30 años de los Castellers de Mallorca

En 1996 la importante cobertura del Canal 33 a las diadas castelleras de Cataluña animó a un grupo de amigos de Manacor y de Palma a crear, en paralelo, sus propias collas. Hoy forman parte de las más antiguas del centenar que hay en todo el ámbito catalán.

Los Castellers de Mallorca con un tres de siete en mayo del 2016 en Badalona.
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PalmaFaltan tres semanas para las Ferias y Fiestas de Primavera de Manacor y este año los nervios se notan mucho en la colla castellera Al·lots de Llevant. Lo asegura uno de sus integrantes, Joan Llodrà Gayà, de 52 años: “Esperamos poder alzar una buena torre para celebrar nuestro trigésimo aniversario. Somos de las primeras collas de las Baleares. Nacimos en 1996, el mismo año que los Castellers de Mallorca, de Palma. Llevamos meses ensayando. Nuestra máxima construcción ha sido un cuatro de ocho, es decir, ocho pisos de cuatro personas en cada piso. Solo lo hemos podido alzar tres veces en nuestra historia. Casi siempre hacemos siete pisos”.

En octubre, la siguiente cita importante de los Al·lots de Llevant será en Dénia. El País Valencià es precisamente donde en el siglo XVII nació el antecedente de los castells en las famosas muixerangues. Se trataba de unos bailes religiosos que culminaban con la creación de torres humanas. Las más populares serían las de la ciudad de Algemesí. El término, seguramente de origen árabe, podría remitir a una antigua danza morisca. Aquellas curiosas construcciones colectivas acabarían dando el salto a Cataluña. En el siglo XVIII arraigaron sobre todo en el Camp de Tarragona, en el Penedès y en el Garraf. Entonces, de ser conocidos como ‘Ball de Valencians’, pasarían a llamarse castells.

‘Boom’ casteller

En 1976, un año después de la muerte de Franco, Manacor fue el primer municipio de Mallorca en ver gente subiendo al cielo. Fue durante las Ferias y Fiestas de Primavera con la exhibición de los castellers Nens del Vendrell, que es una de las más antiguas, de 1926. En 1996, veinte años después de aquella visita, la capital del Llevant ya tomaba el relevo. “Fue –dice Llodrà– el año del boom casteller en una época en la que solo había una cuarentena de collas en todos los territorios de habla catalana. En este boom influyeron mucho las retransmisiones de las diadas castelleras del Canal 33, que llevaba dos años cubriéndolas. Para las fiestas de Navidad de 1995, yendo de excursión con unos amigos, surgió la idea de crear en Manacor una colla propia. Éramos jóvenes de 20 años”.

. No era suficiente, así que un día pegué un salto a Barcelona para comprar el libro Enciclopedia Catalana. No era suficiente, así que un día di un salto a Barcelona para comprar el libro Castells i Castellers, que acababa de publicar Xavier Brotons. Fue nuestra Biblia. Después viajamos a Vilanova i la Geltrú y conseguimos que nos visitaran los Xiquets de Reus para terminarnos de enseñar la técnica”.

Imagen de grupo de la colla dels Al·lots de Llevant

En verano aquellos neófitos ya hicieron las primeras actuaciones por diversos pueblos de Mallorca. “Tuvimos que convencer a algún padre atrevido para que dejara que su hijo pequeño hiciera de enxaneta, la figura, menor de edad, que corona la cima. Cuando las torres se desmontan sin ningún incidente se emplea el verbo ‘descargar’. En caso contrario, se dice ‘cargar’. En este momento es cuando se pueden producir lesiones, pero son infinitamente inferiores a las que se producen en cualquier otro deporte. Ahora hay más medidas de seguridad y los niños llevan casco”. La respuesta de la gente ante aquella novedad no pudo ser mejor. “Fueron muy pocas las voces que nos criticaron por hacer una actividad que no formaba parte de la cultura de aquí. El judo tampoco lo es y no pasa nada. Nosotros lo que queríamos era pasárnoslo bien y lo hicimos con una manifestación cultural que evidentemente está vinculada al sentimiento de catalanidad”.

