Los gatos, de dos en dos
PalmaLos gatos llegan a mi familia siempre de dos en dos. Adoptas uno y, al poco tiempo, mi hermana ya nos está colocando el segundo. Puede ser porque es de una camada en la que era el único que no mamaba y, claro, se va a morir. “Quédatelo solo un par de días”… Y un par de días quiere decir para siempre.
Cuando se murió mi pareja de gatos, esperé unos meses antes de ir a Son Reus. Al llegar a la perrera, en la jaula 40, estaba él. A la primera. Gato naranja. Me das una especie de Garfield y ya no hay más gatos posibles para mí. Lo vi y no me quise acercar a los otros. Tenía un problema en los ojos. Me dijeron que no era nada importante. Seguramente, un herpes común. Pero no lo fue. El veterinario me remitió a la oftalmóloga. Ni siquiera sabía que había especialistas de este nivel para gatos. Enfermedad autoinmune. Tratamiento de por vida. Un tubito de pomada de 3,5 gramos (del tamaño del bote de pegamento Loctite) por 65 euros. Fantástico. Ahora, la enfermedad autoinmune se ha trasladado a las almohadillas de las patas, que se le agrietan. Más disgustos económicos.
En Son Reus sabían que lo habían rescatado de una casa ocupada. Entendí entonces aquel carácter despreocupado, que fuera tan afectuoso desde el primer día y su obsesión por escaparse. Salía a los tejados de noche y volvía de día. Pero tuve que poner fin a las excursiones nocturnas al sentir su ferocidad ante otro vagabundo y los gritos de una vecina amargada solo porque paseaba elegantemente por el muro de su terraza. Se rompió la nariz de chocar contra la red que puse en los ventanales y ahora tiene el aspecto de un boxeador retirado. Uno muy digno.
Al cabo de unos meses, me trajeron a Nápole, un cruce de siamés de apenas un par de meses, miedoso y asustadizo, que me ha costado Dios y ayuda tranquilizar y conseguir que dejara de orinar por estrés. Siempre acabo con las mismas parejas de gatos (antes fueron Cabrón y Taylor): el sinvergüenza tranquilo y el huidizo que salta ante el mínimo ruido.
Me gusta la independencia de los gatos, que cada uno sea diferente. Nápole se pone panza arriba para que le haga caricias, pero se tensa si lo coges en brazos. Así que solo en el suelo. A Pepino, en cambio, lo arropas, le das golpecitos en el culo y se duerme como un niño. Uno te amasa la barriga y duerme encima de ti; el otro lo hace al lado, encima del sofá. A veces, no hay mejor ansiolítico.