12/07/2026
Jefe de redacción
2 min

El manual de actuación de Menos Turismo, Más Vida es un error. Desplaza el foco. Ha conseguido que se hable de violencia en vez de vivienda; de martillos, en lugar de alquileres imposibles y de activistas, en vez de un Gobierno incapaz de ofrecer respuestas. Y, además, es pueril: si pretendes sorprender a alguien, no le entregues antes el manual de instrucciones.

Es lógico que una generación joven quiera sacudir inercias y romper con unas formas de protesta que ya parecen litúrgicas. Lo que ya no es tan lógico es confundir renovación con improvisación. Si la tercera gran manifestación en tres veranos del Govern de Marga Prohens reúne a menos gente que las anteriores, habrá que preguntarse si quien falla es la sociedad o el movimiento. Porque repetir una convocatoria con el mismo marco, el mismo lenguaje y la misma puesta en escena no sirve para ensanchar la base social.

El problema empieza por lo que ahora llaman el relato. ‘Masificación’ es una palabra que solo interpela a los convencidos. Remite a playas llenas, carreteras saturadas y pérdida de paisaje. Sirve para describir una realidad, pero es demasiado abstracta para movilizar a una mayoría. La gente no sale a la calle por conceptos, sino cuando siente que la vida ha vuelto inviable.

Violencia es romper a martillazos el pomo de una vivienda de uso turístico. Pero también lo es compartir piso con 50 años, hacer 12 horas de trabajo para acabar entregando el sueldo a un rentista y saber que tendrás que irte de Mallorca para poder construir un proyecto de vida.

No encontrar sitio en la cala preferida es el problema de quienes no tienen otras. Para muchos, lo primero es no saber dónde vivirán. Los conflictos necesitan nombres, rostros e historias. La abstracción moviliza poco; la experiencia compartida, mucho. Ningún gobierno cambia de rumbo porque se manifiesten los de siempre con las estrategias de siempre. Lo hará cuando salgan a la calle quienes no lo han hecho nunca: el trabajador del sector servicios que vive en una caravana, el inmigrante, las familias monoparentales y quienes ni siquiera saben quién ocupa hoy el Consulado.

Mientras el conflicto siga llamándose “masificación”, seguirá pareciendo la causa de una minoría muy comprometida. El día que empiece a llamarse “derecho de vivir en Mallorca”, la conversación será otra. Y también lo será el coste político de ignorarla.

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