PalmaEstos días me da vueltas por la cabeza la idea tan básica de que la violencia no se puede responder con violencia. Es un principio simple y que se puede aplicar siempre, pero que se ha hecho presente después de que el colectivo Menos Turismo, Más Vida haya hecho circular un manual con recomendaciones que incluyen acciones de sabotaje contra infraestructuras turísticas. Una causa tan legítima como la que se defiende no necesita eso. Aún más, no se lo puede permitir.
Porque sí, vivimos rodeados de violencia. Pero casi nunca la llamamos así. Porque es violencia salir de casa y encontrarte que casi no puedes pasar por la calle, porque no cabes. Es violencia un aeropuerto como el de Son Sant Joan, que bate récord tras récord, sobreexplotado y vendido a la publicidad, al negocio, mientras los residentes contamos los días que podemos disfrutar de una playa sin tener que disputarnos un palmo de arena. Es violencia no poder acceder a una vivienda digna en el pueblo donde has crecido y donde tienes a los tuyos. Es violencia despertarse de madrugada por los coches y las motos que atraviesan la ciudad de Ibiza como si las calles fueran un circuito. Es violencia el turismo de hormiguero y también llegar al Caló del Moro y tener que dar media vuelta, porque rebosa gente. Es violencia que las barcas ocupen las calas hasta el punto de convertir el mar en un aparcamiento.
Lo es, violencia, ver cómo desaparecen árboles y tierras de cultivo para sustituirlos por extensiones de placas solares, aunque la finalidad sea descarbonizar. Lo es que la basura se acumule hasta el punto de tener que transportarla entre islas. Lo es tener que convivir con una sobreocupación que colapsa carreteras, hospitales, servicios públicos y cualquier espacio compartido. Lo es que, para tener más y más, se promueva el turismo de ciclistas a niveles de sobresaturar los caminos. Es violencia, en definitiva, la sensación de que las Islas ya no están pensadas para quienes viven en ellas.
Incluso la presidenta del Govern, Marga Prohens, ha admitido estos días que no cabemos. Cuesta encontrar una definición más gráfica del malestar que atraviesa las Baleares. Pero si realmente no cabemos, ¿por qué no se gobierna en consecuencia? ¿Por qué no se establecen límites? Si este diagnóstico solo sirve a la presidenta para conectar con un sentimiento ampliamente compartido y para blanquear unas políticas que continúan favoreciendo el crecimiento, mejor que se calle. Violento tener que escucharlo.
En cualquier caso, el discurso sobre los límites es impecable. También lo es la defensa de unas Islas habitables, de un modelo que ponga el bienestar de los residentes por encima de los récords. Es una reivindicación necesaria y probablemente mayoritaria. Precisamente, por eso, no se puede contaminar con ninguna apelación a la violencia.
Las Baleares necesitan menos violencia. Menos violencia urbanística. Menos violencia acústica. Menos violencia ambiental. Menos violencia inmobiliaria. Menos violencia turística. Menos violencia política. Y también menos violencia como propuesta para combatirlas.