29/11/2025
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Al día siguiente de la clausura de la COP30, cerrada a toda prisa y con nerviadas como las anteriores, quise conocer sus conclusiones. Gogué un rato y consulté a varios medios de comunicación reputados, nostrats e internacionales. Me costó o, mejor, me resultó imposible encontrar un listado concreto de los acuerdos alcanzados. Porque son huelgas y porque ya no interesan tanto. Fuerte, ¿eh? Nanda Ramon lo clava en su último artículo en el ARA Baleares: con el cambio climático cada día nos jugamos más, pero, paradójicamente, cada vez nos interesa menos. Me da la impresión de que incluso –¿o para empezar?– los señores de la COP, que tienen poder y recursos para que la carrera hacia la nada cambie de dirección, parecen cansados ​​y abúlicos. ¿Puede que esto que parece un creciente desinterés sea inducido y que tal vez también lo fuera la estimulación del interés cuando la crisis climática era la Gran Prioridad?

La involución de la Comisión Europea es digna de atención. En sólo dos años ha pasado de pregonar el Green Deal como la madre de todas las políticas europeas, en hacer pierna de conejo. ¿Cómo? ¿No era éste un compromiso irrenunciable, la última oportunidad para salvarnos del apocalipsis? En 2025 la UE ha roto la dinámica de los últimos años y vuelve a elevar el consumo de combustibles fósiles. La Comisión ha decidido prorrogar hasta 2040 la fabricación y circulación de vehículos diésel y ha pospuesto otros objetivos que hace dos días anunciaba como líneas rojas, y que malos eran los demás que no hacían lo mismo.

Estas abdicaciones de hoy casan mal con la vehemencia de ayer. El avance de la extrema derecha en toda Europa tiene algo que ver, claro. Su ascenso ha modificado los equilibrios políticos tradicionales y su negacionismo climático condiciona ahora las políticas de la Unión. Pero esto, en lugar de justificar las renuncias, todavía las hace más impertinentes: quien va con una almohada, al cabo del año lo son ambos, y quien cede un mínimo de espacio al fascismo y sus sucedáneos entra, con agrado o por fuerza, dentro de su órbita.

Seamos atrevidos: ¿hasta qué punto la ambición de la UE ante la emergencia climática es auténtica? ¿Es posible que bajo la devoción ecologista, ahora venida a menos, hubiera un juego de intereses no tan verdes? La reanudación de la carrera armamentista para defender a Europa ante hipotéticas agresiones exteriores no es sólo una amenaza para la paz. La fabricación de nuevo armamento, el crecimiento de los ejércitos y la realización de pruebas, maniobras y ejercicios supondrá un coste en recursos y energía descomunal y un repunte de emisiones de CO2.

Ganan crédito las voces críticas que acusan a la UE de tener motivos menos nobles y no confesados ​​para impulsar la transición energética hacia las renovables. Básicamente, la necesidad de Alemania, y de rebote de toda la Europa continental, de dejar de depender del gas ruso. La morterada de dinero inyectado vía fondos europeos para acelerar la instalación de placas solares y parques eólicos tiene, sin duda, unos efectos climáticos positivos, pero no está de más preguntarse a quién está beneficiando todo este monumental gasto.

Todo esto rebota en las políticas estatales, autonómicas y locales, que dependen en parte de los fondos europeos. Comparamos el presupuesto del Ibavi con el montante de las convocatorias de ayudas para la instalación de placas de autoconsumo y nos llevaremos el primer susto. Y sigamos: ¿quién se ha beneficiado de los millones que la CAIB ha dado en subvenciones para instalar placas solares de autoconsumo? Los listados públicos de beneficiarios (¡oh, BOIB!) ayudan a dibujar un mapa tan interesante como impúdico. En alguna resolución, el 50% de los linajes son extranjeros y no precisamente del Sur global. No encontrará Mohameds ni Diops (¿quién es que nos toma qué?) pero sí nombres de famosos españoles y extranjeros, a los que les hemos pagado con fondos públicos la sostenibilidad de sus mansiones de lujo. Algunos han recibido hasta 30.000 € por poner aerotermia, baterías y forrar de placas toda la cubierta de una casa que no es ni su casa sino una segunda residencia. Pero, ay, si eres un residente que sólo tienes un pisito que sí es tuyo, apenas recibirás 5.000 € de subvención, porque no puedes cubrir toda la azotea: ¡tienes que dejar espacio para tender la ropa!

A pie de calle la gente siente que tiene más problemas con la vivienda que con las emisiones de CO2, pero incluso en estos tiempos de rebajas de la emergencia climática, las instituciones públicas pisan el acelerador para subvencionar placas en las casas de quien pueda pagar el 70% no subvencionado. Por el contrario, las propias instituciones van a paso de tortuga para garantizar un techo digno a la gente que no la tiene. Ni placas, ni techo. Es más complicado, dicen. Es cuestión de prioridades, no dicen.

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