatal de la Transición. Todos teníamos mucha esperanza en la nueva etapa que empezaba". Vílchez pasó pocos días por comisaría. Peor suerte tuvieron otros militantes de izquierdas que a finales de 1976 entraron en la antigua prisión de Cas Capiscol de Ciutat. Fue el caso de Miquel López Crespí, Josep Capó, Jaume Obrador, Isidre Forteza y Ramon Molina. En diciembre quedarían en libertad gracias a la campaña 'En Navidad, todos en casa', orquestada a escala estatal por la mayoría de las fuerzas progresistas.
En 1976, Vílchez se implicó a fondo en las negociaciones de los convenios colectivos de hostelería. "El contexto –asegura– era bastante complicado. La crisis internacional del petróleo de 1973 había hecho mucho daño con parados y con una inflación disparada hasta el 24%. Los trabajadores estaban más unidos que nunca y no temían movilizarse para exigir la restitución de la democracia, que les permitiría tener más derechos". En octubre de 1977, cuatro meses después de las primeras elecciones generales, el flamante gobierno de Adolfo Suárez intentaría solucionar aquella delicada situación económica con los conocidos Pactos de la Moncloa, que firmarían los principales partidos políticos con la patronal.
Vílchez acabaría siendo secretario general del Partido Comunista Español (PCE) en Baleares (1985-1990) y presidente de Izquierda Unida (1986-1990). Aún tiene muy presente su militancia en la clandestinidad. El 2 de julio de 1976, siete meses después de la muerte del dictador, asistió al Teatro Balear de Palma en el primer mitin del PCE en todo el Estado. Aquel acto, que estuvo presidido por el dirigente comunista Ramón Tamames, era ilegal, puesto que la formación no se legalizó hasta abril de 1977. La Policía no se atrevió a intervenir ante la multitud congregada. A los seis meses, la tensión sería máxima con uno de los episodios más luctuosos de la Transición. El 24 de enero de 1977 cinco abogados laboralistas de Atocha (Madrid), relacionados con CCOO y el PCE, fueron asesinados por tres pistoleros fascistas.
El antiguo dirigente de CCOO se muestra decepcionado con la evolución del movimiento sindical, no sólo en España sino también en toda Europa. "Antes había más conciencia de clase. Ahora los sindicatos se han burocratizado. Aunque también se implican en las negociaciones de los convenios colectivos, están más centrados en ofrecer asesoramiento a problemas laborales individuales. Hoy los únicos sectores que cuando se movilizan dan miedo al Estado son los estratégicos, como los controladores aéreos o los trabajadores de los ferrocarriles".