15/06/2026
Periodista
4 min

Sí. Yo también he visto Rafa en Netflix. Y me ha gustado. Es posible que a quienes no me conozcan de entrada les resulte nuevo que me haya tragado en dos tandas este ‘reality manacorí’. Tanto por épica deportiva como por épica cotilla, no me lo podía perder. La miniserie se centra en el último año de calvario físico del tenista manacorí, al tiempo que aprovecha para hacer un repaso por la mala salud de hierro del ya extenista, una muestra preclara de cómo el deporte de élite lleva los cuerpos de los competidores al límite.

La serie, de cuatro capítulos, se adentra en la vida de Rafa Nadal y su entorno. Cámaras en los vestuarios, en las pistas de entrenamiento de ‘la Rafa’ (en Manacor lo decimos así), dentro de los coches e, incluso, dentro de su casa. Es un reality contenido, porque ya se sabe que tanto el tenista como su mujer, María Francisca Perelló, son más amantes de un perfil bajo a la hora de hacer públicos determinados aspectos de sus vidas, que, al fin y al cabo, nos deberían interesar poco.

Rafa, la serie, está bien hecha, se ve que no es algo de pasar, que hay dineritos invertidos, y que algún céntimo debe haber resbalado hacia las arcas y ya repletas de antemano bolsas nadalianas. Hoy, sin embargo, no venimos a hacer crítica de cine, sino a hablar de lengua.

La lengua vehicular del documental, nadie lo ponía en duda antes de verla, es el español. En cambio, sí que ha sorprendido, más o menos, que estén presentes de forma habitual y nada oculta las conversaciones en catalán que tienen sus protagonistas.

Aunque el uno al otro se digan ‘Mery’ y ‘Rafa’, no es ninguna sorpresa que en su vida cotidiana Rafa Nadal, ya cuarentón, y María Francisca Perelló hablen entre ellos en la lengua propia de Mallorca. También, por supuesto, es la lengua que usan para hablar con sus dos pequeñines. O la que usa Nadal para hablar con su padre y su madre. Hablan en catalán de Manacor, todos. Quizás por eso han tenido que contratar, los de Netflix, a un joven manacorí que les ayudara con los subtítulos, porque debió haber algún momento en que el idiolecto del clan no debió ser comprensible a oídos continentales poco cultivadas en variación lingüística.

Es interesante también la diferencia en competencia lingüística que muestran los dos matrimonios… Rafel Nadal y Maria Francisca Perelló hablan un español, cuando se dirigen a la cámara, muy correcto y que no deja entrever cuál es su origen lingüístico. También, en sus conversaciones espontáneas, cuando no se dirigen a cámara, incorporan palabras, o a veces frases completas, dichas en español, a pesar de que la conversación sea en catalán.

Otra cosa son ‘los viejos’. El tío Toni, con aquel hablar afectado que tiene, con aquella voz estrangulada calcada a la de su padre, el maestro Rafel Nadal, hace esfuerzos importantes para matar el acento mallorquín, y lo consigue con solvencia. Aina Maria Parera, madre del tenista, también intenta ‘hablar bien’ el español, también quiere disimular de dónde viene… y no sale tan airosa, a pesar de que lo hace bastante dignamente. 

A quien no le interesa en absoluto renegar de quién es, en cambio, es al patriarca, el empresario vidriero Sebastià Nadal. No solo le adivinaréis que es mallorquín, sino que al oír aquel tartamudeo persistente exclamaréis: “¡Uep, este es de Manacor!”. Se ve que el hombre no solo no disimula el acento, sino que, además, conserva en la mente todo el sistema lingüístico y fraseológico del catalán de Mallorca. “Hasta la última hay conejo”, llega a decir mirando a cámara. “Hasta la última mata hay conejos”, solemos decir y solemos pensar, como dice y piensa Sebastià Nadal Homar.

Recuerdo una multitudinaria rueda de prensa en Manacor, hace unas dos décadas, con numerosos medios audiovisuales que habían comparecido en la Sala del Ayuntamiento para tomar imágenes de Rafel Nadal, que comenzó su intervención en español. Al cabo de un rato, incómodo, dijo: “¿Lo hacemos en mallorquín, no?”, y sin esperar respuesta de nadie, Nadal habló en catalán ante los medios llegados de la metrópoli madrileña. El tenista, se acordarán más de un lector, fue también quien abrió el multitudinario y colorista lipdub Mallorca m’agrada promovido por la Obra Cultural Balear hace una quincena de años.

Hace no muchos días, el algoritmo de Instagram me regalaba una conversación entre Paula Badosa, Joan Carles Ferrero y el mismo Rafa Nadal que, en la grada de una pista, tenían un encuentro tenístico pancatalanista y hablaban con total naturalidad en la lengua del país, de nuestro país, me refiero. Por eso tampoco me debería haber sorprendido que las conversaciones de Nadal con todo su equipo técnico fueran también mayoritariamente en catalán. Con el fisioterapeuta, también manacorí, Rafa Maymó; con su último entrenador, el palmesano Carlos Moyá, y con Carlos Costa, el extenista que también ha acompañado durante tantos años al propietario de la Rafa Nadal Academy. 

Netflix tampoco tiene inconveniente en incluir fragmentos de informativos televisivos o radiofónicos en catalán, seguramente extraídos de IB3. Las dos lenguas conviven allí con la armonía lingüicida que busca de manera indisimulada el estado español y toda la industria que le va detrás. La lengua de los Nadal es la lengua de la tribu, la lengua del clan, el código casi siciliano en el que se comunican, la lengua de la familia, inquebrantable en su transmisión, indiscutible en su preponderancia ‘dentro de nuestra casa’, ‘dentro del pueblo’. En cambio, la lengua de la fama, la del dinero, la que sirve de vehículo para mostrarnos cómo Rafa Nadal ha tenido que luchar contra su cuerpo durante veinte años, la que ha usado siempre el tenista internacionalmente, es el español. Se llama interposición lingüística. La lengua de la tribu solo sirve para la tribu. Para la relación con el resto del mundo desconocido (el mundo se divide en dos partes: Mallorca y fuera de Mallorca), la que debemos emplear, según reza en las mentes subordinadas, debe ser el español.

Demasiado bien que Netflix nos haya mostrado un poquito de la vida cotidiana catalanoparlante en casa de los Guixons. Si fuéramos un país normal, habríamos podido ver los cuatro capítulos íntegramente, en nuestra lengua.

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