En la muerte del geógrafo Yves Lacoste (1929 - 2026)
PalmaCuando comencé los estudios de Geografía en la Universitat de Barcelona, a finales de los años sesenta, la disciplina vivía una transformación profunda. La geografía memorística de los ríos, las cordilleras y las capitales comenzaba a dar paso a una manera mucho más crítica de entender el territorio. Ya acabada la carrera, en aquel ambiente intelectual, Horacio Capel fue, probablemente, quien me descubrió Yves Lacoste. O, si más no, quien me hizo entender que aquel geógrafo francés estaba cambiando la manera de mirar el mundo. No fui alumno suyo en París. Fui discípulo de sus libros. Todavía recuerdo el impacto que me produjo leer La géographie, ça sert, d’abord, à faire la guerre (La geografía sirve, antes de nada, para hacer la guerra). El título parecía una provocación, pero escondía una idea fundamental: el conocimiento geográfico siempre ha sido una herramienta de poder. Los gobiernos, los ejércitos y los imperios han utilizado los mapas para administrar, controlar y conquistar territorios, mientras que en las escuelas se enseñaba una geografía aparentemente inocente, reducida a la descripción de paisajes.
Aquella lectura me cambió la manera de entender la disciplina. Lacoste me enseñó que los mapas no son nunca neutros y que detrás de cualquier territorio hay intereses, conflictos y decisiones políticas. El geógrafo no debe limitarse a describir el mundo; debe intentar explicar por qué es como es. La trayectoria de Lacoste explica esta mirada. Nacido en Marruecos, marcado por los años de Argelia y por sus investigaciones sobre la guerra de Vietnam, demostró que la geografía podía desenmascarar estrategias militares. Su estudio sobre los bombardeos americanos de los diques del delta del río Rojo es todavía hoy una lección magistral de geografía aplicada. Posteriormente fundó la revista Hérodote y contribuyó decisivamente a rehabilitar la geopolítica como disciplina científica, liberándola de los prejuicios que arrastraba desde la Segunda Guerra Mundial. Durante muchos años cité a Lacoste en mis clases. No por erudición, sino porque continuaba pensando que sus preguntas eran extraordinariamente útiles. ¿Quién controla el territorio? ¿Quién toma las decisiones? ¿Quién sale beneficiado? Estas cuestiones servían tanto para explicar un conflicto internacional como la transformación de Mallorca.
Cuando estudiaba el desarrollo turístico, la urbanización del litoral o la desaparición de los paisajes agrarios, a menudo me daba cuenta de que muchas de las herramientas intelectuales que empleaba provenían, directa o indirectamente, de Lacoste. El turismo no es solo una actividad económica; es también una manera de organizar el territorio. Una autopista, un aeropuerto, un hotel o una urbanización son mucho más que infraestructuras: expresan un determinado modelo de sociedad. He recorrido Mallorca durante décadas. Caminando por los caminos del Pla, observando las posesiones, los márgenes, los molinos o los lavaderos, he llegado a una convicción que comparto plenamente con Lacoste: el paisaje es un documento. Las piedras, los cultivos, las carreteras y las ciudades explican la historia de una comunidad mejor que muchos archivos. El geógrafo no observa únicamente objetos; lee procesos.
Esta es, probablemente, la gran herencia de Yves Lacoste. No nos dejó un sistema cerrado, sino una manera de pensar. Nos enseñó que el territorio no es un simple escenario donde transcurre la historia. El territorio es también un protagonista de la historia. Ahora que ha muerto, pienso en aquel joven estudiante mallorquín que descubría la geografía crítica en las aulas de la Universidad de Barcelona. Sin saberlo, acababa de encontrar a uno de sus maestros. Los maestros auténticos no desaparecen cuando mueren. Continúan vivos en la manera como miramos el mundo. Todavía hoy, cuando despliego un mapa o recorro los paisajes de Mallorca, me hago muchas de las preguntas que aprendí leyendo a Yves Lacoste. Y esta es, al fin y al cabo, la mejor definición de un maestro: alguien que nos cambia la mirada para siempre.