Los ídolos son como las amistades: asumimos que nos decepcionarán
Estimar a los artistas que nos han marcado implica aceptar sus contradicciones, cuestionar sus decisiones y asumir que separar la obra del artista también dice cosas de nosotros
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PalmaMe quitaré esto de encima pronto. Lo diré sin rodeos: me va demasiado bien separar al artista de la obra. No es ningún dilema para mí. Me da miedo lo cómodas que se sienten dentro de mí las contradicciones. Parece que han encontrado un lugar amplio y cómodo, que no se pelean. Siempre me ha pasado: quizás me falta moral y me sobra hedonismo. Tengo celosas las cosas que me hacen disfrutar. El placer se antepone al sentido común y me permite, en la soledad de mi pantalla y mis auriculares, consumir artistas que no me atrevería a confesar públicamente y otros que sí, con cierta vergüenza.
No me planteé dejar de escuchar a C Tangana cuando publicó una foto en la cubierta de un yate rodeado de mujeres en bikini, ni a Rosalía por abrazar la fe o el negocio de la vivienda, ni a Bad Bunny por convertir La Casita en el nuevo canon de belleza femenina. Pude pasar por alto la mirada sexualizadora de Sorrentino en Parthenope y la de Bigas Luna en Jamón, jamón. Si para leer a Lorena G. Maldonado tengo que pagar una suscripción a El Español, lo seguiré haciendo. Y, por supuesto, no seré capaz de renunciar a la nueva temporada de Girls después de que Lena Dunham haya comprado un bebé. ¿Me convierte esto en peor persona? ¿Debería revisar mis valores? ¿Soy una hipócrita?
Trato a los ídolos –a los y las artistas ídolos– como a las amistades. Los acabo queriendo y los coloco en lugares que yo he elegido especialmente para ellos. Lugares importantes, dentro de mí. Porque me han acompañado, porque nadie como ellos me conoce verdaderamente y, sobre todo, porque me han hecho sentir algo. De hecho, hay artistas que me han hecho sentir muchas más cosas que según qué amigos. Y, por eso, forman parte de mí. De alguna manera, tenemos un pasado en común, unos recuerdos que –por desgracia y ajenos a las decisiones que tomarán en un futuro– nos vinculan para siempre. Incluso cuando queramos defenestrarlos de nuestras vidas, continuaremos atados por un hilo de pescar, fuerte y fino, capaz de desmembrar todo lo que se interponga entre nosotros.
Mis ídolos son como mis amistades: he acabado asumiendo que me decepcionarán. Que puede ser que me rompan el corazón y que cuanto más arriba los coloque, con más fuerza caeremos. Así que intento mantener un compromiso: antes de que esto pase, un distanciamiento a tiempo o, en el peor de los casos, una ruptura preventiva. Pero, con los ídolos me pasa como con las amistades, que abandonarlos, a ellos, es abandonarme también a mí: a aquella parte que nació el día que los conocí, a aquel rincón de la memoria que ellos me recuerdan que tengo, a las sensaciones que solo responden a su existencia.
Definirnos –saber quiénes somos, encontrar nuestra identidad– es uno de los anhelos más grandes; y sentirnos comprendidas, el mejor consuelo. Esta es mi debilidad. Tengo tendencia al fanatismo, quizás. Puedo venerar muy apasionadamente, con estrabismo y lealtad. Y todo porque soy adicta a la sensación de mirarme en alguien más, a las cosas que siento que hablan de mí sin que me hayan conocido nunca, a todo aquello que, a pesar de trascenderme, me interpela. Me aferro a ello con peligro, aunque me hunda con ellas. Defiendo aquello que me da sentido con la misma inconsciencia que defendería a una amiga a la salida del patio de la escuela cuando alguien la persigue buscando pelea.
Con los ídolos, pasa como con las amistades: hay que conocer sus virtudes, pero también sus defectos, y señalarlos sin miedo a lo que esto diga de nosotros. El mimetismo es así, nos obliga a soportar todas las aristas de nuestro reflejo, incluso aquellas que delatan nuestros privilegios. Nos gustaría que nuestra amiga nos priorizara por delante de todo –de las parejas y las aficiones–, que nuestro cantante denunciara el genocidio en Palestina, que nuestro amigo abriera la mente –a nuevas relaciones, nuevos trabajos–, y que nuestra columnista de referencia fuera antitaurina. Pero solo nosotros podemos hacernos cargo de nuestras expectativas. A los ídolos, y a las amistades, hay que someterlos a la misma coherencia que una es capaz de garantizar.
Eres una cobarde si no estás preparada para el castigo (me lo digo a mí misma). Ni la personalidad, ni las relaciones, se pueden construir a cualquier precio, ni con miedo a las consecuencias. Cuando realmente se ponen a prueba es cuando las cosas no son como esperábamos. Y en la dignidad ante la decepción es donde se mide la integridad humana. Hay que estar preparadas para desmontarnos y deshacernos en aquellas piezas que nos conforman para descartar las defectuosas, aunque quedemos huérfanas, aunque perdamos la parte proporcional a un brazo o una pierna. Hay que estar preparadas para el duelo, para recordar –en silencio y con compasión– lo que habíamos sido y contemplar el vacío que hemos dejado, porque vale más no ser que ser aquello que no somos.