Todo lo que hemos dejado de hacer
PalmaQuienes ya no conocimos la Mallorca preturística crecimos aprendiendo que teníamos espacios vetados. Hoteles, urbanizaciones y trozos de costa habían sido colonizados antes de que nosotros naciéramos. Pero también creíamos tener el privilegio de disfrutar de la Mallorca real la mayor parte del tiempo, también durante julio y agosto. Nuestros padres nos llevaron a las calas vírgenes, a las tenazas y a las plazas engalanadas con papelinas para las fiestas de verano. Nos inculcaron el amor por el agua clara, las rocas y los tamariscos. Una vez cada verano: pan y bocadillo en Cala Varques, excursión a El Trenc y puesta de sol en Sant Elm, (ad)mirando la Dragonera.
Todo esto hoy es una carrera de obstáculos, una escena de Mad Max sobre el asfalto hirviente. Una de las víctimas colaterales es la transmisión cultural del espacio geográfico. La pregunta es dolorosa: si los niños de hoy no han podido vivir la tierra, ¿cómo podrán amarla?
Los datos convierten esta experiencia personal en una evidencia colectiva. Las Baleares son el territorio del Estado donde la diferencia entre el precio de la vivienda protegida y el del libre de segunda mano es mayor: llega al 70%. El metro cuadrado de vivienda libre ya cuesta, de media, 3.885 euros, un 13,1% más que hace un año. La tan pregonada polarización social no es ideológica, sino económica: arriba, los ricos; abajo, los vetados del derecho esencial de tener una casa.
Esta Mallorca expulsa a la gente joven que no puede emanciparse, a las familias, a los trabajadores públicos que no encuentran alojamiento y a los trabajadores que llegan para sostener una economía que reclama cada año más manos, carreteras, viviendas y servicios. Por si fuera poco, la misma maquinaria que los ha llamado los señala como culpables.
La población de las Baleares ha crecido un 48% desde el año 2000: más de 404.000 habitantes nuevos en un cuarto de siglo. Este crecimiento no es fruto del destino inexorable, sino de un modelo económico que necesita crecer a toda máquina, de las leyes aprobadas, de los planeamientos urbanísticos autorizados, de cada licencia concedida y de cada plaza turística bendecida. Atacar a las personas que llegan y no las causas que las hacen venir es, además de injusto, una manera eficaz de proteger a los responsables reales. Mientras discutimos sobre orígenes, los beneficios continúan sumando ceros y las hectáreas continúan triturándose.
Mallorca se ha convertido en el laboratorio social de un modelo basado en vender cada palmo a quien lo pague mejor. El rédito político del malestar es goloso y la derecha ya ha asomado la cabeza. Es así como los eslóganes vacíos alimentan este desplazamiento del conflicto. “Mallorca para la gente de aquí”, proclama el Consell en una campaña sobre la futura limitación de vehículos, mientras anuncia que los residentes quedarán exentos del control. Se coloca la frontera según el origen, cuando la frontera decisiva es entre quien soporta el colapso y quien obtiene rendimiento.
El Plan Territorial todavía permite consumir 637 hectáreas de nuevo suelo para crear urbanizables. No es toda la capacidad constructiva pendiente: a ella deben añadirse los solares urbanos vacantes, el suelo urbanizable ya clasificado y la edificabilidad no agotada. Esto, sin contar todo lo que todavía podemos cortar de aquella entelequia que, por costumbre, continuamos llamando suelo rústico. A esto debemos sumar la Ley de proyectos residenciales estratégicos, que permite incrementar hasta un 45% la edificabilidad en determinados ámbitos. Un ejemplo de cómo el Ejecutivo de Prohens ha utilizado la emergencia de la vivienda para acelerar proyectos y ampliar capacidades.
Todo esto, mientras Mallorca se seca. Un turista puede consumir hasta seis veces más agua que un residente. Una investigación de la UIB estima que el turismo representa aproximadamente una cuarta parte del consumo urbano de agua de las Baleares, pero en los municipios más turísticos el porcentaje se acerca al 60%. Los hoteles de Palma disponen de una tarifa de Emaya que les permite pagar hasta nueve veces menos de lo que pagarían con una progresividad similar a la doméstica. Y mientras se nos pide a los residentes que cerremos el grifo, la planificación urbanística continúa abriendo tuberías que no sabemos qué arrojarán.
El Govern de Marga Prohens habla de contención, sostenibilidad y gestión de flujos, pero aprueba legalizaciones masivas y desregula con el objetivo de seguir haciendo caja con la tierra. Sin embargo, no todo es responsabilidad suya. Tampoco los gobiernos progresistas fueron valientes para afrontar políticas estructurales de decrecimiento. La izquierda fijó el techo de Mallorca en 430.000 plazas turísticas, una cifra que Llorenç Galmés, a pesar de las promesas, tampoco se ha atrevido a rebajar.
Por eso es la sociedad civil que, una vez más, empuja y lidera. Lo vimos hace pocas semanas en El Trenc, cuando cerca de 10.000 personas desbordaron las previsiones y convirtieron una cadena humana en un aviso político. Y lo volvemos a ver ahora con la reacción ante la desproporción de la detención de las dos jóvenes de Santa Maria por las pintadas en cinco inmobiliarias. La acusación de pertenencia a organización criminal y la gestión del caso por parte de la Guardia Civil, lejos de desmovilizar, han actuado como un acicate.
Vivimos momentos excepcionales si incluso la CAEB admite que “no se puede crecer ilimitadamente”. Que la principal patronal de las Islas verbalice el límite revela hasta qué punto el diagnóstico de Mallorca ya es próximo a la sepsis. Ahora bien, reconocerlo mientras se defienden las actividades que nos hacen crecer es solo una manera de hacer contorsionismo lingüístico.
Todo indica que la manifestación de este 26-J será multitudinaria porque el termómetro social hace tiempo que marca una temperatura insostenible. Menos Turisme, Més Vida no evoca una Arcadia feliz ni una Mallorca congelada: pone pie fiter ante la evidencia de que los territorios tienen límites, los recursos se agotan y una sociedad puede desconfigurarse hasta dejar de reconocerse. Seguramente, son muchas las personas que no quieren continuar haciendo la lista de aquello que han dejado de hacer. Porque amar Mallorca, ahora mismo, también quiere decir atreverse a poner límites.