“Manacor ha normalizado durante décadas un agua que no se puede beber”

Francesc Grimalt es el gerente de la SAM, la empresa municipal de aguas de Manacor, y analiza el problema histórico de agua no apta para el consumo que arrastra la capital del Levante desde hace cuarenta años

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La nueva infraestructura hará llegar agua potable a todas las casas de la ciudad de Manacor.
28/09/2026 - 22:16 h
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Manacor"Los nitratos han actuado durante décadas como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer: su presencia impedía beber el agua, pero el problema no se percibía como lo suficientemente urgente para movilizar las inversiones necesarias para resolverlo". Quien lo asegura es Francesc Grimalt, el gerente de la empresa municipal de Servicios del Ayuntamiento de Manacor (SAM) que gestiona la red de suministro de agua. Manacor, con cerca de 30.000 habitantes en el núcleo urbano, es considerada la ciudad más poblada de España que todavía no dispone de agua potable en la mayor parte de la red domiciliaria. Desde el 2015 que trabaja para modernizar la red del ciclo del agua para controlar consumos y reducir fugas para preparar la ciudad para la llegada, pospuesta, del agua potable a todos los grifos de la capital del Levante.

El problema, añade, es que la contaminación por nitratos no suele generar una alarma inmediata entre la población porque no altera de manera evidente el gusto, el color o el olor del agua. "Esta baja percepción del riesgo ha contribuido a aplazar las soluciones".

Durante décadas, además, el hecho de que el agua no fuera potable sirvió para contener su precio. El hecho de distribuir agua no potable sirvió durante años para justificar unas tarifas bajas, que no permitían recaudar los recursos necesarios para modernizar la red. El mes de marzo, el Ayuntamiento aprobó inicialmente unas nuevas tarifas progresivas, que penalizan los consumos más elevados y pretenden favorecer el ahorro de agua y garantizar mayor capacidad de inversión en el servicio.

Aunque han pasado cerca de cuatro décadas sin que las administraciones hayan resuelto el problema del agua que no se puede beber ni emplear para cocinar, Grimalt considera que la solución no había estado nunca tan cerca. "Se ha tardado muchos años en actuar", reconoce. Ante una situación "manifiestamente desastrosa", el Ayuntamiento optó inicialmente por una actuación que paliara las consecuencias mientras no llegaba una solución definitiva. Para conseguir llevar el agua potable a Manacor, antes que nada, hacía falta disponer de una red bien sectorizada, renovada y controlada, con menos fugas y menos posibilidades de contaminación. Es precisamente en esta modernización en la que la SAM trabaja desde 2015.

Durante el mandato 2019-2023, el municipio puso en marcha una planta potabilizadora piloto basada en un sistema de ósmosis a gran escala. Esta instalación permitió abrir, a partir de 2021, las primeras fuentes públicas de agua potable de la ciudad y suministrar a dos sectores de la red urbana. Actualmente, la planta abastece a cinco fuentes públicas, unos 470 hogares –aproximadamente 1.500 personas– y una escuela pública. En total, representa unos 450 contadores de los 11.240 que tiene la ciudad: cerca de un 4%.

El resto de la población continúa recibiendo agua no apta para beber ni cocinar. Que un bien esencial no esté garantizado constituye, en palabras de Grimalt, “una catástrofe desde el punto de vista de la normativa”, que se ha "normalizado durante décadas aunque no se puede beber". Con todo, después de tantos años, esta situación “está bastante integrada en el funcionamiento cotidiano” de la ciudad.

Mientras tanto, los planes del Ayuntamiento de hacer una planta potabilizadora para toda la ciudad se vieron frustrados en abril de 2025, cuando la Dirección General de Recursos Hídricos advirtió al municipio que no autorizaría la infraestructura, prevista para aquel mismo año. El argumento: la llegada del agua en alta prevista para 2028.

Agua clorada

Esta normalización plantea una paradoja: ¿qué pasa si, después de décadas de inversiones, el agua potable llega a todas las casas, pero la población continúa comprando agua embotellada? “Si un ayuntamiento hace unas inversiones portentosas y aplica un aumento notable de las tarifas para servir agua potable, pero esta continúa teniendo sabor a cloro, este humilde técnico ha llegado a la conclusión de que el día que se sirva en toda la ciudad puede acabar siendo un fracaso político”, advierte.

Grimalt se refiere a la normativa sanitaria española, que obliga a garantizar la desinfección del agua distribuida por la red. Habitualmente, esta desinfección se hace mediante la cloración, que protege el agua de posibles contaminaciones durante todo el recorrido hasta los grifos, pero también le confiere un sabor característico.

