Con la cabeza en España: me aflojo para no elegir
Definirse a uno mismo en términos que se decanten de lo que es sistémico y estructural implica siempre luchar contra los elementos e, incluso, contra uno mismo. Podemos decir que no somos racistas, pero el racismo social está tan inoculado dentro de cada uno de nosotros que hace falta que militemos obstinadamente para huir de él. Podemos decir que somos feministas y nos pasará más o menos lo mismo. Sabremos, si somos autocríticos y conscientes, que cada día podemos mantener actitudes machistas, que tendremos que intentar corregir buscando la exigente coherencia. Igual que no nos será fácil definirnos como anticapitalistas mientras vamos acumulando bienes monetarios e inmuebles fruto del esfuerzo en el trabajo.
También, quienes queremos un país libre y buscamos una vida autocentrada lejos de la metrópoli española tenemos que luchar contra el sistema y contra nosotros mismos para no caer dentro de las barras del universo simbólico de quien nos coloniza desde hace, como mínimo, tres siglos.
El prestidigitador Sánchez ha aprovechado el terremoto Maricarmen para subirse a la ola del tsunami de la vivienda e inventarse un bote salvavidas inverosímil ante un naufragio que parece (o parecía) inevitable.
Las encuestas dejan claro que los dos partidos mayoritarios (el PSOE y el PP) perderán votos el 29-N. Vox subirá, seguramente más moderadamente de lo que dicen los sondeos. ¿Pero dónde está el quid? A la izquierda del PSOE hay un temporal de dimensiones diluvianas, una dana política muy propia del cainismo habitual de las izquierdas verdaderas. Hay estadísticas que demuestran que si Irene Montero se hiciera amiga de Yolanda Díaz y Ada Colau podrían sacar el doble de escaños de los que ahora sacarían y la suma de todo y de todos podría alejar a Abascal y compañía del poder.
Pero fijémonos, hace 30 segundos que hablábamos de vida autocentrada y resulta que tenemos a España dentro de la cabeza. Y esta simbiosis paradójica nos lleva sin remedio a hablar de la otra estrella del momento: Gabriel Rufián. El parlamentario más brillante de los últimos años en Madrid se ha propuesto como el extraño eslabón que podría unir a dos iguales irreconciliables como Montero y Díaz, como Podemos y Sumar. Por mucho que Rufián insista en la idea, Esquerra Republicana no ha sido nunca un partido a la izquierda del PSOE, al menos a juicio de este pobre columnista. Los postulados del partido de Macià, Companys y Junqueras son más fácilmente identificables con la socialdemocracia al uso. La particularidad que lo diferencia, o lo debería diferenciar, del partido del GAL y la cal viva es precisamente el proyecto de liberación nacional de Cataluña, y cuando dice Cataluña quien hoy os escribe la piensa toda.
Parece claro que a Rufián el Congreso de los Diputados lo ha embriagado de España, y el marco referencial de este nuestro representante en la metrópoli ya es el de la metrópoli y no el del territorio que configura la nación catalana. Sin embargo, sea por el efecto de perro apaleado por las porras del primero de octubre de 2017, sea por la aplicación del artículo 155, como por la represión posterior que todavía dura hoy, los grandes partidos soberanistas han adquirido papeles que hasta ahora no les eran propios. Junts per Catalunya se ha convertido en un partido de derecha indisimulada, con discursos que rozan, o traspasan, la xenofobia y con votaciones vergonzantes como las que vetaron los decretos Maricarmen de Sánchez en Madrid. Esquerra, en cambio, parece que acaba inclinando el cuello a formar parte del circo político español. Un poco como pasa también en Mallorca, donde ya se ha cerrado el acuerdo de MÉS con Sumar e Izquierda Unida para concurrir a las españolas de noviembre. Para colmo, en el Senado, irán con el PSOE, en una estrategia que pretende, dicen, hacer rendir un poco más los votos.
Quedan atrás los días en los que los partidos soberanistas pensaban en clave territorial y nacional y no se empachaban de razones españolas, si no era para ir allí, solos y decididos, a reclamar más justicia nacional y más justicia social.
Solo dos partidos en el Principado han hablado de manera clara en este sentido. La Alianza Catalana de Sílvia Orriols, a pesar de saber que podría obtener unos resultados óptimos, ya ha anunciado que no se presentará. Algunos podrán creer que su postura es leal y honorable. Otros tal vez leerán en ella la idea de que la alcaldesa de Ripoll y sus secuaces no quieren dividir el voto ultraderechista y prefieren dejar la vía libre a Vox. El otro partido que no quiere concurrir a las españolas es la CUP. Han estado una vez, los cupaires, en Madrid, y no se sabe si han decidido no ir esta vez porque las opciones de obtener representación están a la quinta porra de cualquier posibilidad.
¿Qué hacemos, pues, las personitas autocentradas que creemos en la justicia social? ¿Ignoramos las elecciones españolas y contribuimos a la llegada de la extrema derecha más trasnochada de Europa al gobierno metropolitano? ¿Os imagináis al de la barba de califa de vicepresidente? ¿O aceptamos nuestra renuncia como pueblo y votamos el mal menor diluido dentro de la amalgama “plurinacional” siempre falsa de la España que hace de policía bueno?
En buen mallorquín decimos “me desentiendo para no elegir”.