Margalida Ramis
14/06/2026
Portavoz de exportación del GOB
4 min

Las crisis internas de los movimientos sociales suelen generar una fascinación extraña. Desde fuera, se tiende a hacer lecturas simplistas y tendenciosas e incluso hay quien las interpreta –a conveniencia– como la prueba definitiva de su incoherencia; desde dentro, a menudo se viven como una disputa entre relatos y formas incompatibles. Pero las organizaciones transformadoras raramente entran en crisis por una sola causa. Y cuando intentamos explicarlas a partir de buenos y malos y bandos opuestos, casi siempre dejamos de comprender qué está pasando realmente. Hace falta mucha honestidad para querer abordar la cuestión en toda su diversidad, complejidad y profundidad.Las últimas semanas, la crisis vivida en el GOB Mallorca ha provocado una avalancha de comentarios, especulaciones y posicionamientos. La dimisión de diez mujeres, miembros de la junta directiva que habían impulsado una candidatura ecofeminista en 2023, ha hecho aflorar discrepancias sobre formas de gobernanza, salud laboral, maneras de entender el liderazgo y modelos organizativos. Para todo ello, se ajusta una lectura más amplia y profunda sobre qué nos dice este conflicto en relación con los retos que afrontan hoy en día las organizaciones ecologistas y muchos otros movimientos sociales.El ecologismo vive un momento paradójico. Nunca había sido tan evidente la vigencia, la urgencia y la necesidad de sus denuncias –el monstruo se nos hace cada vez más grande, con más tentáculos, refina su relato y sus estrategias, y acelera la devastación desbordando la capacidad real de incidencia de los movimientos sociales– ni tan urgente, la necesidad de sus propuestas. La crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la turistificación y el agotamiento de los recursos, pero también sus consecuencias vitales en términos ecológicos, ambientales y de justicia social, dan cada día más argumentos a décadas de luchas ecologistas y nos conducen a la necesidad de juntar fuerzas desde la base y confluir con otras luchas y reivindicaciones activas (la lucha por la vivienda, la lucha sindical, la lucha por los servicios públicos, la lucha feminista, la lucha antirracista, la lucha antifascista, los movimientos por la paz...) para poder impulsar las transformaciones ecosociales que deseamos. Es una confluencia a la que tienden todos los movimientos sociales transformadores y prueba de ello son las iniciativas como Revoltas de la Terra, el Foro Social estatal que trabaja por el pacto Ecosocial ‘Más Allá del Crecimiento’, los encuentros de redes internacionales contra la turistificación, las reflexiones en las universidades de verano anticapitalistas, a las cuales el GOB ha sido invitado en los últimos años como referente, y los debates (y también conflictos) internos de entidades ecologistas de referencia como puedan ser Ecologistas en Acción y Greenpeace. Ya no estamos solo a tiempo de resistir, sino de pasar a la ofensiva y avanzar siendo palanca de cambio, y para ello necesitamos una base social amplia y cohesionada que trabaje codo con codo con un objetivo que es común y transversal: garantizar la sostenibilidad de la vida en un mundo que la ataca ferozmente por todas partes. Y, sin embargo, y quizá precisamente por eso, los movimientos que las impulsan, especialmente los que llevan años de trayectoria, como es el caso del GOB, experimentan tensiones, desgaste y dificultades para sostenerse.No se trata solo de una confrontación entre conservacionistas y los que defienden el ecologismo social (nadie cuestiona la defensa del territorio y la biodiversidad, como ejes sobre los que pivota todo el movimiento ecologista; porque sin el territorio y sus recursos no hay vida posible). No se trata, solo, de una cuestión de visiones generacionales enfrentadas, de nostálgicos versus visiones jóvenes y críticas, de reformistas versus revolucionarios. Ni siquiera se trata sencillamente de enfrentamientos en cuanto a modelos de gobernanza entre las que intentan incorporar los valores de los cambios y transformaciones que querríamos impulsar fuera, dentro de las mismas organizaciones, y los que querríamos un modelo organizacional directivo y medido en términos de indicadores de rendimiento. No es solo una cuestión derivada de las incomodidades que genera la revisión crítica desde los feminismos a las estructuras, valores, jerarquías y objetivos de las entidades que deberían ser palanca y herramienta para la transformación social y las furibundas reacciones que genera. No es solo ninguna de estas cuestiones por sí sola. Es todo junto y a la vez y amplificado por la urgencia de actuar en un mundo donde los márgenes de posibilidad de los cambios reales que necesitamos urgentemente parecen cada vez más estrechos.El reto de los movimientos sociales en general, y del GOB en particular, radica precisamente en su capacidad, o no, de incorporar toda esta complejidad y dimensión en sus reflexiones estratégicas para convertirse en algo útil a la sociedad de estas islas en los escenarios presentes y futuros que habremos de afrontar marcados por la crisis ecosocial e incertidumbres múltiples. Hoy necesitamos que todas las estructuras organizativas y, aún más, las entidades con trayectoria y solvencia como ha sido y continúa siendo el GOB –a pesar de determinados mantras que se repiten hasta que acaban funcionando como verdades asumidas (que se ha perdido capacidad de movilización, que se ha perdido presencia en la calle, que ya no se hace lo que se hacía antes) aunque se hayan impulsado grandes movilizaciones, aunque se hayan abierto nuevos frentes de lucha, aunque se haya ampliado la capacidad de incidencia social y política– sean los puntales para el impulso de los cambios que necesitamos, entendiendo la defensa del territorio y la biodiversidad que nos sostienen como una herramienta más para la justicia social, la democracia y la acción colectiva.Creo que esta es una reflexión realmente necesaria en un momento en que resulta tentador leer cualquier conflicto interno como una demostración de fracaso de unos y victoria de otros, y tirar la pelota hacia adelante sin incorporar ningún elemento de revisión crítica a la que nos obligan los conflictos si el objetivo es avanzar como colectivo y como sociedad. Si no se hace, no estaremos ante un avance, sino ante un retroceso mayúsculo que se acabará lamentando. 

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