A efectos prácticos, sostiene, la población acaba eligiendo entre el agua del grifo, que tiene sabor a cloro, y el agua embotellada. “Es una batalla que está perdida desde el momento en que no hablamos de condiciones de estricta supervivencia”, afirma. Aunque el agua de la red sea sanitariamente segura, una parte importante de la ciudadanía puede continuar optando por comprarla porque prefiere su sabor.

Según Grimalt, en los países del norte de Europa las redes de suministro disponen de sistemas de gestión y control sanitario que permiten reducir el uso del cloro, emplear otros tratamientos o, en determinadas circunstancias, distribuir agua sin desinfectante residual. Esto hace que el agua del grifo presente unas características organolépticas más agradables y que el consumo de agua embotellada sea mucho menor. “En el norte de Europa nadie paga por un agua que tiene unas cualidades similares a la que ya recibe en casa”, resume.

Grimalt sostiene que los estándares europeos avanzan progresivamente hacia este modelo, pero advierte que la normativa sanitaria y, sobre todo, la gestión de las redes del sur de Europa todavía tienen que recorrer camino. Por eso considera que el reto de Manacor no consiste únicamente en conseguir que el agua cumpla los límites sanitarios, sino también en ofrecer un producto que la ciudadanía quiera beber.

Primero los nitratos; después, la cal y el cloro

La mejora de la calidad del agua de Manacor se deberá afrontar por etapas. El primer paso será reducir la concentración de nitratos hasta situarla por debajo del máximo legal de 50 miligramos por litro. Esto se podría conseguir mezclando el agua de los pozos municipales con recursos procedentes de otros lugares, ya sea mediante la futura conexión con la red de agua en alta o con la aportación de una eventual desaladora en la costa del Migjorn.

“Es una cuestión de horizontes de muchas décadas”, señala Grimalt. En una primera fase, la mezcla permitiría rebajar los nitratos hasta niveles compatibles con la normativa.

Una vez reducidos los nitratos, emergerán con más fuerza los otros dos grandes retos de calidad: la cal y el cloro. La llegada de agua desalada podría reducir la dureza del agua que se distribuye en Manacor. Esto supondría una mejora tangible para la ciudadanía, porque muchos hogares han tenido que instalar descalcificadores domésticos para proteger las tuberías y los electrodomésticos.

Estos aparatos también incrementan el consumo de agua durante los procesos de limpieza y regeneración. Cuando no reciben un mantenimiento adecuado o dejan de utilizarse, pueden convertirse, incluso, en una fuente importante de pérdidas. Por eso, Grimalt defiende que la reducción de la cal no solo mejoraría la calidad percibida del agua, sino que también contribuiría a disminuir su consumo. Esta mejora se podría alcanzar tanto mediante la incorporación de agua desalada como con sistemas específicos de tratamiento de la dureza. El último reto sería reducir el gusto de cloro sin comprometer la seguridad sanitaria.

Tres frentes abiertos

La mejora de la calidad debe ir acompañada de una contención de la demanda. Manacor distribuye diariamente un volumen medio de entre 6.000 y 6.400 metros cúbicos de agua. “Es muy frustrante que no consigamos reducir este volumen a pesar de las mejoras de eficiencia”, reconoce Grimalt. Con todo, la SAM no considera que haya un abuso generalizado, porque el consumo global se mantiene relativamente estable desde hace años.

Las políticas hídricas, defiende, deben reducir la dotación por habitante. Manacor podría pasar, por ejemplo, de un consumo próximo a los 200 litros por persona y día a un objetivo de unos 125 litros. Pero esta reducción individual puede quedar anulada si continúa aumentando la población a la que se debe dar servicio.

“El factor primario es la cantidad de población”, advierte. Aunque se consiga una disminución considerable del consumo por habitante, el volumen total volverá a crecer si la ciudad pasa de los 30.000 habitantes actuales a 50.000 o 60.000. Y este, recuerda, no es un factor que dependa exclusivamente de la administración hidráulica, sino también de las políticas urbanísticas y territoriales.

La solución, por tanto, exige actuar simultáneamente sobre tres frentes: asegurar nuevas fuentes de suministro, modernizar la red y contener la demanda global. Solo así la llegada del agua potable podrá representar una solución duradera y no un paso provisional dentro de un problema que Manacor arrastra desde hace cuatro décadas.

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