Las concentraciones ‘en solidaridad con Ceuta’ de esta semana han calentado un poco más nuestros días, si eso era posible todavía. A la humedad de este septiembre se ha añadido el hedor ácido del moho más rancio de la españolidad caduca. Los catalanes hemos tenido que recibir siempre, y recibimos todavía, lecciones de cómo debemos afrontar nuestra liberación nacional. Mientras tanto, cuando España se quita la careta de cordero degollado bien pronto asoma el lobo del fascismo.
Pero hablemos de Ceuta. La tromba humana de 80.000 personas que cayó sobre esta localidad, ha puesto otra vez sobre el mapa esta colonia española en África, que la metrópoli, tan amable como cínica, denomina “ciudad autónoma”.
Ahora resulta que todos estos patriotas tan solidarios sienten pena por la gente de Ceuta… “que es tan España como el resto de España”, dicen. Pero Ceuta, como Melilla, no es nada más que una colonia. ¿Cuántos conocéis, que fueron destinados a someterse a aquella tortura que llamaban ‘servicio militar’? Ceuta, y Melilla, son ciudades militarizadas, un nido de funcionarios y militares que acuden allí a preservar la buena salud colonial. Desde 1979, solo en el apogeo socialista de Felipe González ha habido alcaldes que no hayan sido de la derecha española. Aunque más del 40% de la población es de religión musulmana, hasta 1995 no fue elegido el primer concejal musulmán en Ceuta, y tan colonial es la cosa que nunca jamás han tenido un alcalde de la religión de Mahoma.
Mientras tanto, los fascistas (llamarlos españolistas, intolerantes, agresivos, violentos o supremacistas sería blanquearlos) que han ido a hacer turismo facha a Ceuta, tan solidariamente españoles son que, a la hora de apalear, insultar y escupir, no han hecho distinción entre los marroquíes de Marruecos y los marroquíes de DNI español. Total, para ellos, eran todos de la misma clase.
El impacto de este movimiento tumultuoso es innegable. La parálisis del gobierno español, también. Han sido incapaces de satisfacer las necesidades más básicas de la gente desplazada y tampoco de garantizar la seguridad de los residentes de Ceuta. Pedro Sánchez ha necesitado un mes para salir a decir alguna palabra en torno a la cuestión. Quizás porque no sabía qué debía decir. Quizás, también, porque en el fondo, no dejaban de hablar de una colonia… y ya se sabe que para las metrópolis, las colonias somos el último mono del credo.
Marruecos, Israel, Estados Unidos, Rusia… da igual qué gran secreto geopolítico se esconde detrás de la turba de los 80.000. El caso es que ha pasado y que ahora una gente que no sabe ni cómo se llama el pueblo de al lado de su casa sale a decir que “Ceuta es nuestra, que Ceuta es España”, en un inverosímil giro patriótico de banderas y saludos a la romana. Estos mismos son los que avalan la persecución de los migrantes que han entrado en Ceuta estos días. Los que impulsan a cara descubierta “la caza del moro”, los que les queman la tienda de campaña improvisada y les arrebatan las pocas pertenencias con las que tienen que pasar estos días. Una deshumanización en toda regla. ¿Os suena de algo?
“A ver si os violan a todas”, “esperamos que en un futuro esto que habéis hecho hoy sea considerado delito de traición”, “ya es hora de cavar zanjas para poneros a todos”, “sois unos violentos y solo sembráis odio”. Estos son algunos de los eslóganes impunes que el fascismo manacorí ha escupido hacia los contramanifestantes que el miércoles pasado leyeron un manifiesto reclamando el cumplimiento de los derechos humanos para todas las personas afectadas por este movimiento tumultuoso de gente en Ceuta.
Uno no sabe cómo se puede llegar a configurar un cerebro para contener tanto resentimiento irracional, tanto odio y tanto asco, hacia el otro. Uno no sabe, tampoco, qué capacidad de reflexión puede haber, dentro de esta dinámica futbolera de insultar al contrario solo porque es el contrario y de engañar al árbitro para ganar aunque sea haciendo trampas, en vez de pensar que en la disputa del partido puedes disfrutar de jugar, de debatir y de mejorar la competitividad en el adversario para poder disfrutar más del momento del juego y construir un deporte o una convivencia mejores.
Pero no. Ni la razón ni el debate político noble se usan, hoy en día. La mentira va delante y la siguen la humillación del adversario, la zancadilla traicionera y la patada lesiva. La España exaltada ha salido a la calle. Son un imperio decadente y rabioso. Una manada de lobos con las fauces empapadas de babas, hambrientos de territorios que no visitarán nunca y que solo defienden el día que sienten amenazada una territorialidad que conciben como milenaria e intocable. Es lo mismo que les pasó cuando una parte de nuestro país quiso votar. Empujones, patadas, porras y pelotas de goma. La escenificación perfecta del A por ellos (volvemos al fútbol) del rey Borbón, que ahora también dice que quiere dar un salto a Ceuta. Hacía veinte años que ningún monarca español había puesto un pie allí.
Más valdría que hiciera como su padre con el Sáhara en 1975 y no ir más a remover abejas por África.