La estrategia del leopardo
Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. Solo un siciliano podía expresar tan bien el cinismo. Bien, o quizás también un ibicenco. La mítica máxima con la que Giuseppe Tomasi di Lampedusa compuso el mejor diálogo deEl Gatopardo se reinventa en Baleares con la forma de políticas turísticas que prometen transformar el modelo mientras evitan alterar lo esencial. El gatopardismo reloaded (una secuela en versión balear).Si hasta hace apenas un año la táctica general de políticos y hoteleros era todavía la de hacernos creer que la masificación era solo nuestra sensación porque somos unos quejicas, la realidad se ha revelado terca y la tendencia al alza del número de pasajeros en los aeropuertos, incontestable. Y los aeropuertos no son la única vía de entrada. A pesar de que el sector empresarial destaque que los aumentos del último año son "leves", las señales contradicen el discurso de la contención turística: los apartamentos turísticos y hoteles que vemos levantarse y crecer en todo el territorio cada día tampoco son un espejismo, ni lo son las carreteras colapsadas ni los nuevos negocios de temporada que se abren por todas partes. En cualquier caso, parece que, al menos, han quedado atrás aquellas declaraciones del presidente del Consell d’Eivissa, Vicent Marí, diciéndonos que todo era nuestra “sensación de angustia” derivada de la oferta turística ilegal (al parecer, el turismo legal no ocupa espacio, como los fantasmas). Y aunque echar la culpa a la oferta ilegal sigue siendo un mantra muy invocado y que hay empresarios obsoletos que aún nos hablan de nuestras sensaciones, como si fuéramos niños a los que hay que explicar el mundo, hoy el discurso oficial ha evolucionado. Ya no se habla abiertamente de crecer como equivalente a progreso, sino que ahora las consignas preferidas utilizan fórmulas como ‘gestionar’, ‘equilibrar’, ‘sostenibilidad’, ‘turismo sostenible’ e ‘inteligencia turística’. Palabras y expresiones que, a fuerza de usarlas de manera espuria, que diría un abogado, se están vaciando de contenido. Cambiamos las palabras pero no cambiamos el rumbo. Cambiarlo todo para que nada cambie.En este marco gatopardista podemos inscribir las estrategias de sostenibilidad turística del Gobierno balear, su Plan de contención y el Sistema de Inteligencia Turística impulsado por el Consell de Eivissa, presentados todos ellos como herramientas innovadoras destinadas a monitorizar flujos, anticipar comportamientos y optimizar la toma de decisiones. Ahora todo nos lleva a pensar en un cambio de paradigma, cierto, pero de momento solo tenemos declaraciones de intenciones, recopilación de datos y más datos y estudios. ¿Cuántos estudios necesitamos para saber lo que todos estamos viendo y sufriendo cada día de verano? ¿Cuántos estudios más necesitamos para entender que la masificación está destruyendo nuestros espacios naturales?Mil estudios más para conocer mejor la realidad no implica necesariamente transformarla. Y aquí es donde emerge –como una bandera roja– la sospecha de gatopardismo. Si el problema es la saturación –playas colapsadas, carreteras desbordadas y vivienda tensionada por los trabajadores que necesita toda la maquinaria turística–, la respuesta institucional no parece orientada a reducirla, sino a gestionarla con más precisión. Signifique esto lo que signifique. En nombre de la sostenibilidad, se digitaliza la masificación. Creamos gemelos digitales para que la inteligencia artificial nos dé la cifra de las personas que hay en las playas y nos pueda decir que ya no cabe ni Dios. Y, ¿entonces qué? Pues esto, aseguran desde los consejos y el Gobierno, ayudará a gestionar los flujos de visitantes. Gestionar. Es decir, en algún momento una aplicación nos dirá que ses Salines está a reventar y, por “gestionar el flujo”, nos pedirán que vayamos a las rocas del Codolar, donde no hay nadie. Y como seremos los residentes de las Islas los que usaremos la aplicación, en la práctica, la saturación seguirá echándonos de nuestros espacios, pero todo estará gestionado. Y tendremos muchas cifras. La distancia que hay entre diagnóstico e intervención efectiva –entre declaraciones y realidad– revela una apuesta clara por gestionar el síntoma sin alterar el modelo. Y esto tiene una explicación política evidente, claro está, porque introducir límites reales implica asumir costes, generar conflicto con un sector turístico sobredimensionado y desafiar sus intereses económicos. En cambio, apostar por la tecnología permite proyectar una imagen de acción sin tener que tocar los fundamentos. Se despliegan paneles de datos, pero se esquiva el debate que necesitamos con urgencia. Aún más, todo este despliegue de actividad para hacernos creer que se está haciendo algo nos está costando mucho dinero. Pero todo sigue igual. Si el príncipe de Lampedusa levantara la cabeza, besaría la mano de nuestros gobernantes y les diría que son los maestros.