El colapso de las aulas: "Los profesores hacen más horas de clase para reducir las ratios"

Un curso más, la diversidad del alumnado crece mientras los centros reclaman más recursos para poder dar una atención individualizada y garantizar una educación de calidad

Un aula del IES Ramon Llull.
06/09/2026 - 17:26 h.
6 min

PalmaLas aulas de las Baleares están cada vez más masificadas, pero el problema no siempre se puede ver en una cifra ni en un incumplimiento de las ratios máximas. Hay clases con 24, 25 o 30 alumnos que cumplen la normativa y que, sin embargo, no dan más de sí. El motivo es que dentro de las aulas conviven cada vez más realidades y requisitos diferentes: alumnos con necesidades educativas especiales, recién llegados que todavía no dominan la lengua, dificultades de aprendizaje, ritmos diversos o situaciones sociales y emocionales que requieren una atención individualizada. La legislatura educativa acaba así como empezó: con las aulas masificadas y la vulnerabilidad del alumnado en aumento.

Para el STEI, el problema es que el sistema educativo continúa midiendo la presión sobre las aulas sobre todo a partir de un máximo numérico que no refleja la complejidad actual de los grupos. “No es lo mismo tener una ratio determinada en un aula donde todos los alumnos tienen unas necesidades similares que tenerla en un aula donde hay una diversidad mucho mayor”, señala Vicenç Garcia. A su parecer, esta realidad hace que una ratio que sobre el papel es asumible pueda resultar insuficiente en el día a día: “Con 25 o 30 alumnos, el profesor no puede dar a cada uno la atención individualizada que necesita”. La cuestión, por tanto, no es solo cuántos alumnos hay dentro de un aula, sino qué recursos hay para atenderlos.

En Ibiza, los directores describen esta tensión desde la realidad de los centros. Francisco Tienda, presidente de la Asociación de Directores de Secundaria de las Pitiusas y director del IES Quartó de Portmany, admite que las ratios no son necesariamente desmesuradas en todos los centros: en su instituto son 24 o 25 alumnos en Secundaria y pueden llegar a 30 en Bachillerato, en unas instalaciones que todavía tienen barracones. El problema, sostiene, es lo que pasa dentro de estos grupos. “Estamos dentro de los límites legales, pero eso no basta para atender a todo el mundo”, afirma. Tienda apunta así a una consecuencia concreta de la situación: “El nivel de atención que requiere el alumnado con dificultades es mucho más elevado” que antes, en un contexto en el que también ha aumentado la diversidad de los grupos.

Esto obliga a los centros a hacer equilibrios. Tienda explica que algunos institutos aprovechan los horarios para introducir codocencia y poner a más de un profesor dentro del aula. “Esto se debería hacer de base, pero como esto no llega, tenemos que reforzarnos jugando con los horarios”. "En Secundaria, los docentes tienen 18 horas lectivas, pero en mi centro hemos llegado a acuerdos con el profesorado para que hagan 20 o 21 de clase para poder tener más profesores dentro de las aulas y reducir las ratios. Es una fórmula para ganar capacidad de atención que evidencia, a la vez, la presión con la que trabajan los centros", dice.

La consecuencia es que la masificación acaba afectando a todos los alumnos, no solo a aquellos que necesitan más apoyo. Cuando un profesor tiene que atender simultáneamente niveles, ritmos y necesidades muy diferentes, tiene menos tiempo para detectar quién se queda atrás, adaptar una actividad, explicar de nuevo un contenido o hacer un seguimiento individual. “El profesor acaba haciendo un trabajo de contención, intentando llegar a todo, cuando debería poder dedicar tiempo a enseñar, acompañar y detectar las necesidades de cada alumno”, dice Garcia.

La inclusión es uno de los ámbitos donde esta contradicción se hace más evidente. El sistema educativo apuesta por escolarizar dentro de las aulas ordinarias cada vez a más alumnos con necesidades específicas, pero esta inclusión requiere recursos. “Cuando no hay suficientes recursos humanos ni espacios adecuados, la inclusión se convierte en una declaración de principios”, denuncia el representante del STEI. Pone el caso de un alumno que necesita apoyo específico: “Puedes tener a un alumno NEE dentro de un aula ordinaria, porque es lo que establece el modelo inclusivo, pero si el maestro no tiene el apoyo necesario, si no hay especialistas suficientes y si el aula está saturada, aquel alumno no recibe la atención que necesita".