En 1998, al cabo de dos años, los Al·lots de Llevant ya se estrenaron en Cataluña. En Torredembarra (Tarragona) descargaron el primer castillo de siete pisos –el máximo es de diez. Inicialmente, las actuaciones se hacían al ritmo de las xeremies o del flabiol y el tamboril. De manera progresiva, se fue introduciendo el sonido de la gralla, el instrumento de viento característico del universo casteller. Hoy, de la música, ya se encargan los Grallers de Manacor, un grupo independiente de la colla, pero nacido en el interior.

‘Fuerza, equilibrio, valor y cordura’

Durante estos 30 años, por la agrupación castellera de Manacor han pasado cerca de 800 personas. “Ahora somos unas 120 y de todas las edades, mitad hombres y mitad mujeres. Todo el mundo es bienvenido para montar una buena base. Quien tiene que estar en mejor forma física es la gente que se enfila, que representa el 20% de la colla. Ensayo cada sábado por la tarde en el gimnasio del IES Mossèn Alcover”. Llodrà recuerda el lema del movimiento casteller: ‘Fuerza, equilibrio, valor y cordura’. “Los castillos son perseverancia, convicción, arrojo y autosuperación. Es una actividad que hace pueblo y que ayuda a sociabilizar. Ha habido usuarios de Proyecto Hombre que como terapia han estado con nosotros por prescripción médica”.

Desde 2002 los Al·lots de Llevant tienen alquilado un local propio en la calle Nou de Manacor. Su integración en el mundo festivo del pueblo es total. “Nos sentimos muy queridos por la gente. Nosotros somos anteriores a la figura de la mulassa, que se creó en 2012 cuando se recuperaron las fiestas de Sant Jaume. Por Sant Antoni los demonios vienen a bailar delante de nuestro local y nosotros les hacemos un pilar. En 2002 la Escola de Mallorquí nos otorgó el Reconocimiento de Méritos, que es un premio muy importante. Además, siempre hemos tenido el apoyo del Ayuntamiento, independientemente del color político”.

La temporada castellera se inicia en primavera. “Es una actividad –resalta Llodrà– asociada al buen tiempo, que pide sol y moscas, como se suele decir. Empezamos en marzo y acabamos en noviembre. Hacemos una veintena de actuaciones al año. Allí donde nos contratan más es en los pueblos del Llevant. También vamos dos veces a Palma y como mínimo hacemos una salida fuera”. El manacorense asegura que, en el Principado, los Al·lots de Llevant ya han dejado de ser vistos como una rareza: “Somos una colla más antigua que la mayoría del centenar existente. Además, nuestro nivel no está nada mal. La mitad de collas no se han clasificado para la importante diada que tiene lugar en Tarragona el primer domingo de octubre de los años pares. Nosotros lo conseguimos en 2016. En aquella ocasión descargamos un meritorio cuatro de ocho”.

Castellers de Mallorca

En muchas de sus exhibiciones, los Al·lots de Llevant actúan junto a los Castellers de Mallorca, de Palma, que visten de color rojo oscuro. Ambas collas nacieron el mismo año, pero de manera independiente y con una motivación diferente. Lo explica uno de sus fundadores, el tarraconense Josep Mallol Vicens, de 65 años: “En 1996 llevaba ocho años viviendo en Palma. Mi mujer era de aquí. En la escuela de Mata de Jonc, que fue pionera en la enseñanza del catalán, conocimos otras parejas mixtas. Nuestros hijos pequeños quedaban entusiasmados con los castellers cuando íbamos de visita a Cataluña. Así que decidimos llevarlos a la isla. Tuvimos que aprender la técnica por nuestra cuenta. Empezamos los ensayos con una veintena de personas en la escuela de Son Canals y en el IES Joan Maria Thomàs”.

