Planeta yo

20/01/2026
Professora
3 min

Aunque ahora parezca quimérico, hubo un tiempo en el que los humanos compartíamos consensos en muchísimas materias. Incluso sobre el ahora subjetivísimo campo de la crianza infantil: "Los niños caminan al año y hablan a los dos", era la esclarecedora divisa compiladora que servía de brújula educativa en la fascinante travesía de este período evolutivo.

Con matices y flexibilidades, el ritmo del extraordinario crecimiento madurativo de los humanos durante los dos primeros años de vida se convertía en consenso colectivo, se ordenaba entre hitos objetivos y se transmitía de generación en generación. A esto se añadía otra verdad de la tribu: "Los cachorros humanos controlan los esfínteres a dos años" o "en verano de los dos años" o, en cualquier caso, "antes de empezar en la escuela". Y –aunque ahora cueste creer– mayoritariamente "se convertía".

Pero todo esto ha pasado a la historia. Como explica la periodista Helena López, la sobreprotección familiar y la llamada 'crianza positiva' han trastornado todos los paradigmas. Ahora prácticamente la mitad de los alumnos llegan con pañales al 2º ciclo de Infantil, con la argumentación de que ya dejará los trapos "cuando lo pida" o "cuando lo decida". Porque parece que la deseable 'positivado' en la crianza –observar, respetar, flexibilizar, explicar...– se ha acabado convirtiendo en un “yo no me pongo: que haga lo que quiera”.

Profesionales de aulas de cinco años reportan situaciones de cada vez más surrealistas: niños que no van de colonias porque todavía les dan el pecho, o que llegan a clase en pijama porque no se han querido vestir, o que deciden vestirse inadecuadamente (botas de agua o saba...) esperan entrar en el aula mirando el móvil del padre y chupando el biberón, o que se niegan categóricamente –y con el rotundo apoyo de la familia– a hacer las rutinas de relajación que marca la maestra después del esparcimiento porque prefieren continuar jugando...

Es cierto que siempre ha sido la y la colectividad es un gran reto pedagógico. Acaso es el momento de recordar, sin embargo, que el verdadero sentido de la educación no es sacralizar los límites de cada individuo y perpetuar, por tanto, sus limitaciones, sino conseguir su inserción satisfactoria en el entorno. Y que esto se logra a través de la socialización, de la compensación de las desigualdades de origen y de la renuncia a la propia zona de confort.

Respetar la singularidad y el ritmo personal no puede significar renunciar al crecimiento, a la maduración oa la autonomía personal. Aceptar una pauta colectiva razonable no es 'castrador' sino enriquecedor: nos hace flexibles, empáticos, adaptables... y capaces de aprender más allá de nuestras preferencias o apetencias iniciales que, a cinco años, y ya me perdonarán, pueden ser francamente limitadas y limitadoras. De hecho, es nuestra dimensión social –y no la solipsista– la que nos permite avanzar hacia la mejor versión de nosotros mismos. Confundir la necesaria atención a las necesidades de los niños y niñas con la satisfacción de cualquier deseo, va justo en sentido contrario.

Las consecuencias de esta incapacidad de poner límites a los pequeños, hace años que se perciben en Secundaria, pero con formas mucho menos 'lindas': nula tolerancia a la frustración, hipertrofia emocional, infantilización perpetua, escasa autodisciplina, dificultades de autocontrol ante las modas patológicamente inseguros e introvertidos...

Ahora, además, hemos sabido que los padres 'helicóptero' han llegado a la universidad. En el reportaje de Alba Tebar para VilaWeb se recogen testigos de nueve universidades del área lingüística. La tendencia –creciente– son padres y madres que realizan los trámites de matrícula, asisten a las tutorías, reclaman las notas... de sus hijos e hijas mayores de edad. Un dato concreto: ¡más del 50% de las consultas que recibe el servicio de información de la UPF ya las hacen los padres y no los alumnos!

Y así –totalmente desprotegidos por efecto de este exceso de protección– aterrizan a los jóvenes en el mundo real, donde la competitividad, la desigualdad, la precariedad... les aseguran el acceso ilimitado a una frustración, ahora sí, bien real. Y, sin mecanismos para enfrentarse a ellos, procuran evadirse en el consumo, la banalidad, la ficción... o en los múltiples mecanismos que hoy en día nos permiten perpetuar indefinidamente nuestra burbuja unipersonal: los perfiles 2.0, el gaming, el bodycare –en versión nailes de purpu o heavy tattoo–, la literatura del yo...

O votando –¿por identificación?– otros milhombres vanidosos, caprichosos e ignorantes –Milei, Trump...– a los que nadie supo marcar los límites cuando aún estábamos a tiempo.

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