Sebastià Alzamora: “La poesía no te evita ningún dolor”
Escritor
PalmaUn nuevo premio se añade a la trayectoria de Sebastià Alzamora (Llucmajor, 1972), reconocido ya con galardones como el Carles Riba, el Sant Jordi y los Jocs Florals de Barcelona, entre otros. Pero al recibir el Josep Maria Llompart a mejor obra de poesía en catalán por Sala Augusta, seguido de Llengua materna (Proa), que otorga la Associació d’Escriptors en Llengua Catalana (AELC) en el marco de los premios Cavall Verd, el escritor considera que es él quien se añade a una lista de autores que, dice, espera no desmerecer. Miquel Martí i Pol, Vicent Andrés Estellés y Antònia Vicens, entre otros, lo han recibido antes que él. “Da una ilusión especial porque quien te reconoce el trabajo son tus colegas, la gente con la que compartes oficio”, confiesa.
¿Cómo habéis recibido este nuevo premio?
— Fue una alegría muy grande que ha ido en aumento con el paso de los días. Te paras a pensar en quién la ha recibido a lo largo de la historia y esperas no desmerecer la lista [Riu]. Más allá de los ganadores de cada año, estos premios son para celebrar que tenemos una literatura y una poesía vivas, con diversidad de propuestas y de maneras de entenderla. Y esto son muchos caballos de fuerza frente a aquellos que querrían que nuestra lengua y cultura, que son la catalana, estuvieran en decadencia o a punto de desaparecer. Es todo lo contrario.
Digan “que son la lengua y cultura catalanas” porque estamos en un momento en que se ha de subrayar que esto es así.
— Efectivamente, lo he remarcado muy expresamente. Tenemos que decirlo a cada paso porque hay quienes quieren ponerlo en duda. Y es una vergüenza que los poderes públicos jueguen con esto, todo para hacer unas maniobras de política baratísima, que usan la lengua y la cultura como monedas de cambio. Por suerte de aquí a un tiempo ni los recordaremos, estos malos gobernantes, y la lengua, la cultura y la poesía continuarán haciendo camino.
En Sala Augusta habláis de cuando Le Senne destrozó la foto de Aurora Picornell y decís que “querían derogar la ley de la memoria / la encontraban divisiva”. Ya la han derogado.
— Bueno, no lo menciono por el nombre porque no lo merece, es un personaje insignificante. Pero los dos poemas que forman el libro son sobre la memoria y a favor de la memoria, tanto la colectiva como la personal. Sala Augusta es abiertamente antifascista: está escrito contra el fascismo, el que sufrimos en las Baleares y en toda Europa y Occidente. Sobre la derogación de la ley, no hacía falta ser un gran adivino para ver que acabaría así. Es el juego político en el que nos encontramos actualmente, donde un partido fascista plantea unas exigencias que otro partido, de la derecha supuestamente democrática, acepta.
En el mismo poema recogéis hechos reales, con nombres y apellidos, de personas que encontráis que no han de ser olvidadas. Y no son solo las víctimas de la Guerra Civil, también los verdugos. Los hay que quieren hacer como si no hubieran existido.
— Estaban muy orgullosos de aquello que hacían; por lo tanto, está bien que los recordemos con el orgullo de asesinar, intimidar y difamar. No solo eran los asesinatos, que es la parte más trágica y que más nos llama la atención. También había difamación, escarnio y mentiras contra las familias de los asesinados, que lo habían de aguantar en silencio porque, si no, aún era peor. Y yo creo que esto merece ser recordado, no por venganza, sino porque explica cómo se ha configurado nuestra sociedad. Explica, por ejemplo, que algunas personas sean ricas hoy en día.
Lo decía Jordi Nopca en la entrevista que le hizo cuando publicaron el poemario: si Sala Augusta es un viaje a las tinieblas, Lengua materna es un poema luminoso dedicado a vuestra madre.
— Yo no pretendía hacer ni un lamento ni una elegía para mi madre, porque cuando empecé a trabajar en ello estaba viva. Quería escribir un poema sobre un recuerdo de infancia que iba muy vinculado a su trabajo como remachadora, y lo había pensado para que ella lo pudiera leer. Pero mientras lo escribía ella murió y eso trastocó el planteamiento. Me obligó a replantearlo todo, también Sala Augusta, porque perder a tu madre es un momento vital muy fuerte. Todos pasamos por ello, en un momento u otro, pero es un antes y un después. Te obliga a remirar todo aquello que tienes entre manos.
Y, sin embargo, habéis sacado un poema muy luminoso, que no sé hasta qué punto ha sido atravesado por el duelo. O si os ha servido, precisamente, para pasarlo.
— La poesía no te evita ningún dolor. Si acaso puede ayudarte a afrontarlo, pero por mucha poesía que escribas, si ha muerto tu madre, ha muerto tu madre. Y estás tan desvalido ante este hecho como cualquier otro. Lo que pasa es que sí que puedes tener la ocasión de poner en forma de poema unos hechos, unos momentos vitales, que son tuyos, pero que se pueden compartir. Los afectos cotidianos que vivimos, en este caso con nuestras madres, pueden pasar inicialmente desapercibidos, pero son los que acaban construyendo nuestra identidad, nuestra manera de ser y de ver el mundo.
“Mi madre me enseñó a ver los ángeles / aunque, siendo rigurosos, no los veíamos”. ¿Fue ella quien os enseñó la imaginación, la fantasía, la poesía?
— Como mucha gente de su tiempo y de su edad, mi madre no pudo estudiar mucho, pero tenía una mirada poética sin pretenderlo ni proponérselo, como le pasa a muchísima gente. La poesía es un hecho más frecuente de lo que pensamos. Forma parte de las personas, de la manera como entendemos el mundo. Y yo recuerdo estas conversaciones sobre los ángeles, donde yo hacía aquello que hacen los chicos, que es preguntar. Y le preguntaba qué eran los ángeles y ella se inventaba una película e hacía aquello que hacen los adultos con los niños, que es pasarlo bien y explicarles las cosas de la manera más adecuada que encuentran. Físicamente no aparecían los ángeles, pero tanto daba. Para mí eran absolutamente ciertos. Y todavía lo son.