Tienda aporta un ejemplo de la dimensión que puede llegar a tener esta situación. Un centro de cuatro líneas puede encontrarse en primero de ESO con cuatro alumnos con Trastorno del Espectro Autista (TEA) que necesitan una atención personalizada y disponer solo de un auxiliar técnico educativo. “El personal de atención individualizada será muy necesario y, cada vez, hay menos”, alerta.

Más conflictividad

La falta de recursos también tiene consecuencias sobre la convivencia. “Las aulas saturadas también acaban afectando a la convivencia y a la capacidad de los centros para dar una respuesta adecuada a los problemas que surgen”, dice Garcia. Con más alumnos y menos margen para hacer un seguimiento individual, es más difícil prevenir conflictos o detectar a tiempo situaciones de dificultad. Y esta presión acaba llegando a los docentes. Tienda habla de “mucho burnout” y de un trabajo que “es cada vez menos atractivo”.

Las familias comparten parte del diagnóstico. Xavier Ferriol, presidente de la Federación de Familias de Mallorca (FAPA), considera que “las ratios siguen siendo muy altas y eso dificulta mucho poder trabajar dentro de las aulas”. Pero insiste en que la masificación no se puede separar de las condiciones materiales. “No es solo una cuestión de tener más o menos alumnos, sino de las condiciones en las que se trabaja”. Hay centros, señala, donde faltan espacios y recursos adecuados.

También SIAU, en boca de Joan Crespí, sitúa la saturación de las aulas entre los principales problemas de la enseñanza pública durante esta legislatura. El sindicato considera preocupante que los centros tengan que afrontar aulas cada vez más complejas mientras los recursos no crecen al mismo ritmo. SIAU denuncia que en la escuela pública se han perdido líneas y profesorado mientras aumentaban las líneas de la enseñanza concertada y privada.

Las infraestructuras son otra pieza del mismo problema y por todas las Baleares hay muchos edificios construidos en los años sesenta, setenta y ochenta con carencias de mantenimiento. “Vamos detrás de las necesidades. Yo tengo mobiliario de los años 80, completamente obsoleto”, lamenta Tienda. Los directores también denuncian que el IBISEC no tiene suficiente capacidad para responder con rapidez a las necesidades de los centros. “Nosotros ahorramos un poco cada año por si tenemos que resolver alguna cosa, porque si tenemos que esperarles, podemos morir", dice. SIAU coincide en el diagnóstico de falta de recursos en los centros públicos y reclama que las infraestructuras educativas estén a la altura de las necesidades actuales. El sindicato señala que el deterioro de las condiciones materiales se suma a la saturación de las aulas y dificulta todavía más la capacidad de los centros para dar una respuesta adecuada al alumnado.

La climatización es probablemente el ejemplo más visible de esta distancia entre las necesidades de los centros y la velocidad de respuesta de la Administración. FAPA recuerda que hace años que las familias compran ventiladores para escuelas e institutos. Tienda avisa que el ritmo del plan de climatización es insuficiente: “Al ritmo que vamos, será en 2050 cuando todo esté climatizado”. Para Garcia, el problema es más amplio: “Las infraestructuras son básicas y no están a la altura de las necesidades actuales del sistema educativo”.

La concertada, ¿un oasis?

No todos los sectores perciben de la misma manera el aumento de la presión en las aulas. Kiko López, presidente de la sectorial de Enseñanza de UCTAIB, asegura que las cooperativas no han notado una subida tan acusada y defiende que “la diversidad no es una novedad”. “El mundo es diverso y la solución es la inclusión”, afirma. A su parecer, el reto es mantener la escuela como “un espacio de confianza para las familias y para los alumnos”. También señala que hoy se detectan con más precisión necesidades que antes quedaban agrupadas bajo diagnósticos mucho más generales.

El debate, por lo tanto, no es si la diversidad es un problema, sino si el sistema dispone de los recursos necesarios para atenderla. Esta será una de las grandes cuestiones del último curso de la legislatura, que coincidirá con las elecciones sindicales y las autonómicas. Los sindicatos reclamarán un nuevo impulso a las medidas pendientes del anterior Acuerdo Marco y pondrán sobre la mesa nuevas demandas. Pero la cuestión de fondo va más allá de saber cuántos alumnos caben legalmente dentro de un aula: ¿cuántos puede atender un docente antes de que la masificación le impida atender a cada alumno como necesita? Es en este punto donde una ratio deja de ser una cifra administrativa y pasa a determinar la calidad de la educación.

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