Los peninsulares vencidos que se refugiaron en Mallorca

Durante la Guerra Civil y la posguerra hubo gente de todo el Estado que recaló en la isla, unos huyendo del hambre y otros, del clima hostil de sus pueblos debido a su condición de represaliados. El ARA Baleares reconstruye su historia, llena de silencios y miedos, a partir del testimonio de dos de sus nietos

La pollencina Francesca Palou Fernández, Payaya, con una foto de sus padrinos de Toledo.
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La pollencina Francesca Palou Fernández, de 63 años, recuerda perfectamente las elecciones generales del 3 de marzo de 1996 que dieron la victoria a José María Aznar, del Partido Popular, después de 14 años de gobierno socialista de Felipe González. "Era con la mía abuela materna mirando la tele. Al salir Aznar, me dijo en castellano: 'Que vuelven, Francisqueta, que vuelven', refiriéndose a la derecha. Era la primera vez que oía de su boca un comentario político. En aquella época todavía había mucha gente viva que había sufrido el franquismo y que seguía teniendo miedo. Día 5 de mayo Aznar fue investido presidente y curiosamente ella murió al día siguiente de un paro cardíaco, a 84 años. Acaso no soportó un susto que le hizo revivir todos sus fantasmas del pasado".

La madrina de Palou llamaba María Capilla del Pino. Nació en 1915 en Calzada de Oropesa, un pequeño municipio de Toledo que limita con Extremadura. Pertenecía a una familia de campesinos acomodados. Se casó de jovencita embarazada de Emilio Fernández Nieto, un joven también del campo, que le daría seis hijos. En 1939, al terminar la Guerra Civil, el marido se integró en la resistencia de los guerrilleros de 'la Sierra', los conocidos maquis. "Se escondió –asegura la limpia– en una montaña cercana y, según algunos testigos, estuvo implicado en robos, secuestros y asesinatos. Alguna noche se acercaba a casa para ver a sus hijos mientras dormían. Los fascistas lo sospechaban ya menudo visitaban la mía abuela para que revelara su escondite. Sin embargo, no consiguieron arrebatarle el secreto. En 1945, después de sufrir torturas, le encarcelaron. Estuvo catorce meses encerrada en Getafe (Madrid), donde nació su última hija, Emilia. Ella decía que la criatura había muerto en prisión, pero nosotros pensamos que se la robaron para darla a algún matrimonio chorco. Es una historia que tiene ciertos paralelismos con la novela La voz dormida (2002), de Dulce Chacón, que en 2011 el director Benito Zambrano convirtió en película".

'La viuda alegre' de Pollença

Aquella pérdida se añadió a la del primer hijo, que había muerto atropellado por un carro a cinco años. Para poder flotar los otros cuatro (tres muñecas y un niño) en los conocidos años del hambre, Capilla se dedicó al negocio del contrabando y el estraperlo, por el que sería detenida en otras ocasiones. "Era muy buena bordadora. No sabía, sin embargo, ni leer ni escribir, siempre firmó con la huella dactilar. En cambio, a la hora de hacer números con el dinero, nunca se equivocaba". En 1946 llegó la noticia del asesinato del marido, a 32 años, después de haber sido capturado en una redada policial. "Entonces, elabuela se sintió más sola que nunca. En el pueblo la miraban mal por ser viuda de un 'rojo'. Para salir de ese clima tan asfixiante, desde América un tío le animó a ir. Ella, sin embargo, no se atrevió a realizar un viaje en barco tan largo con niños tan pequeños. Finalmente, en 1953, a 38 años, se decantó por llevárselos a Mallorca, donde vivía una amiga suya casada con un guardia civil, pollencí, que había sido depurado".

En Pollença, Capilla se puso a trabajar de criada en el notario. También colocó de criadas a sus tres hijas menores de edad, mientras que, a instancia del ecónomo, internó al hijo pequeño en la Misericordia de Palma durante tres años –sería el único de la familia que acudió a la escuela. "Ella –apunta Palou– era muy alta y atractiva. A pesar del sufrimiento que arrastraba, siempre estaba de buen humor. Era muy simpática. Por eso los pollencinos la bautizaron como 'la viuda alegre'. Sin embargo, en señal de luto, nunca llevaba colores alegres. Vestía de manera sencilla y humilde".