Al poco tiempo los Castellers de Mallorca supieron de la existencia de la colla de Manacor. “Al principio –asegura el tarraconense– también recibimos críticas de un pequeño grupo de intolerantes que decían que esto no era de aquí”. Mallol siente envidia del apoyo institucional que tienen los Al·lots de Llevant. “Nosotros no hemos conseguido tener local propio. Desde hace un año, los sábados y los jueves, nos reunimos en una carpintería de un amigo situada en el polígono de Son Rossinyol. Somos unos setenta. En la época del PP de Jaume Matas había más diálogo y nos contrataban en muchas celebraciones. En cambio, con el actual Ayuntamiento de Palma la comunicación es inexistente. Todas las actuaciones que hacemos en Ciutat es gracias a la Federación de Vecinos”.

Los últimos años el paisaje castellero en las Baleares se ha enriquecido con nuevas incorporaciones. En 2004 se constituyó la colla Gambirots de la UIB, que se acaba de refundar después de una larga temporada de inactividad. En 2009 nació Ses Talaies de Formentera con castellers del principado que en verano se juntan para hacer exhibiciones con formenterenses en el marco de las fiestas de Santa Maria. En 2022, en Puigpunyent, se dio el pistoletazo de salida a la colla de los Castellers de Tramuntana y en 2023 fue el turno de la de los Boixos i Boixes de Eivissa, impulsada por jóvenes eivissencos que se aficionaron a hacer torres humanas mientras estudiaban en Cataluña. “La competencia –concluye Mallol– es sana y necesaria para la supervivencia del movimiento castellero”.

‘La guerra de los enxanetes’

En lugar de prohibir los castells, Franco optó por folklorizarlos, presentándolos como unas ‘peculiaridades regionales’ que formaban parte de una ‘patria común’, como la fiesta de San Fermín en Pamplona y las Fallas de Valencia. Sin embargo, la actividad castellera quedó condicionada por la represión de los vencedores. Algunos castellers murieron durante la Guerra Civil, otros fueron posteriormente asesinados o encarcelados y los que pudieron partieron al exilio. Las poblaciones donde existían colles antes de la insurrección militar de julio de 1936 eran Tarragona, Valls (dos) y El Vendrell (dos). Para controlarlas mejor, en las localidades donde había más de una, la dictadura decretó la fusión en una sola. Y para que quedara claro para quién actuaban, algunas enxanetes fueron obligadas a modificar el característico gesto de la aleta que hacen con el brazo al coronar la cima. La hubieron de estirar un poco más a imitación del saludo fascista.A partir de la década de los 50 se fue recuperando la normalidad y el hecho castellero ganó en vitalidad. Entonces nacería una gran rivalidad entre las colles de Valls y el resto, que desencadenó la conocida ‘guerra de los enxanetes’. En una época en que las actuaciones eran remuneradas de manera individual, hubo castellers que puntualmente cambiaban de camisa –en sentido literal– para poder cobrar un extra. Con el tiempo, se decidió dejar de pagar a los castellers adultos, pero no a los más pequeños. Estos, sin embargo, también acabarían quedándose sin paga. A cambio, tuvieron otros incentivos, como el material escolar de franc o la posibilidad de ir a la nieve o de colonias. Hoy las colles cobran por actuación, pero no de manera individual como se hacía antiguamente.En 1975, con la muerte de Franco, las torres humanas cobraron más protagonismo en las calles como elemento reivindicativo de la cultura catalana. En 1992 serían muy vistosas en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. En 1994 el Canal 33 empezó a cubrir las diadas castelleras, lo que provocó un auténtico boom castellero. A finales de los 90 se habían creado unas sesenta colles, el doble de las que había diez años atrás. Hoy hay un centenar integradas dentro de la Coordinadora de Colles Castelleres de Catalunya.En 2010 la Unesco declaró los castells Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. La ciudad de Valls, en el Camp de Tarragona, es la capital. Desde 2023 acoge el Museu Casteller de Catalunya. En la actualidad el movimiento no para de ganar adeptos en el extranjero, a menudo por iniciativa de catalanes residentes. Así, hay colles en países como Chile, Canadá, Suecia, Bélgica, Dinamarca, Suiza, Italia, e incluso en Australia y en Japón. También las hay en Madrid y en el País Vasco.

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