Tríptico aterrizado (II): Las rosas
Tener los pies en la tierra es aterrador. Asusta, porque la realidad es un presente con más de cuarenta conflictos bélicos, en un planeta en el que un 1% de los humanos acumulan casi la mitad de la riqueza económica, y en un país en el que solo un 1% y pico de la población lee poesía. Sin embargo, la gravedad nos empuja a hacerlo. Saltando de puntillas o a pata coja, con una pierna en el aire, y haciendo como si todo fuera un azar o voluntad de dioses en los que no creemos, podemos conseguir la ilusión del vuelo. Es en contacto con la corteza de la Tierra, allí con el 40% de especies de insectos que ya están en peligro de extinción, donde encontraremos una especie de recompensa inmaterial e intangible: aterrizados y enlazados, nos sentiremos parte de algo que tiene la posibilidad de moverse.
La primera escena se desarrolla en un taller de poesía y electrónica con los menores del centro socioeducativo Es Pinaret. Les llevamos instrumentos que pueden tocar, micrófonos para grabar la voz y el poema Gaspar Hauser n.2, de Blai Bonet. El objetivo es que un puñado de chicos y chicas que son niños privados de libertad, deconstruyan el poema de Blai y creen uno nuevo, que resuene y baile con su pena, su culpa, su incomprensión, el miedo y el deseo de un futuro, tras los barrotes metafóricos de una prisión real. Leen, primero con gestos de disgusto porque saben muy poco o nada de catalán, “que cada uno sea titular de su vida”; van cogiendo confianza con el verso que dice “que nadie ponga su nombre bajo un acto que le obliguen a hacer”, y cavilan sobre él; hasta que osan emplear la entonación y el gesto, cuando llegan al verso donde Blai afirma que “ningún hombre está autorizado para dejar de ser la belleza”. Al final, todos quieren decir “madre a su madre” en voz alta, cantando. Al final: una rapsodia coral y risas y choques de manos y aplausos, muchas sensaciones entremezcladas y chispas de futuro en los ojos de unos niños y niñas que, heridos, despreciados, desamparados, se extraviaban por los senderos del dolor y el mal. Las educadoras que, con vocación y profesionalidad, dedican cuerpo y alma a la chiquillería maldita, enmudecieron, reían y lloraban: no habían visto muy clara la propuesta de trabajar este poema de Blai; nosotros fuimos convencidos de que si celebramos un poeta, deberíamos hacerlo siempre teniendo presente el material, el contexto, la intención de su poesía.
” con los versos donde “de los huéspedes de la tierra, es el hombre todavía / el único que lo envilece”. Entono las palabras sibilinas de En la tercera escena, el Institut d’Estudis Baleàrics me invita a poner voz a los poemas de Joan Alcover. A mí, que solo soy mallorquina de adopción, el hecho de que se me cite en una ocasión tan solemne me pone muy nerviosa: quiero aprovechar la presencia de unos representantes políticos que no me representan, para seleccionar los textos más críticos y combativos de Alcover, y festejar su legado de tal manera que solo quien de verdad lo honra se sienta partícipe de la fiesta. La responsabilidad hace que me enrolle, y mezclo “los poetas que cantan la tragedia” con los versos donde “de los huéspedes de la tierra, es el hombre todavía / el único que la envilece”. Entono las palabras sibilinas de La Balanguera, recordando que el ayer por las raíces, el hoy por los tallos y el mañana en los pétalos de rosa que se mustian son la misma cosa, viven al mismo tiempo (en la misma Tierra) –y que la poesía existe porque no nos olvidamos.