Retrato de María Capilla del Pino, que llegó a Pollença en 1953.

Así como Capilla puso agua de por medio para huir del estigma social, en Mallorca también hubo familiares de víctimas de la represión que buscaron la tranquilidad en otro lugar de la isla. Muchos optaron por instalarse a vivir en Palma, que ofrecía más anonimato. Fue el caso de Magdalena Roig Gelabert, viuda de Antoni Amer Garaña, el último alcalde republicano de Manacor. Al inicio de la llamada Transición los hijos de la manchega movieron hilos para que cobrara una pensión de viudedad. Fue en vano para que no pudieran demostrar que estuviera casada, ya que durante la guerra se incendió la iglesia donde estaba el registro matrimonial. "Ella nunca quiso hablar de su marido ni de su hija desaparecida ni de su estancia en prisión. Tampoco hablaba nunca de política". De mayor, Palou tomó conciencia de ese gran tabú familiar mientras estudiaba la carrera de Historia del Arte. "Elabuela siempre se enfadaba conmigo cuando le pedía detalles de su vida en la Península. Era evidente que arrastraba un buen trauma. Sólo conseguí que me dijera que cuando estaba en su pueblo veía vecinos que llevaban la ropa que le habían quitado los fascistas".

En busca de la verdad

"Elabuela –sigue la limpia– no aprendió a hablar catalán. Como era analfabeta, no se veía capacitada para hacerlo y, si se lo hablabas, se hacía la sorda". Diferente actitud tuvieron sus hijos. "Mi madre, María de Pilar Fernández Capilla, Mari, que era la cuarta hija, llegó a Mallorca a 12 años y entró a servir en una familia. Lo acogieron muy bien. Siempre les ha considerado su segunda familia. Con ellos pronto aprendió la lengua, la cocina y las costumbres mallorquinas. Hoy nadie diría que es 'forastera'".

En 1960, a 19 años, la madre de Palou se casó con un cantero pollencí. Enseguida emigraron a Lyon (Francia), donde hacía dos años que él se había instalado para trabajar. Entonces el campo de Mallorca no daba para tanto. Yo nací allí en 1962, pero al cabo de un año ya volvimos a Pollença, donde nacieron mis otros dos hermanos". En 1995 el hijo pequeño de Capilla, Leandro, de 50 años, sintió la necesidad de viajar hasta su pueblo natal de Toledo para investigar el pasado de su padre maqui asesinado. su hermana Emilia, muerta en prisión, ya que su madre nunca quería responder a sus preguntas. Incluso le ocultó que llevaba el nombre de un hermano de su padre. Su búsqueda, que fue en vano, ocasionó un gran disgusto alabuela".

"Tú no entiendes nada"

Del bando de los vencidos también hubo gente de la Península que desembarcó en Mallorca huyendo de la pobreza. Es el caso de Francisco Lorente Pérez. Su nieto, el solleric Pep Lorente Jorquera, de 71 años, también descubrió su historia de mayor. "Su vida –dice– fue un misterio. Murió en 1972 cuando yo tenía 17 años. Era un hombre de ideas republicanas, muy reservado pero con un gran sentido del humor. En casa nunca supimos si fue uno de los represaliados de la Guerra Civil. La única información que tenemos es que no hacía el servicio militar porque tenía de vista muy jodido. que por la tele todo el mundo le aplaudía. Y él me contestaba en castellano: 'Calla, calla, que tú no entiendes nada' Después yo ya descubrí quién había sido Franco".

