He perdido la espontaneidad: el disfrute también tiene que ser planificado
Somos quienes somos cuando seguimos un patrón, ¿cuando estamos dentro de nuestros márgenes? ¿Somos lo que somos por repetición?
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PalmaHe perdido la espontaneidad con mi pareja, mis amigos, mi familia, mi trabajo, aquello que hacía porque me gustaba. Me lo recuerda la foto que veo de una chica estirada en la cama al lado de su chico. La escena se intuye lo suficiente para detectar que ella no lleva camiseta. La foto está movida, ella ríe con un gesto de vergüenza y atrevimiento, y él se esconde. ¿Cuándo fue la última vez que nos hicimos una foto así? Sin pensar, porque dejamos que el momento nos sorprendiera y dijimos esto sí, esto sí que tenemos que inmortalizarlo. ¿Cuándo fue la última vez que nos dejamos llevar sin pensar? Sin calibrar si era buen momento, si teníamos tiempo para no pensar. ¿Cuándo fue la última vez que me dejé llevar juguetona, inconsciente?
Creo que me ha dejado de gustar la espontaneidad porque ya no sé disfrutarla. Es como aquella amiga divertidísima con la cual te cuesta entenderte porque te demuestra que tú no eres tan divertida. En lugar de una posibilidad, una ventana a la vida real, me representa una amenaza contra elstatu quo de mis días, rígido como un militar, inestable como un Jenga. Y, como con aquella amiga, la evidencia de lo que me falta: la capacidad de improvisar, de disfrutar de una sorpresa, de un cambio de planes.
¿Somos quienes somos cuando seguimos un patrón, cuando estamos dentro de nuestros márgenes? ¿Somos lo que somos por repetición? ¿Nos hace ser quienes somos aquello conocido, las personas, las rutinas? ¿Somos quienes somos cuando lo tenemos todo controlado porque solo esto nos da la paz suficiente para ser quienes somos? ¿O somos quienes realmente somos cuando no tenemos hora de llegada, cuando decimos “un día es un día”? ¿Somos quienes somos, en el fondo, en la excepción? ¿Somos quienes somos en el caos, cuando nada tiene importancia?
Entre una cosa y otra, me queda poco margen para la espontaneidad, para jugar, para inventar –por ejemplo– cómo serían las personas propietarias de los muebles que encuentro tirados en la calle el día de los trastos. Me lo recuerda el tocador de plástico rosa fucsia, lleno de pegatinas en forma de corazones y estrellas, abandonado al lado de una butaca de madera maciza tapizada de un terciopelo ahora descolorido. Dos personalidades diferentes e igualmente caricaturizables. Podría escribir una historia de cada una.
Pero he olvidado que existen estas posibilidades, igual que algún día mi ahijada olvidará que existe la posibilidad de elegir la sombra de ojos azul Frozen para maquillar o de hacer “la lateral en el saltador”, como dice ella. Me gustaría tener la espontaneidad de las criaturas y escribir como hablan ellas: directas y sin explicaciones, dando por hecho que todo el mundo conoce su lenguaje –incluso los términos que han inventado– porque, casi siempre, se piensan que su interlocutor sabe más que ellas.
Cuántos no que podrían ser síes
Un día empecé a tomarme la vida demasiado en serio y ahora todo es solemne y serio: cumplo con mis deberes y necesidades como si alguien me estuviera supervisando. Y no, solo soy yo, monitorizando mi sistema de autoexplotación. Estoy en una misión constantemente. Necesito rellenar, estructurar y compartimentar, todos los días, horas, minutos, segundos de mi semana para que todos mis sueños se hagan realidad. Amar a la gente que amo, escribir, ser económicamente independiente, tener un cuerpo que envejezca con dignidad. Pequeños sueños sometidos a una cadena de producción sin fisuras (si no te atreves a modificar el guion).
Así que digo no. No, no vengo a comer porque hoy he traído táper. No, hoy no, que no estoy depilada. No, un café no, que ya me rompe toda la mañana. No, que tengo que descansar. No, que tengo la cabeza en otro lugar y no soy capaz de sentir tus manos en mi piel. No, que estoy tan angustiada que nada me hace gracia, que no sé reír. No, que hoy estoy como hinchada. Por favor, no: hoy no puedo, ahora no puedo, esta semana no puedo. Tengo que continuar con todo esto que tenía que hacer. Querría, sí, me encantaría, pero ya no puedo decir que sí a más cosas. El almacenamiento está completo. Tengo que vaciar contenido porque, si no, me asfixiaré y no, no podré disfrutar de nada más de lo que me puedas ofrecer.
Cuántos nos que podrían ser síes, si pudiera, si no hubiera perdido la espontaneidad, si me dejara atrapar por el disfrute, de imprevisto. Si no quisiera controlarlo, incluso a él, para colocarlo los sábados y los domingos, a partir de las doce del mediodía.