La simpatía es agotadora en general, tanto la propia como la de los otros.
29/03/2026
Subdirectora
2 min

¿Por qué nos esforzamos tanto en ser simpáticos y amables? La simpatía es agotadora en general, tanto la propia como la de los demás. Además, muchas veces es falsa, porque las personas simpáticas saben, aunque sea de manera intuitiva, que la hipocresía es la base de la buena educación. No solo no decimos lo que pensamos, sino que decimos mentiras para quedar bien con los demás, para que piensen que somos civilizados y no unos bárbaros.

El 99% de las veces que pregunto a un conocido “¿Cómo estás?”, debería añadir que en realidad no me interesa en absoluto, que lo hago por inercia y que espero una respuesta equivalente: el típico “bien” sin contenido. Para no tener que saludar ni iniciar una conversación que ya sé que será absurda, he llegado a esconderme detrás de árboles, he dado media vuelta de manera brusca y me he encerrado en baños de toda clase. ¿Cómo se vive en nuestra sociedad con la necesidad imperiosa de no ser simpática?

Ser antipático es un lujo. Lo demuestran sin complejos los ricos muy ricos, los artistas que se creen genios, las personas que se consideran irresistibles y poca cosa más. Pero la antipatía está vedada para nosotros, las personas normales. Tenemos que disimular nuestras carencias económicas, de talento y de belleza con nuestra simpatía, por falsa que sea.

Tengo tanta vocación de ser antipática que ni siquiera me dan ganas de decir “hola” cuando llego a algún sitio. De hecho, me gusta que no me saluden, porque siento una conexión especial con la gente que no lo hace. Como si fueran miembros de una secta extraña, que ha repartido a sus miembros por lugares insospechados del mundo. Tampoco quiero reír por compromiso cuando alguien me explica algo que, en realidad, considero triste y patético. Sueño con poder responder: “¿Te das cuenta de que esto que dices es del todo ridículo? Haz el favor de dejarme en paz a partir de ahora”.

No quiero hacer vida social, ni felicitar cumpleaños, ni mantener conversaciones que no llegarán a ninguna parte. No quiero comentar que el verano ha llegado de golpe con alguien que me encuentre por la calle. No quiero que me pregunten por mi familia, porque eso me obliga a preguntar por familias que no me importan. No quiero que me hagan regalos para no tener que calcular un regalo equivalente en el futuro. No quiero sonreír sin ganas, porque no calculo bien la amplitud y me acaban doliendo las mejillas.

¿Por qué es tan complicado poder ser una persona antipática, arisca, desagradecida?

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