Lorente llegó a Mallorca en 1936, el mismo año de la insurrección militar. La isla cayó de repente a manos de los golpistas. "No parece que esto fuera un impedimento para él. Priorizaba ir a un lugar donde hubiera más posibilidades laborales que su Murcia, donde no tenía ningún futuro. Aquí pudo tener una vida tranquila. Encontró trabajo en Sóller, en una fábrica textil. Se instaló con su mujer y sus padres, una niña de mi niña. cáncer al poco tiempo. Al enviudar, él se volvió a casar con una valldemossina, con la que no tuvo más criaturas. Aquel recién llegado tampoco habló nunca catalán. "Solo aprendió a decir me cagondena y con acento murciano. Mi padre, en cambio, sí que ya le habló. Curiosamente, en Sóller, él se casó con otra murciana, mi madre, que también se había instalado en el pueblo huyendo de la miseria de la Península con sus padres y sus ocho hermanos”. de esta última, Francesca Palou Fernández, Payaya, hoy es una reputada glosadora, un arte que aprendió de su padre pollencí, Antoni Palou Aloy, Gallo. Como clausura ha escrito la siguiente glosa: "En nuestros corazones ha varado, / vuestro miedo sin clemencia. / Debo pedir audiencia / ante vuestra autoridad, / por la culpabilidad / que me hace sentir la imprudencia, / que a los 30 años de vuestra ausencia / el silencio, lo hemos roto. / Sobrevivo con el bagaje / que de v; cortinaje. / Como parecido a un homenaje, / ese recorte sesgado, / testigo enamorado / de lo que fue su viaje”.

La nueva isla de los vencedores

En 1953 la manchega María Capilla del Pino desembarcó en una Mallorca totalmente ya entregada a los vencedores de la Guerra Civil. Gracias a una paisana suya, se instaló a vivir en Pollensa. Junto con Porreres, fue uno de los pueblos más represaliados de la isla, con 37 muertos (entre ellos el alcalde Pere Josep Cànaves Salas) y un centenar de encarcelados. Hay una historia bastante reveladora del nuevo statu quo que impusieron los franquistas en el municipio. Su protagonista es Joana Cabrer Mariano. Era la mujer del concejal Tomeu Cabanelles Botia, del Lloquet . Al producirse la insurrección militar en julio de 1936, consiguió esconderse de los golpistas. Sin embargo, dos meses después fue capturado al ser delatado por un compañero. Cabanelles murió apuñalado el 30 de noviembre en la cuneta del camino de Illetes (Calvià). Tenía 33 años. Según el Diccionario rojo (1989), de Llorenç Capellà, "cuentan que le cortaron los testículos o los pusieran en la boca".

Cabrer no supo que su marido estaba muerto hasta 1942, seis años después. Lo cuenta un vecino suyo, Pere March: “Entonces le comunicaron que podía ir hasta el cementerio de Calvià a recoger alguna de sus pertenencias. Fue en taxi. El foser le dio la última camisa que llevaba puesta y que acabó manchada de sangre. que se hubiera casado con la mujer más atractiva del pueblo. March da fe del amor incondicional de Cabrer hacia su difunto marido. "En los años 90, antes de que muriera ya de mayor, la entrevisté en su casa junto con el hijo de otro represaliado, Martí Vicenç Bonjesús . Cada noche se iba a dormir a la antigua cama matrimonial aferrada a la camisa manchada de sangre de su gran amor que tenía bien planchada".

La represión se cebó por partida doble con Cabrer. "Ya durante la guerra había sido detenida y encarcelada en Pollença, donde le raparon la cabeza a cero y le hicieron beber aceite de ricino. Después pasaría por la cárcel de Can Sales de Palma. De pequeño yo recuerdo verla por la calle. Era una mujer como ausente que siempre iba vestida de luto, pero con mucha elegancia". Con el tiempo, sin embargo, aquella viuda de mirada perdida supo adaptarse al signo de los nuevos tiempos. "A pesar de todo lo que sufrió y pese a estar mal vista, se hizo con las clases acomodadas de derechas de Pollença y frecuentó sus espacios sociales. Acaso fue la única opción que tuvo para poder sobrevivir en un ambiente tan hostil. Llevaba, por tanto, una doble vida, porque al regresar a casa se ponía a dormir aferrada a dormir agarrada nuevo círculo de amistades. Se acabó dedicando a negocios inmobiliarios".

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