05/05/2026
Profesor de la UIB
4 min

El partido patriota español pro-Trump lo ha vuelto a hacer: ha colado en la agenda mediática y política una nueva propuesta racista y excluyente, que aprovecha los malestares diversos de la sociedad para cargar contra las personas más vulnerables. En otros momentos han sido las mujeres víctimas de una violencia machista que, según ellos, no existe. También los menores de edad convertidos en bestias a quienes debemos revisar la dentadura. Ahora, ha tocado uno de los colectivos contra quienes más suelen pegar: las personas migrantes. Con la propaganda típica y tópica de los fascismos de antaño y de hoy: los españoles, primero. Los ‘nuestros’, primero.

Lo hacen, también, desde la comodidad de quien no se atreve a gobernar, pero sí a arrastrar con ellos al precipicio de la indecencia a una derecha institucional cada vez menos moderada. Lo hemos visto con el proceso de regularización, donde incluso los de Feijóo y Prohens se han tragado la contradicción de ir en contra, ya no solo de los derechos humanos, sino de la posición de la iglesia católica y, hasta incluso, de los intereses de unos empresarios que suelen guiar su acción de gobierno a cualquier nivel.

Lo peor de este último mantra de la extrema derecha, la ‘prioridad nacional’, es su naturalización por parte de la clase política y mediática. Hemos acabado aceptando que es un debate legítimo, un tema más sobre la mesa de los tertulianos de turno, obviando que es el primer paso para retomar los episodios más oscuros del siglo XX, aquellos que han permitido segregar sin miramientos a aquellos colectivos que el dictador de turno ha considerado indeseables: gitanos, judíos, musulmanes, extranjeros en general. ¿Qué será lo siguiente, además de denegar ayudas a quien más lo necesita, independientemente de la condición conveniente que se determine desde el poder: hacer que los que no son ‘de aquí’ sienten en la parte de atrás del autobús? ¿Colas separadas para entrar al hospital? ¿Se aplicará esto, por ejemplo, al personal de hostelería que tiene que pelearse con los guiris para coger el mismo autobús para ir a trabajar? ¿Y a los extranjeros ricos que se alían con los ‘de aquí’ para hacernos la vida imposible y hacer girar la rueda que nos hace a la mayoría cada vez más pobres, se les pondrá algún límite?

La ‘prioridad nacional’ opera, en realidad, como un instrumento de opresión para la mayoría de la población, porque aparca nuevamente la prioridad de las prioridades, especialmente en un contexto como el nuestro: la prioridad habitacional. De hecho, esta misma semana se ha presentado el primer informe Horizontes, que recoge la percepción de la población española sobre multitud de temas y subraya la sensación de miedo e incertidumbre que impregnan el debate público. El informe muestra una sociedad preocupada a todos los niveles, donde la mayoría de la gente percibe la realidad como más inestable y más insegura que hace una década, y ve con temor el incremento de poder de las multinacionales tecnológicas. 

En el caso de España, los buenos indicadores macroeconómicos son incapaces de tapar unos malestares que crecen, y que se manifiestan en forma de una incipiente desconfianza en la democracia. Porque la democracia no está amenazada sólo por una extrema derecha que no cree en ella, sino por la incapacidad de los mandatarios democráticos para resolver los problemas de la ciudadanía. Si la economía, que atraviesa nuestras vidas –por ejemplo, con la innegable pérdida de poder adquisitivo en los últimos años–, queda al margen de la toma de decisiones democráticas, tenemos un problema, y muchos de los malestares sociales nos remiten a esta cuestión clave. 

La prioridad habitacional también emerge en el mencionado informe, que sitúa el tema de la vivienda como uno de los principales problemas de la población, muy por encima de la inmigración, pero la política –señala esta investigación– infravalora su importancia. Si todo el mundo, independientemente de su ideología, está de acuerdo en que el acceso a la vivienda es un gran problema, ¿por qué no se aprueba ninguna medida que proteja a las personas sin vivienda o con riesgo de perderla, como acaba de suceder en el Congreso de los Diputados? ¿Por qué no se limitan los precios de la vivienda? ¿Cuál es el carnet de españolidad de una especulación que amenaza un derecho humano y constitucional y la posibilidad de armarse una vida, una familia, la libertad…?

La prioridad habitacional es el contrapunto de la ‘prioridad nacional’. No solo porque pone en evidencia la hipocresía de un patriotismo basado en mentiras y apelaciones propagandísticas a una identidad nacional pura que no ha existido nunca, y a privilegios que en realidad son de clase. La prioridad habitacional es el contrapunto, sobre todo, porque la defensa del derecho a una vivienda digna tiene la potencialidad de pasar de ser el gran problema de esta sociedad, al gran aglutinador que nos una. Incluso nuestro himno, que pronto celebraremos de la mano de la Obra Cultural, lo tenía claro: la Balanguera hila el futuro, pero sin casa no puede haber un mañana.

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