PalmaCuando le piden a un gobernante qué legado querría dejar, empieza a enumerar un catálogo de obras, una relación de inversiones, de calles remodeladas, instalaciones deportivas, plazas recuperadas y viviendas construidas; en el mejor de los casos. En el peor, opta por hablar de proyectos que solo existen en los argumentarios de los gabinetes de comunicación. Es lógico. Las infraestructuras se inauguran, se fotografían y quedan para la próxima campaña electoral.
Por eso me llamó la atención la respuesta de Virgilio Moreno cuando Maria Llull le preguntó qué Inca querría dejar. No habló de edificios ni de grandes proyectos, sino de una ciudad más cohesionada, más plural, donde la convivencia forme parte del paisaje cotidiano. Maria, que poda sus textos con diligencia prusiana, dejó fuera que, cuando Moreno explica que en su ciudad los niños juegan a la pelota delante del Ayuntamiento y que los adolescentes pasean y se sientan en las plazas en las noches de verano, hay otros alcaldes que lo escuchan con envidia. Él no habla de ruidos ni de molestias. Habla de niños que juegan.
Vivimos una época en la que parece que el espacio público solo funciona cuando está perfectamente ordenado. Queremos plazas limpias, silenciosas y predecibles. Nos molestan las pelotas, los grupos de jóvenes, cualquier indicio de vida que no esté programado. Hemos acabado confundiendo la ausencia de conflicto con la convivencia.
Una ciudad no está viva porque tenga más aceras o más farolas. Está viva cuando los habitantes sienten que la calle también les pertenece. Esta es la obra pública más difícil de construir: la que no aparece en los presupuestos municipales, ni se adjudica mediante un concurso, ni se inaugura cortando una cinta.
Los buenos alcaldes de pueblo –incluso, cuando gobiernan ciudades que hace tiempo que han dejado de ser pueblos– lo saben. Caminan despacio, porque siempre hay alguien que los detiene para hablarles. Escuchan y entienden que gobernar consiste menos en levantar edificios que en conseguir que la gente continúe queriendo vivir junta. Después tenemos Palma, gobernada y explicada como si fuera el Chicago de Al Capone.
El éxito de una ciudad no es que las calles estén impecables, sino que todavía haya niños que jueguen en ellas y jóvenes que las recorran sin sentir que molestan. Y, sobre todo, que quienes gobiernan no hagan mucho caso a quien esto les molesta.